Opinión · Otras miradas
Tomar conciencia
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Vivimos tiempos difíciles, marcados por la incertidumbre, la angustia y el miedo. La pandemia ha generado una grave crisis sanitaria, que a su vez ha contribuido a profundizar y empeorar una situación compleja y desalentadora en los ámbitos económico, social y político. Las personas buscamos certezas, demandamos seguridad y nuestro bienestar está condicionado en gran medida a la confianza en un futuro mejor tanto a nivel individual como colectivo. El futuro no invita al optimismo. Los rebrotes aumentan en todo el Estado, las medidas de prevención no parecen suficientes y las instituciones parecen no saber muy bien qué hacer, en orden a garantizar la convivencia entre salud y economía.
No hay soluciones mágicas ni recetas únicas ante problemas de tal magnitud. Es cierto que antes o después dispondremos de una vacuna que nos permitirá hacer frente a la covid-19, pero es igualmente cierto que no habrá un remedio efectivo para frenar la crisis económica, social y política. Los partidos políticos en España no parecen interesados en alcanzar acuerdos de fondo, capaces de infundir ánimo y esperanza a la ciudadanía. La confrontación se ha impuesto al diálogo.
¿Y qué decir de Europa? Se ha llegado en el último minuto a un acuerdo que hoy celebramos, pero queda mucha letra pequeña por conocer. La solidaridad entre países supuestamente aliados es, todavía, más un mito que una realidad. Ojalá esta situación marque un cambio de rumbo sincero, aunque las sombras todavía oscurecen las luces.
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Quisiera pensar que en esta ocasión hemos aprendido la lección. Lamentablemente todo indica que no es así. El modelo de desarrollo liberal y quienes en la sombra manejan los hilos del mundo -la banca y las grandes tecnológicas especialmente- no están interesadas en un cambio en profundidad. Les basta con volver a la normalidad. Lejos de potenciar la sanidad pública y los servicios de calidad y atención a nuestros mayores, seguirán pensando que la privatización es un gran negocio. Frente a los derechos se imponen los beneficios. Me gustaría ver a la juventud levantar la voz, sacar la rebeldía que se les presupone y ocupar las calles para reivindicar un futuro y un planeta más justos y sostenibles. Claro que para ello hay que tener conciencia, un valor que hoy no cotiza.
Siempre hay razones para la revolución. Estamos sometidas y sometidos a una gran presión. El miedo al contagio convive con el miedo a la pobreza y a la exclusión. Arrastramos las consecuencias de la crisis de 2008 y no tenemos recursos ni capacidad para aguantar un nuevo tsunami. Las instituciones no pueden cerrar los ojos a esta realidad. El Gobierno de coalición PSOE-PODEMOS tiene, sin duda alguna, más sensibilidad social para afrontar esta situación que la que que hubiera demostrado la derecha. No llegará hasta donde le gustaría porque no le dejarán. Lo hemos visto ahora con el acuerdo europeo que dificulta cuando no impide la derogación de la reforma laboral.
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