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Opinión · Otras miradas

Mi queridísimo Federico

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Hay quienes me advirtieron, el día de tu cumpleaños, que llevaba mucho tiempo sin escribirte. Y tenían razón, porque la vida me llevaba (y me lleva) tan en volandas en los últimos meses que apenas pude pensar en ello. Y ahora, en esta medio pausa de verano, sí tengo la necesidad de escribirte porque, desde donde estés, sé que sabes lo que viene, que estoy en un antes y un después, donde todo parece encajarse de golpe. Todo toma otro rumbo que me cuesta, a ratos, asumir como cierto. Una sensación extraña de que eso no es lo que me pertenece, después de resignarme en todos estos años a lo que pasó.

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Te escribo desde una playa de tu Málaga querida, donde vuelvo cuando puedo, porque casualmente la vida me ha llevado a estar más tiempo en dos ciudades donde tú creciste y, por momentos, fuiste feliz. Te prometo solemnemente que, aunque no te escriba tan a menudo, te pienso cada vez que estoy en Madrid o en Barcelona y te imagino allí, en aquellas esquinas, en la estación de Atocha, en Gran Vía, en Las Ramblas… y tus ojos maravillados por aquel descubrimiento para un joven de Andalucía dispuesto a comerse el mundo. Este año, por primera vez, además, mi tierra me reconoce (estamos justo ahora en feria) con los premios Claveles… ¡con lo que me gustan los claveles, Federico! Eso sí, respetando a los chopos de Granada, que son nuestra predilección. Los visité hace unos días y siempre que los observo es como si te escuchara. Si hubieses podido verlos… estaban verdes verdísimos, y frondosos a más no poder. Pero me ha hecho ilusión porque los claveles me recuerdan a mi niñez, a esa flor preferida que mi yayo plantaba en su terraza, en aquella explosión de colorido y aroma, entre rosas, geranios, jazmines, damas de noche y “conejitos”. 

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Llevo tranquila este verano. Ahora algo mejor, pero desde finales de julio se me hizo cuesta arriba. Esa sensación que tú describías de los veranos en Granada. Ya sabes que los veranos en Andalucía llevan otro ritmo, con ese calor denso, melancólico y turbio que mencionabas. Los veranos son un poco así. Parece que la vida se para, que no sucede nada, que se suspende en el tiempo, y yo ahora necesito aire, y que el tiempo circule y me traiga ya lo que necesito. Aquel interior postizo del que hablabas y aquellas alas... ya empiezo a moverlas. Lo que me sigue asombrando, porque no puedo comprenderlo, es que haya quien prefiera (como preferían contigo) vernos con alas rotas siempre. Da la sensación de que cuando conocen un nuevo avance, quieren destrozarte las alas para no verte volar.  En este verano he mirado hacia atrás en mi vida y me da algo de vértigo porque, en ocasiones, no me he permitido ni el sufrimiento. Por eso creo que, a veces, me salen algunas emociones cuando no lo tengo previsto. Pero también lo minimizo porque siempre recuerdo tu obligación “de vivir con alegría como un deber”.

Por esa obligación de vivir con alegría, este año escribí sobre nuestro Walt Whitman y su carpe diem y, con todo lo que he vivido estos meses, te leo para saber qué hacías tú ante esta situación que ahora me ocupa tiempo. 

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¿Qué hacías cuando hay que elegir entre el arrojo de vivir y el equilibrio? ¿Entre lanzarse a disfrutar pensando que podemos estar viviendo ahora mismo el último segundo de nuestra existencia o frenarnos y llamar a la cordura de la razón? ¿Qué nos hace más libres? ¿Hasta qué punto un impulso puede ser una imprudencia o una fortuna por exprimir el tiempo para vivir? ¿Cómo disfrutar cada apuesta que hacemos, pero sin sufrir? ¿O acaso es imposible? Tú bien sabes que hay situaciones o personas que lo tambalean todo, y te hacen preguntarte sobre qué estoy haciendo con mis días, sobre empezar de cero o pasar página. Tú hablabas de los amigos que, como chupapiedras, se instalaban en el corazón. A veces me veo como aquella brizna de hierba, dejando que me lleve el aire.  Supongo que en un impulso de recobrar lo que todos estos años no he vivido. 

Leo a Adela en La Casa de Bernarda Alba o a La Novia en Bodas de Sangre y las entiendo. Comprendo cómo se arrastran a vivir, a desafiarlo todo, a arrancar las rejas de las ventanas y golpear contra los muros blancos. Y no sé si el final que diste a estas mujeres es un aviso de que ser impulsiva o apasionada tiene un fin desolador. ¿Cómo se vive, Federico? ¿Cómo se puede vivir lo que quede pensando que puede ser el último día, y no padecer en el intento? Tú no tuviste oportunidad porque te asesinaron y sé que, en aquellas últimas horas de soledad, pensarías en todas esas cosas que te quedaron por vivir. En ese rompecabezas ando, amigo. Quizás porque el reloj avanza y quema, pero tampoco quiero arrepentirme de los “y si hubiese”. Ni de lo haga ni deje de hacer. Quizás porque después del torbellino de mi vida, ahora que todo se parece estabilizar y que vienen cosas maravillosas, quiero ser más libre. Tal vez porque soy más yo que nunca, soy más consciente de que solo se vive una vez. No quiero llegar a ser mayor, mirarme en el espejo y no reconocer quién fui y lo que quería. Mirarme y sentirme una cobarde sería una derrota. No quiero, como tú decías, que me aten las cadenas. Porque, ¿qué es acaso la resignación, sino una forma de conformarse con lo que tenemos pero sin poder alcanzar lo que queremos? Las vidas resignadas son vidas muertas y yo no quiero tener miedo, sino dar brincos de alegría como un niña ante cada cosa que viva. 

