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Opinión · El desconcierto

El desnudo de Rivera

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Desnudo total. Radical. Ni siquiera ha optado Rivera por taparse sus partes, como ya hiciera en aquel famoso poster electoral cuando Ciudadanos se estrenó, hoy en plan transgresor. De la noche a la mañana se ha desnudado políticamente, tal y como llegó al mundo de la política. Está en su misma naturaleza, como en la del escorpión de la fábula, clavar el aguijón político en las espaldas de todos los centristas despistados que le dieron su voto en estos tiempos de confusiones y tribulaciones. Como el otro Rivera, su admirado don José Antonio, que elogiaba a un Indalecio Prieto antes de sumarse al general Franco, Albert Rivera ensalzaba a González, antes de declarar sin tapujos, con toda la solemnidad pública en la Junta de Mandos de Ciudadanos, su disposición a gobernar con el apoyo de Santiago Abascal.

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¡Que error, que tremendo error! clamaban ayer todos los ecos de los poderosos de los Consejos de Administración y de los financieros de las grandes familia. ¿Para esto liquidamos a UPyD y cortamos la financiación a Rosa Díez? se deben preguntar hoy los que cortan el bacalao. Por no hablar ya del bochorno de los viejos socialistas y los euroilusionistas de Merkel, que tantas esperanzas cifraban en el joven Rivera, el elegido para defenestrar, de una puñetera vez, a Pedro Sánchez. Otros, más retorcidos, intentan todavía tranquilizar al personal con la cantinela del tacticismo: negar hoy al rival político, no quiere decir que no se le pueda abrazar mañana. Lo que sucede es que nadie ignora que lo que ha hecho ahora el político desnudo es definitivo, justo lo que no debe hacerse antes de unas elecciones: cerrarse las puertas a cualquier pacto con el probable vencedor, el PSOE.

Albert Rivera corre tras Casado, quien a su vez corre tras Abascal. Ciudadanos, pues, se pega al Partido Popular, de la misma manera que éste se abraza a Vox. La derecha sigue a la derecha extrema que, asimismo, persigue a la extrema derecha. Olvidando que por ser quien es, Albert Rivera compite con quienes no debe competir en una diatriba, no solo ajena, sino contraria a la Caixa, BBVA y Santander. Como un ejecutivo de sucursal, elevado a la directiva de un Banco, se cree igual a Fainé, Botín o Torres, heredero de Pancho González socio de Villarejo, y no comprende que es Ciudadanos quien debe hoy tirar  del Partido Popular hacia el centro, al mismo tiempo que marcar todas las distancias con el nacionalpopulismo de Vox.

Con mucha más ambición que inteligencia, no ha podido captar el estrepitoso fracaso de la manifestación de Colón. Al igual que no comprende que la derecha económica no está por el gobierno de las tres derechas, tampoco capta que la derecha social rechaza la brutal dialéctica de los insultos de Pablo Casado. Mucho más importante que la división de las tres derechas políticas es la misma división de las tres derechas sociológicas: la económica, la social y la política que divergen ahora en sus estrategias respectivas. Quien como Albert Rivera está llamado a articularlas en una línea común, yerra y lo hace en torno a Vox. En su descargo, hay que señalar que el error consistió en su cooptación, en traerle a Madrid con el amplio curriculum radical que tenía en Barcelona. Aquel Podemos de derechas es un bumerán que estalla estrepitosamente en el rostro de la Caixa.

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Rivera regala el centro a Sánchez como antes se lo regaló Fraga a González, tras liquidar a Suárez, y Aznar a Zapatero, tras atribuir el atentado de Atocha a ETA. En poco más de unos cuarenta años, es la tercera vez que la incapacidad política de toda la derecha, junto con el lastre neofranquista que arrastran todos sus políticos y publicistas, abandona el área del centro al PSOE. Ese torpe rechazo al diálogo, esa virulencia radical contra la España plural, pasa factura incluso a un grupo joven que, sin embargo, se ve ya literalmente arrastrado a la demagogia de un Partido Popular desahuciado políticamente por su fardo de corrupción. Albert Rivera situándose  ahora junto a Santiago Abascal reconoce a Vox como el primus inter pares.

PSOE o Vox, Sánchez o Abascal, democracia o involución, es el dilema electoral del próximo 28 de abril. Ni a Fernando VII les ponían las bolas tan fáciles como las urnas se le ponen a Pedro Sanchez. No es el PSOE quien ocupa el centro, es Ciudadanos quien lo abandona. Así Sánchez, organizando la moderación, practicando el diálogo y apelando a la negociación, podrá encauzar la sociedad española más allá de la crispación de las tres derechas. Porque los gritos histéricos del PP, Ciudadanos y Vox, sin una sola mínima realidad social que los justifique, benefician siempre a quien como Pedro Sánchez y la mayoría parlamentaria que le ha sostenido se revisten de sensatez.

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