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Ethan Hawke en 'El reverendo'.

Paul Schrader: "Mi pregunta es: ¿hay que traer vida nueva a este mundo?"

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El cineasta, indispensable en la historia del cine, firma una obra clave en su trayectoria, ‘El reverendo’, donde resuena el espíritu atormentado de Travis Brickle de ‘Taxi driver’ y en la que plantea un conflicto inaplazable para la humanidad, el futuro de ésta y del planeta.

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"Es hora de escribir esa película que juraste que nunca escribirías”, pensó el cineasta Paul Schrader después de una conversación con su colega polaco Pawel Pawlikowski. Guionista de las inmensas Taxi Driver y Toro salvaje, y autor de obras enormes como Mishima, Affliction o American gigoló, este indispensable en la historia del cine aprovechó las nuevas oportunidades técnicas y la “definitiva desesperanza” que le asaltaba ya entonces para plantear al mundo entero nada menos que el último gran conflicto de la humanidad. Después de verla es tristemente evidente por qué se juró a sí mismo no escribirla y es espeluznante la seguridad de entender por qué ha faltado a su promesa.

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Impactante y aterradora, demasiado dolorosa y demasiado necesaria, El reverendo aborda una cuestión inaplazable: el futuro de la humanidad y del planeta; y con ella, la imposibilidad (o no) de mantener la esperanza. Y esa pregunta tan trascendental, quizá ya la única pregunta, la deja en manos de un solo actor, Ethan Hawke, que aquí hace el que es sin ninguna duda el mejor trabajo de toda su carrera.

Convertido en un sacerdote, exmilitar que tras la muerte de su hijo en la guerra de Irak se ha refugiado en la iglesia, Ernest Toller recibe la petición de una de sus feligresas, Mary, para que hable con su marido, un activista medioambiental que no quiere que su hija nazca porque está absolutamente convencido de que el cambio climático acabará con el mundo. Ahí comienza su gran crisis espiritual y el hombre de fe se hunde. Amanda Seyfried acompaña a Hawke en el reparto, en esta obra que castiga sin concesiones a los espectadores —no se puede ya ser delicado con este problema—, tanto como el propio personaje se fustiga a sí mismo buscando incesante algún motivo, el más pequeño, para seguir creyendo en algo. Paul Schrader nos habla de su último proyecto cinematográfico:

¿Qué lugar ocupa la fe en este mundo de hoy?

No creo que se pueda elegir creer, creer ya en nada. Yo no tengo esperanza, la he perdido. No hay razón para la esperanza. No hay motivo para encontrar esperanza, aunque aún se pudiera elegir creer.

¿Para la gente y la fe religiosa tampoco?

Ese es un tema muy grande. Algunas personas tienen una iluminación religiosa y entonces ignoran el miedo, pero también hay muchas otras personas que no son capaces de encontrar esa iluminación y...

¿La maternidad, en su opinión, hace más fácil esta carga del futuro?

La pregunta que me hace da comienzo a la película y mi pregunta es ¿hay que traer vida nueva a este mundo? ¿qué es lo correcto en este mundo? No es una pregunta sobre lo que hemos hecho antes, ni sobre lo que hicimos treinta años atrás, es una pregunta sobre el ahora, porque como podemos ver, la humanidad ha renunciado.

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En la película se pregunta por la violencia como respuesta, ¿cree que es una respuesta?

No. La violencia seguramente no es una respuesta. El personaje es un hombre que se hace preguntas sobre las cosas, las cosas grandes, sobre la desesperación, sobre la desesperación medioambiental, pero no quiere contestar con violencia. Lo que pasa es que entra en un proceso de suicidio, está torturado por la situación en que se encuentra el mundo.

Este personaje tan torturado es ‘otra’ versión de Travis Bickle, de ‘Taxi Driver’, ¿es posible que la tortura le haya acompañado a usted todo este tiempo?

Bueno, una película es sobre un hombre joven y la otra es sobre un hombre mayor. Pero confieso que yo mismo estoy sorprendido de cuánto hay de aquella película en ésta. El propio Ethan Hawke me preguntó sobre eso, sobre esa presencia, y yo al principio le dije: ‘No, no’, pero…

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'El reverendo'

La austeridad formal se corresponde con la severidad del conflicto. ¿Incoherente hacerlo de otra manera?

Yo me muevo en este tipo de caminos, especialmente con algunas películas. Quería planos largos, quería retener la música y retener los cambios de cámara, el ‘slow cinema’, hacer que las cosas duraran un poco más, porque es en esa permanencia en la que el alma empieza a funcionar. Aunque el público sea aficionado a lo contrario, en una película siempre está pasando algo, incluso cuando la cámara no se mueve.

Seguro que quería contar esta historia, pero ¿necesitaba usted contarla?

Sí. Necesitaba contarla. Y, además, creo que desde el principio siempre ha tenido que ver con la razón de hacer películas hoy, la sensación de ser cómplice de algo.

¿Haciendo esta película no ha recuperado un poco de esperanza?

No, no, no tengo ninguna esperanza.

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