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Tengo ganas de que avance el tiempo porque, pronto, un actor del que te hablé, Juan Diego Botto, hará una obra de teatro sobre ti. Nadie mejor que él para interpretarte porque ya dije aquella vez que es alguien que te respeta, que te ama, que ha estudiado todos tus textos y que tú estás dentro de él, en cierta manera, porque en él está tu obra y ha crecido con ella. No te puedes imaginar lo maravilloso que es no solo que te recordemos, sino que sigas siendo inspiración para tantos porque así es como si nunca te hubieses ido.

Me gustaría hablarte de otra persona. Mira cómo son las cosas que un día, en un cacharrito que se llama teléfono móvil (es largo de explicar, ya te contaré, pero alucinarías) se pueden ver fotos. Y yo vi una de un escritor, con un barquito de papel en la orilla del mediterráneo, y era tu Cadaqués. Ese Cadaqués marino y salado que tanto disfrutaste con quien luego no se portó bien contigo. Aquella foto me llegó al alma y como siempre, me recordó a ti. La vida es caprichosa porque tiempo después pude entrevistar a ese escritor pero es que ahora, años después, compartimos en unos minutos espacio de trabajo (ya sé que te gustan los detalles, pero esto también es largo de explicar). ¿Recuerdas aquella frase tuya cuando Doña Rosita la Soltera decía “... me levanto con el más terrible de los sentimientos, que es el sentimiento de tener la esperanza muerta”? Pues él, en uno de sus libros, escribe: “el peor sentimiento no es estar solo, es ser olvidado por alguien a quien tú nunca vas a olvidar”. En cuanto la leí, me recordó a ti y sé que la hubieses firmado tú. También me evoca a ti en otros momentos, como cuando describe los paisajes o los aromas de las flores, con tanto detalle como tú. Se llama Máximo Huerta y, a la vez, me recuerda mucho a ti. No en el físico  (y tú sabes que, en todo, para mí eres único, no te enojes), pero en cuanto Máximo llega al trabajo te prometo que es como si entrara una brisa de aire fresca. Igual que todos aseguraban que sucedía contigo. Y si lo escucharas… creo que es lo más parecido que podría ser a ti, porque habla e inunda la sala, es alegría, y vida, y reflexión, es transparente, y pone una sonrisa en la boca de todos, como tú hacías. Hay personas que tienen ese don. Estoy convencida que te hubiese encantado conocerlo y hablar con él del amor, de la vida y la muerte. Porque al final, todos, como tú, tenemos algunos miedos aún que tiritan en nuestras esquinas como temblaban tus caballitos de mar.

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Debo terminar, mi Federico. Aunque no te escriba, sabes que yo te recuerdo siempre porque te llevo conmigo. Y eso me tranquiliza porque recordar da vida a los muertos. Luego pienso, supongo que como consuelo, que si todos te recuerdan como yo, estás más vivo aún. Ojalá nunca ocurra lo contrario. No quiero contarte sobre el país, no quiero. A ratos me niego a asumirlo porque me invade la desilusión, el hastío y la vergüenza. Qué te voy a contar que no vivieras con tus propios ojos. No quiero escribir mucho porque, como escriba, se me clavan vidrios en la lengua. Quienes pueden ayudar a reforzar nuestra democracia y a establecer una justicia social no se ponen de acuerdo, mientras sí los hacen aquellos que machacan tanta lucha de derechos. Me da miedo que ellos crezcan, porque entonces tú y toda persona que como tú fue fusilada en aquella guerra civil, y sus familias, habrán perdido toda esperanza de honraros como debéis. Y eso es borrar la historia. Borrar tu nombre y el de todos los que pagasteis con un alto precio, vuestra vida, por la libertad. 

Tengo que irme. Tú que estás en ese espacio donde habitan los muertos, si te cruzas con los míos, dale muchos besos. Cada día los echo más de menos. Y mil besos para ti, mi dramaturgo, mi poeta, mi guía. Yo te recuerdo siempre, te recuerdo demasiado, aunque no te escriba. ¡Que no te olvido! Un abrazo infinito, desde Málaga, cargado con aroma de biznaga y mar. 

Tu Ana,

pd: Te prometo que ya sonrío más, que ya lloro menos, y que te sigo viendo en los gorrioncillos de la Huerta de San Vicente. Y perdóname... prometo llevarte flores a ese lugar donde dicen que te mataron. Cada vez me cuesta más, ya sabes, pero me acercaré a dejarte un ramito de violetas y unas ramitas de olivo, de aquellos olivos que presenciaron tu muerte, de aquellos olivos “cargados de gritos”.

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