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Opinión · Realpolitik

Una campaña marciana (2): Pablo Iglesias y la extraña belleza del suicida

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Los estadounidenses, que son unos señores ( y señoras) que a base de hacer muchas elecciones han aprendido bastante de campañas electorales, diferencian entre dos tipos de estrategias movilizadoras, a saber:

Bandwagon Effect, que aquí podríamos traducir como “efecto arrastre”. Se produciría cuando los medios de comunicación proclaman al ganador probable de una campaña electoral antes de que los ciudadanos voten, y esta esperanza de victoria sirve para que abstencionistas o votantes débiles de otros partidos cambian de voto y se inclinen por el ganador probable para ser parte de esa victoria, un efecto que tiende a ser contagioso y crece en progresión geométrica a medida de que se va imponiendo socialmente esa idea de victoria.

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Si echamos un vistazo inocente a los resultados que publica el CIS desde la llegada de Tezanos tendremos un ejemplo imperial de esto que les cuento.

Underdog, en cambio no tiene una  traducción demasiado clara en nuestro idioma, pero  trata de definir al “perdedor esperado” de unas elecciones, una posición muy interesante en una campaña electoral que de jugarse correctamente puede aportar excelentes resultados de movilización en favor del jugador más débil, incluso la victoria.

Un ejemplo lo tenemos en  la supuestamente épica llamada a la “remontada” de Podemos en 2016, una remontada que por cierto nunca se produjo. Un “Underdog” fallido de libro que ahora sorprendentemente y a pesar de los antecedentes, parece que tratarán de repetir.

Si definimos la  locura como  “hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”, veremos que nos acercamos peligrosamente al bucle suicida en el que vive este Podemos irreconocible, y  que puede acabar con uno de los experimentos políticos más interesantes de los últimos años en nuestro país.

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La izquierda realmente existente, da igual el país,  siempre ha tenido tanto una sorprendente querencia por el suicidio político como auténticos virtuosos en la ejecución del mismo, llegando en algunos casos al establecimiento de una nueva y bella arte.

La lucha por el poder utilizando la pureza ideológica como arma arrojadiza, las creativas purgas internas, las escisiones en serie y las propuestas políticas autorreferenciales forman parte de esta nueva y emergente arte, y si bien encontramos auténticos virtuosos en los partidos comunistas de Italia, Francia o Portugal, el auténtico Mozart de suicidio político nació en nuestro país. Y lleva coleta.

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Podemos lleva fuera del debate político de nuestro país desde hace un año, concretamente desde  el casoplón-gate. La pareja al mando comenzó este seppuku convocando un referéndum vergonzoso y sus militantes terminaron el proceso cuando lo convalidaron con sus votos.

A partir de ese punto, la irrelevancia y el autosabotaje, perdiendo legitimidad a chorros con cada  centrifugado público de un nuevo líder crítico, la huida en masa de las listas de las cabezas reconocibles del proyecto, y el enfrentamiento público con quienes habían conseguido legitimidad social en las anteriores elecciones municipales.

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Y entre todo ese cúmulo de despropósitos, un hito que va a marcar el desempeño de Podemos en las próximas elecciones y merece ser recordado ahora: La llamada de Iglesias al “no pasarán” y al parar el “fascismo” tras el resultado de Vox en las elecciones andaluzas, un grito que en la cabeza del votante medio de Podemos no ha sido otra cosa que una llamada al voto útil de izquierdas, el voto al PSOE.

En Ferraz y en Moncloa no caben en sí de gozo ante tanto y tan variado despropósito.

Que Podemos sea de nuevo una fuerza políticamente competitiva va a exigir mucho trabajo , incontables aciertos y una enorme dosis de suerte, pero hay algo previo que deben hacer sin duda, dejar de suicidarse a diario. Al menos en público.

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