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Opinión · Ecologismo de emergencia

El G7 no nos representa

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Juan López de Uralde, Pilar Garrido, Roberto Uriarte y Miren Gorrotxategi 

Diputadas de Unidas Podemos / Elkarrekin Podemos en el Congreso 

La Organización de las Naciones Unidas no es sino la más reciente conclusión de una conversación que lleva siglos en desarrollo. La idea de la gobernanza mundial ya fue sugerida, discutida y criticada más o menos sutilmente por influyentes pensadores como Kant, Hobbes, John Austin o el mismo Albert Einstein. Superar nuestras barreras nacionales para dialogar y ponernos de acuerdo sobre aquellas cuestiones que se proyectan más allá de cualquier esquema de fronteras fue siempre la principal aspiración. Fueron precisamente Kant y Einstein quienes insistieron en que una gobernanza mundial debía ser justa, legítima y representativa, alejada del feudalismo y la concentración ilegítima del poder.

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Y, sin embargo, eso es exactamente lo que nos ofrece el G7; un gobierno de los Primeros sobre los Terceros, de los ricos sobre los pobres, de unos pocos sobre la mayoría. Un gobierno que no nos representa. Un club de privilegiados que, ignorando las estructuras legales que ya existen para ejercer la gobernanza a escala global, se autoproclama líder del mundo libre y pretende ejercer una influencia más allá de sus respectivas fronteras por el mero hecho de haber amasado los recursos económicos y financieros necesarios para ello. No en vano estos siete países representan el 50% del PIB Global (era el 70% cuando se creó en 1975). Para gobernar a través de la persuasión comercial y militar, del trueque de influencias, a las órdenes de las únicas organizaciones puramente globales de nuestros días; los fondos de inversión como Blackrock, más poderoso que la mayoría de Estados-Nación. Un intento interesado y de vista sesgada para dirigir al mundo en una dirección específica; la del mantenimiento del actual modelo económico neoliberal, cada vez más asfixiante para la mayoría social global, que además nos dirige a una catástrofe climática cada día más irremediable. Una catástrofe a la que este grupo de países ha contribuido con especial ahínco tras casi 200 años de emisiones industriales. Un modelo que permite la extrema desigualdad, como atestigua el vergonzante hecho de que tan sólo 26 individuos acumulen tanta riqueza como los 3.800 millones de habitantes más pobres del planeta.

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Es el G7 quien defiende tal statu quo. Por ello su legitimidad como grupo de influencia no es cuestionable tan sólo por ser unos pocos, sino por lo que representan, careciendo de la capacidad de realizar cualquier acción sustancial para remediarlo. Qué cambios reales podemos esperar de un grupo que no incluye a los tres grandes exportadores de combustibles fósiles (Rusia, Arabia Saudí y Australia), al mayor emisor de gases de efecto invernadero (China), al segundo y tercero en el ranking de exportación de armas (Rusia y China), o a los tres mayores importadores, todos en Oriente Medio (Arabia Saudí, Egipto y los Emiratos Árabes Unidos). Cuánta empatía mostrará un foro que no incluye al menos a los tres países más pobres, todos en África (Burundi, República Central Africana, República Democrática del Congo), a los tres países más afectados por el Cambio Climático, los primeros en desaparecer por la subida del nivel del mar (Islas Marshall, Tuvalu, Kiribati). Cuántos otros ejemplos vienen a nuestra mente cuando concluimos que al G7 le faltan 186 miembros.

El marco donde todos esos intereses se enfrentan cara a cara no es una sala con siete asientos, sino la Asamblea General de las Naciones Unidas. Un G193 donde la legitimidad de la representación de la ciudadanía global está garantizada, donde existen sistemas de control y equilibrio, transparencia parlamentaria y legislación internacional acordada. En España muchos se llenan la boca defendiendo el Estado de Derecho pero después miran para otro lado cuando abiertamente se ignora o viola la legislación internacional por aliados o por organizaciones de las que España forma parte, como hizo la OTAN en el caso de Libia en 2011. Nosotros creemos en la defensa del Estado de Derecho internacional, que también existe. Nos llaman radicales, transgresores, cuando en realidad en este ámbito somos los más conservadores. Queremos que se respete la legislación existente, firmada y ratificada por los países miembros de la ONU, y por lo tanto asumida en sus respectivos marcos legales y constitucionales.

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No hay democracia real sin representatividad real. Nos vemos obligados a enarbolar de nuevo el “no nos representan” que tanto oímos en nuestro 15M, y que se hizo eco en otros movimientos significativos a escala global. El G7 no nos representa. No lo reformemos, volvamos a lo que ya existía antes que ellos, y que nació de las lecciones aprendidas tras los mayores errores cometidos por la Humanidad como especie. No sólo el horror de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, también la crisis del 29 y la ruina y miseria que esta repartió por todo el mundo.

Desde el grupo vasco de Unidas Podemos en el Congreso de los Diputados, invitamos al G7 a llevar el debate a la ONU y a las cumbres sobre el clima auspiciadas por su marco legal, a introducir las iniciativas legislativas y comerciales que proponen dentro del sistema de gobernanza internacional que ha llevado tantas décadas construir y que, con sus imperfecciones, nos representa a todos. No sólo la ONU, todos los foros de representación política genuina y proporcional, desde la escala local hasta la nacional, deben tener prioridad. Como en el caso de la cooperativa vasca, podrá cuestionarse su nivel de eficiencia en cuanto a los resultados de gestión, pero no su capacidad de representatividad para todos los implicados.

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La ONU es el lugar en el que se buscan los grandes consensos para hacer frente a los desafíos globales, donde se practica la diplomacia y política real, la valiente, a la intemperie, sin la protección de una burbuja de irreal prosperidad. Demos paso al G193, y que hable el Mundo.

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