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El ocaso del presidente palestino Mahmud Abás. REUTERS/Archivo

Palestina El ocaso del presidente palestino Mahmud Abás

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Catorce años después de ocupar la Muqata de Ramala, Mahmud Abás ha conseguido mantener la calma en Cisjordania a cambio de colaborar estrechamente con Israel. Abás es consciente de que el tiempo juega contra él, y de que cuando desaparezca, puede instalarse un caos endémico entre los palestinos. Sin embargo, no hace nada para modificar el preocupante curso de la historia.

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En noviembre dimitió el ministro de Defensa israelí. Avigdor Lieberman es uno de los políticos más radicales en su país, pero eso no le impidió reunirse secretamente con varios líderes palestinos unos días antes de abandonar el gobierno. La reunión es significativa porque el presidente Mahmud Abás había dicho por activa y pasiva que los líderes palestinos no se reunirían con dirigentes israelíes.

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El encuentro, confirmado por algunos de los participantes, muestra claramente hasta qué punto Abás es inconsistente con lo que dice. Encerrado en la Muqata de Ramala, Abás ha envejecido 14 años desde que se hizo cargo de la presidencia, y durante todo ese tiempo no ha logrado ninguna contrapartida a su benevolente política con respecto a Israel y a la ocupación.

En noviembre de 2004, cuando murió Yaser Arafat, Abás surgió como su delfín natural, aunque hubo algunas trampas históricas que le beneficiaron. Los sucesores más probables, los más populares, como Abu Yihad o Abu Iyad, se quedaron en el camino muchos años antes, algunos de ellos asesinados a domicilio por la larga mano de Israel.

Tras la sorpresiva muerte de Arafat, y la desorientación que le siguió, en la escena palestina no había en ese momento nadie mejor cualificado que Abás para tomar el relevo. Numerosos palestinos eran conscientes de que Abás no era del agrado de Arafat, pero él supo moverse con rapidez en esas aguas y con el apoyo de Israel y Estados Unidos se estableció cómodamente en la Muqata.

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Arafat desconfió siempre de Abás. En vida de Arafat, Abás pudo hacerse cargo de una pequeña parcela de poder desde la sombra, bien visto por Israel, sí, pero sin ninguna popularidad entre el pueblo palestino. Arafat lo vigilaba de cerca, lo consideraba débil y maleable, y durante los últimos años de su vida también lo consideró demasiado cercano a las ideas de Israel.

En otoño de 2000, cuando estalló la segunda intifada, Arafat dejó hacer a activistas y milicianos. A esas alturas era más que evidente que Israel no tenía la menor intención de retirarse de los territorios ocupados, así que puede decirse que Arafat dio luz verde a la revuelta, y naturalmente lo hizo en contra de la opinión de Abás, una opinión que no tenía ningún valor a ojos de Arafat.

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Para entonces ya era más que obvio que los acuerdos de Oslo no valían ni el peso del papel en que fueron redactados. Desde septiembre de 2000 hasta la muerte de Arafat cuatro años después, Abás permaneció en una segunda fila, sin expresar en ningún momento su apoyo a la revuelta. Con su silencio demostraba más bien todo lo contrario.

Unos días después, cuando se hizo cargo de la OLP y de la Autoridad Palestina, empezó a colaborar estrechamente con Israel. Lo hizo desde el principio y su ayuda fue necesaria para acabar con la revuelta. No solo persiguió a los activistas y milicianos que participaban en la segunda intifada, sino que puso la policía palestina al servicio de la CIA e Israel, una circunstancia que ha perdurado hasta nuestros días.

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La policía palestina de hoy sigue comportándose de la misma manera: durante el día señala los lugares donde se esconden los activistas más significativos, y por la noche el ejército israelí entra a detenerlos. Significarse políticamente es uno de los grandes peligros que tiene cualquier palestino que vive en las ciudades y pueblos de Cisjordania, pues lo coloca en la lista de las detenciones de la siguiente redada.

A cambio de esta leal colaboración por parte de la policía adiestrada por la CIA, Abás no ha conseguido absolutamente nada en los 14 años que lleva dirigiendo a su pueblo. Lo único que parece servirle es que ha sido capaz de conservar la cabeza encima del cuello, aunque esto haya sido a costa de la expansión de las colonias judías, incluida Jerusalén este, que se ha robustecido significativamente durante todo ese tiempo.

Como líder de Fatah, Abás siempre rechazó la lucha armada. Consideraba y considera que la lucha armada daña los intereses de los palestinos, a pesar de que la realidad y la experiencia indican que Israel nunca ha tenido una voluntad real de resolver el conflicto, y siempre ha actuado en consecuencia.

A sus 83 años recién cumplidos, Abás carece de sucesor. No hay ningún otro líder que descuelle entre los funcionarios de la Autoridad Palestina, de manera que muy posiblemente pronto asistiremos a un caos inédito, una situación para la que desde hace tiempo se prepara Israel, según han reconocido políticos y militares de este país.

Su estrecha colaboración con Israel, y en particular con el primer ministro Benjamín Netanyahu, ha alienado a Abás de su pueblo, y es un verdadero misterio pronosticar cuál será el alcance del caos que con toda seguridad se instalará en Palestina tras su desaparición.

Paradójicamente, esta situación se ve reflejada fuera de los contornos de Cisjordania. El príncipe de la Corona saudí, Mohammad bin Salman, ha criticado con mucha dureza a Abás por nos sentarse a “negociar” con Israel. Sin apoyos dentro y fuera de Cisjordania, el drama de Abás se proyectará sin duda más allá de su muerte.

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