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Opinión · Dominio público

Por qué he solicitado mi baja en la APM

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Hace unos días solicité mi baja en la Asociación de la Prensa de Madrid (APM). Al recibir mi comunicación, me pidieron amablemente que explicara las causas de mi decisión. Y les redacté y envié el texto que pueden leer a continuación. He reflexionado mucho acerca de si debía o no hacerlo público, lo he consultado con distintos colegas de profesión y finalmente he decidido publicarlo. Lo hago porque pienso que es sano abrir un debate sobre el papel de este organismo, que nos pertenece (o debería pertenecer) a todos los los periodistas. Lo hago porque amo esta profesión, porque le dedico gran parte de las horas del día desde hace más de 25 años y porque creo que una organización como la APM solo puede ser eficaz, útil y relevante si deja de soslayar asuntos que son claves para la supervivencia y dignidad del Periodismo y de quienes nos dedicamos a su ejercicio. Quiero aclarar en cualquier caso que la decisión de abandonar la Asociación es estrictamente personal, al igual que los argumentos que la respaldan.

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Las causas que me llevan a solicitar mi baja en la APM tras 18 años como socia son variadas y repetidas a lo largo del tiempo. Durante años he esperado un cambio o al menos una señal de que algo podía cambiar, pero he acabado por entender que esto no ocurrirá porque dudo de que haya siquiera un interés en que algo cambie. Lo explicaré de forma somera a continuación:

Por empezar con el detonante de mi decisión, no me siento representada por una asociación que otorga el premio al mejor periodista del año a una persona que ha publicado una información cuando menos cuestionable, proveniente de fuentes integradas en la estructura que montaron los mandos de Interior del anterior Gobierno del PP - la llamada policía política/patriótica- para perseguir a rivales del dicho partido, tal y como concluyó la propia comisión de investigación del Congreso de los Diputados, cerrada en julio de 2017.

Más allá de esto, en general echo en falta en la APM valentía, audacia e independencia para abordar los problemas de esta profesión, que son muchos. Y lo manifiesto con profunda tristeza, porque nada me gustaría más que estar representada por una organización que pusiera sobre la mesa asuntos de tan graves consecuencias para periodistas y para el prestigio de la profesión, pero sobre todo para los lectores, como por ejemplo los intereses económicos y políticos que acaban marcando la agenda de la mayoría de medios de comunicación de este país, algunos de estos sustanciados en acuerdos económicos anuales.

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Estoy convencida de que esta circunstancia no se les escapa a los miembros de la junta directiva de la APM, y sin embargo no se aborda de ninguna manera. Como tampoco se les escapa el oscuro reparto de la publicidad institucional, un asunto de gravísimas consecuencias (por lo que tiene de opacidad de las instituciones y por lo que implica de utilización de medios de comunicación al antojo de gobiernos, comunidades autónomas y ayuntamientos). La APM tiene la suficiente entidad como para exigir que se cumpla la ley en este aspecto y velar y vigilar para que esto ocurra. Pero tampoco lo hace.

En relación a estos asuntos, me permito recomendarles la lectura de 'El director', el libro de David Jiménez, que relata minuciosa e ingeniosamente este entramado de intereses político-económico-mediáticos. Este libro, por cierto, es ya la revelación editorial de esta temporada y, sin embargo, en la APM no he conseguido encontrar ni una nota acerca de él ni una entrevista a su autor. Sorprendente.

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Podría hablar también del criterio de la APM para amparar a periodistas, entiendo que siempre a petición del periodista en cuestión a pesar de que sea vox populi que sus derechos se han visto menoscabados. Por ejemplo, en junio de 2016 la Policía se presentó en la redacción del medio para el que actualmente trabajo exigiendo sin orden judicial las grabaciones que demostraban la existencia de una policía política/patriótica. A día de hoy, ni la APM ni la FAPE han amparado a los periodistas afectados; una de ellas, a la sazón, recibe varias querellas semanalmente -aparte de amenazas- del entorno de 'las cloacas', sin que ninguna de estas organizaciones haya hecho ni un comentario al respecto a pesar de que hemos publicado reiteradamente estas circunstancias.

Tampoco se ejerce desde la APM una tarea de vigilancia de los estándares periodísticos básicos, algo que, a mi juicio, es esencial para devolver la confianza a los lectores no ya tanto en los medios de comunicación como al menos en el periodismo. Portadas que son un insulto para la inteligencia colectiva de la ciudadanía, contenedoras en ocasiones de mentiras o de inexactitudes, pasan al catálogo/hemeroteca de las vergüenzas periodísticas de este país sin que nadie de su organización haga el más mínimo comentario al respecto. Sin ir más lejos, estos días hemos visto en numerosos medios de comunicación cómo a un diputado, ahora número 2 del cuarto partido político, se le reducía a unas 'rastas' en un sinfín de titulares. Ni una palabra. ¿De verdad es necesario que alguien se queje para denunciar una mala práctica periodística como esta? ¿Quién o quiénes o cuántos tienen que quejarse para que se atienda?

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En mi opinión, abordar estos asuntos desde una posición técnica (ética, deontológica y jurídica), y no necesariamente a instancia de parte sino motu proprio desde la APM (o la FAPE), es esencial para acercarse siquiera a esa regeneración/transformación del periodismo con la que muchos se llenan la boca pero que al final no deja de ser mero decorado para engolar discursos. Sólo con esa regeneración real lograremos más lectores y, por tanto, medios más sostenibles. Al menos yo estoy firmemente convencida de ello.

Por tanto, no me representa una asociación que se solidariza con los despidos de compañeros, pero hace más bien poco o nada por abordar los problemas de fondo cuya consecuencia última es la salida de colegas de sus medios, los recortes salariales o, en el peor de los casos, el cierre de un medio; y cuya consecuencia primera es el desprestigio imparable de una profesión que algunos aún intentamos ejercer con orgullo, humildad y vocación de servicio público. No me representa una asociación que ofrece como beneficios a sus asociados descuentos para distintas actividades de ocio, pero que no ataca las que a mi entender son las verdaderas dolencias del periodismo español. Y, desde luego, no me representa una asociación que sigue celebrando una corrida de toros anual como uno de sus emblemas.

Si en algún momento deciden modificar los focos de atención de la asociación para acercarse a lo planteado anteriormente, abonaré gustosamente los 62 euros trimestrales de cuota e incluso les sugeriré incrementar dicha cuota.

Un saludo.

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