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Opinión · Otras miradas

Todo cuanto quise ser en política era él

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Todo cuanto quise ser en política era él. Las clases populares se enorgullecían y esperaban sus intervenciones en los debates del estado de la nación cuando todavía la política interesaba y disfrutábamos de las batallas dialécticas entre Anguita y el Gobierno del PSOE. Nos sentíamos representad@s por aquel magnífico orador que hablaba con una claridad a prueba de obreros sin escuela, y con una inteligencia y profundidad digna del más sabio de los intelectuales.

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Teorizó “las dos orillas” porque sabía que el PSOE era el muro que impediría una verdadera política de izquierdas en un país al que el felipismo abochornó con su corrupción, sus GAL, sus reformas del mercado laboral y sus privatizaciones. El felipismo de las reconversiones industriales, de la OTAN (de entrada, no) y de los grandes capitales, el del puro habano al alcance solo de los elegidos y chalets de diseño. Un felipismo que fue implacable y que usó cuantas armas tuvo políticas y mediáticas para acabar con él.

Anguita, el político más valorado pero menos votado. El político que fue blanco de una despiadada campaña permanente, que sin poder ser vilipendiado por su conducta incorruptible, fue ridiculizado y caricaturizado por el grupo PRISA hasta la extenuación como un mago loco o un quijote cuyo caballo se llamaba “soberano”. Qué descaro.

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No digo que llevara toda la razón, pero andaba fino cuando con toda perspicacia supo que después de la rectificación que nunca llegaría por parte del Gobierno de Felipe, la única vía era el sorpasso al PSOE como esperanza para un país que acumulaba millones de parad@s a pesar de las expos, las olimpiadas, los tratados de la Unión y los pelotazos. En el país de las maravillas de Solchaga, donde la mejor política industrial era la que no existía, y en el de Corcuera, el de la patada en la puerta y las joyas a cargo de los fondos reservados, acabar con el gran enemigo era prioritario. Y no nos engañemos, el gran enemigo no era Aznar, sino el impertinente y procaz comunista que cantaba las verdades al barquero, e indisponía a la élite social-liberal con su electorado proletario y de manos grasientas de taller.

Con sus aciertos y sus errores, este país se perdió el mejor presidente al que pudo nunca aspirar en su historia. Querido por muchos, temido también por sus enemigos a un lado y otro del espectro político y admirado por tod@s, ni siquiera tuvo suerte Julio en convertir en hegemónico su pensamiento entre los suy@s, aunque nadie le puede negar el respeto y el cariño que tod@s le han profesado.

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Ojalá sus ideas hubieran sido tan aplaudidas como su personalidad. Ojalá el cuarto califa, como lo llamaba hoy entre lágrimas un querido amigo y exdelegado del Frente Polisario en Andalucía, hubiera convencido a más gente de que una tiene que tener clara siempre cuál es su trinchera y quién es el enemigo.

Para mi suerte, le conocí. Tuve el inmenso honor de que presentara mi candidatura a alcaldable cuando por aquellos años aún yo militaba en IU, y  ya Julio no era nada más y nada menos que Julio Anguita. Sé que no lo hubiera hecho de no mediar otro entrañable e injustamente tratado compañero, Luis Carlos Rejón, otro gran político al que la historia aún no ha hecho justicia. Pero vino. Y ese instante de mi vida será para mí imborrable, como imborrable será su memoria por los siglos de los siglos.

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¡Hasta siempre compañero! ¡Hasta siempre querido Julio!

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