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Opinión · Tierra de nadie

Porque Pedro lo vale

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Existen políticos discretos, de esos que su mano derecha no sabe lo que hace la izquierda, y los hay también muy abiertos, al punto de que su franqueza raya con el descaro. Pedro Sánchez debe pertenecer a esta última categoría a tenor de lo visto y oído ayer en su sesión de investidura. No se había visto nunca semejante desnudo integral, que algunos tomarán por astucia y otros por lo que realmente es: una auténtica tomadura de pelo. Pasará a los anales parlamentarios que un candidato que aspira a la presidencia pide a sus teóricos adversarios que le concedan lo que no logra obtener de sus supuestos aliados, y a éstos que pongan buena cara al menosprecio. A eso se le llama tener más valor que el Guerra.

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Sánchez sobrepasó todos los límites. No hay precedentes de un político que, en medio de una negociación para cerrar una coalición, proponga como primera medida cambiar las reglas del juego, esto es la Constitución, para poder llegar al Gobierno sin el concurso de sus pretendidos socios. Tampoco los hay de un candidato que reclame a los llamados a ser oposición que le abran paso para no depender de sus futuros coaligados. Dicho en francés, que es más fino, asistimos a un memorable “par devant et par l'arrière et de toutes les manières”.

No es del todo correcto afirmar que Sánchez pidiera al PP y a Ciudadanos su abstención en la investidura. Fue más allá. Hubo momentos en los que la mendigó y otros en las que la exigió hasta el punto de provocar la risa de un Pablo Casado que no daba crédito a la insistencia. La derecha estaba obligada a hacer presidente a Sánchez por patriotismo, porque tenemos el Brexit a la vuelta de la esquina, porque en septiembre habrá sentencia contra los líderes del procés, porque lo pedían sus votantes en las encuestas, porque repetir las elecciones sería un fastidio y, en definitiva, porque Sánchez lo vale.

No quedó ahí la cosa. La izquierda con la que aparentemente negocia su Gobierno tampoco debía cometer el error de interponerse entre el socialista y la Moncloa aunque fracasaran las negociaciones. Existían, como dijo, una amplia gama de grises entre el blanco de encumbrarle y el negro de votar lo mismo que la extrema derecha, tal que un acuerdo de investidura, uno de legislatura o un gratis total, que es más cómodo porque no hay que redactar papeles. Esto era así porque no existen más opciones, salvo otra que también propuso: que Unidas Podemos se sumara a la derecha e hiciera presidente al más alto de la terna de Colón o al que le sentara mejor el traje.

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Se presentía algo semejante desde su primera intervención, cuando desgranó un programa del tipo dónde hay que firmar de la misma manera que haría el ganador de las elecciones por mayoría absoluta y no del que cuenta con menos del 30% de los votos. Tan de sobrado fue que ni siquiera mencionó que todo lo que prometía estaba a expensas de que alguien más aparte del diputado del cántabro Revilla votara a favor, uno de esos detalles sin importancia que se dan por sobreentendidos.

El “queremos gobernar con ustedes” o el “estos dispuesto a correr el riesgo” (de formar un Gobierno de coalición con Unidas Podemos) sonó a chiste cuando Pablo Iglesias explicó la función de florero que los socialistas reservaban a su partido en el Consejo de Ministros. Vetado el propio Iglesias y los equipos mixtos en el organigrama del Ejecutivo, los socialistas se reservaban los llamados ministerios de Estado (Exteriores, Defensa, Economía, Justicia e Interior) y se negaban a soltar competencias en Hacienda, Trabajo, Igualdad, Transición Ecológica o Ciencia. A la vista de la actual estructura, cabe deducir que Unidas Podemos podría asumir Cultura, Deportes, Agricultura o Sanidad, que es un florero en sí mismo porque todas sus atribuciones están en manos de las comunidades autónomas. “¿Papel decorativo?”, se preguntó un ofendidísimo Sánchez. Si acaso ornamental o pintoresco, que suena mejor.

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Salvo que se trate de una estrategia para tensar aún más la cuerda antes del jueves, cuando se producirá la votación definitiva, está claro que Sánchez no quiere coalición ni coaliciona, que diría una madre, y que la repetición electoral es mucho más que una posibilidad remota. El vaticinio de Iglesias de que si Sánchez, por cerrazón, malogra ahora la posibilidad de ser presidente nunca lo será, quedó en el aire. No sólo se cumplen las profecías de Tezanos, que tampoco es que sea muy fiable.

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