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Opinión · Posos de anarquía

¿Quo vadis, Izquierda Unida?

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Eldiario.es publica esta mañana una completa entrevista al líder de Izquierda Unida (IU) Alberto Garzón en la que se constata cómo este partido se diluye en las procelosas aguas de Podemos. "Hiperliderazgo" o "cesarismo" son palabras que se repiten a lo largo de toda la entrevista y ese mal se extiende en todas las formaciones políticas, incluida Unidas Podemos (UP).

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A pesar de todos los elementos que comparten Podemos e IU, lo cierto es que a los votantes históricos del último les cuesta verse reflejados en esa confluencia. No es nada nuevo, esta sensación ha existido desde el primer día, desde aquel primer intento malogrado en 2015 por el rechazo de Podemos que, tras el fiasco electoral de aquel 20-N y la repetición de elecciones se materializó en 2016, pero con mucha menos fuerza.

La postura que ha mantenido Podemos en las negociaciones con el PSOE tampoco es nada nuevo. Sucedió lo mismo cuando confluyó con IU, a la que trató de ningunear, de fagocitar desde su posición de superioridad. Y lo hizo. Vaya si lo hizo, con un Alberto Garzón acudiendo en listas como número cinco por Madrid. Aquello escoció y de lo lindo al electorado histórico de IU.

Durante las negociaciones con el PSOE ha sucedido lo mismo, con la salvedad de que Pablo Iglesias se ha dado de bruces con un Pedro Sánchez inamovible en su postura, en gran parte, presionado por los poderes fácticos de los que otrora echó pestes. Mientras Sánchez se mantiene firme -para nuestra desgracia-, Garzón pasa por el aro las veces que haga falta.

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La confluencia de izquierda, de la verdadera izquierda -porque en eso, convendremos que el PSOE gusta mucho de coger el violín con la izquierda pero tocar con la derecha- es imprescindible para hacerse con el poder. Eso es innegable, pero, ¿acaso una diferencia tan crucial cómo la mantenida entre Iglesias y Garzón no dificulta en sumo grado el normal desarrollo de esa confluencia? Mientras el primero únicamente quería un gobierno de coalición, el segundo era mucho más partidario de un acuerdo programático sin entrar en el gobierno. La primer opción sabemos a qué nos ha conducido: a unas elecciones a las que la derecha  y ultraderecha llega mucho más fuerte y unida que el pasado 28 de abril.

La segunda opción nunca sabremos cómo habría resultado, con la salvedad de que lo que sí es seguro es que habría contenido la amenaza ultraconservadora, que es para lo que la ciudadanía votó con más de un 75% de participación en abril. El peor gobierno del PSOE siempre será mejor que cualquiera de la derecha en materia de políticas sociales y económicas. De haberse materializado un acuerdo programático suscrito entre PSOE y UP, si los de Sánchez se separaban del guión, ésto no serviría más que para hacer ganar enteros a UP de cara a una próxima convocatoria, porque la realidad le daría la razón: el PSOE no es de fiar y no cumple siempre con las políticas progresistas que vende.

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A diferencia de Garzón, Iglesias no ha querido esa carrera de fondo, ha preferido el sprint hacia La Moncloa. El resultado son nuevas elecciones y, como deja claro de manera cristalina Garzón, un UP fragmentado en el fondo y unido en la forma. Nada más. Con esos mimbres se abre convocatoria electoral y con el interrogante de buena parte de l@s votantes de izquierda preguntándose "¿Quo vadis, Izquierda Unida?".

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