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Imagen de varios botes con tripulantes de la Flota Amarilla en el Gran Lago Amargo.

Canal de Suez La Flota Amarilla: el convoy de navíos que quedó atrapado durante ocho años en el Canal de Suez

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Cuando se cumplen 150 años de la inauguración del canal, la historia de los 14 barcos que quedaron varados tras la guerra de 1967 continúa siendo una de sus más estrafalarias.

Internacional

Para Phil Saul, aquella mañana del 5 de junio de 1967 tenía que ser la decimoséptima que cruzaba el estratégico Canal de Suez a bordo de un buque mercante. Unas horas antes de adentrarse en él, los capitanes de los navíos que iban a atravesarlo conjuntamente se habían planteado evitarlo, ya que la tensión entre Israel y Egipto estaba por las nubes. Pero a pesar de ello, el grupo optó finalmente por tomar el camino rápido y avanzar hacia el Canal, confiando en que la guerra no estallaría todavía.

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“Había sido un viaje del todo ordinario y nos encontrábamos a tan solo siete días de casa,” explica a Público Saul recordando aquel momento. “Pensamos que no habría ningún problema,” agrega quien por aquel entonces estaba a punto de cumplir los 19 años.

Solo fue cuando el convoy ya se encontraba subiendo por el Canal que la situación se empezó a torcer. Eran apenas las nueve de la mañana y Saul se desperezaba en la cubierta de su barco tomando café con otros miembros de la tripulación cuando escucharon en la BBC que la guerra acababa de empezar. Las columnas de humo que se alzaban ante ellos daban buena cuenta de ello. Al poco rato, el buque de Saul entró en el Gran Lago Amargo, el primero y más grande de los tres lagos que cruza el Canal a lo largo de su recorrido, y fue allí donde vieron por primera vez a los cazas israelíes cruzándolo a baja altura. Estaban siendo testimonios de los primeros compases de la guerra de los Seis Días.

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Canal de Suez.

“[Al principio] actuábamos como aficionados de futbol, fuimos bastante estúpidos, ya que no nos estábamos dando cuenta de lo mortífero que estaba siendo,” admite Saul. “No fue hasta que vi a un trabajador del Canal rígido y con el rostro lleno de lágrimas que entendí que aquello era serio, que gente estaba muriendo ante nosotros,” desliza.

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Al final, la guerra acabó siendo breve, y cuando solo había transcurrido una semana se anunció un alto al fuego. Cuatro días les habían bastado a los israelíes para ocupar toda la península del Sinaí y plantarse en las puertas del Canal de Suez, que se convirtió en una línea de cesación del fuego casi natural ante un ejército egipcio abatido.

Como respuesta, el régimen egipcio de Gamal Abdel Naser ordenó el cierre indefinido del Canal, donde todo el convoy seguía parado en el Gran Lago Amargo, en medio de una tierra de nadie. El año anterior, más de 21.000 barcos habían cruzado aquella estratégica infraestructura. Pero aquel junio de 1967, un grupo de solo 14 quedó atrapado. 

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“Incluso entonces, nadie, ni en sus sueños más descabellados, se habría imaginado que los barcos iban a permanecer allí durante ocho años,” sentencia Saul.

Los egipcios se habían asegurado de que así fuese. En total, habían lanzado al Canal un centenar de secciones de puentes y otro de navíos, una veintena de camiones, ocho tanques, y nada menos que 750.000 artefactos explosivos. Su ejército había sido humillado, pero al menos nadie iba a poder usar ahora el Canal.

“Solo unos años antes, en 1956, había tenido lugar una seria crisis [regional] cuando Egipto entró en conflicto con potencias occidentales [Reino Unido, Francia e Israel] tras la decisión de Naser de nacionalizar el Canal de Suez, así que el recuerdo era muy reciente y la primera idea pasó por cerrarlo,” observa a este medio Cath Senker, escritora y autora de Varados en la Guerra de los Seis Días, un libro en que relata la historia del convoy.

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Imagen de una de las competiciones que se organizaban entre las distintas tripulaciones de la Flota Amarilla.

Saul recuerda aquellos primeros momentos con tedio. “Al principio era emocionante, por los bombardeos y los enfrentamientos, pero tras el alto al fuego los choques cesaron y todo se asentó en una aburrida rutina,” rememora.

Desde el primer momento, las tripulaciones de los 14 barcos se organizaron para salir adelante del limbo en el que se encontraron de la noche a la mañana. “Inicialmente las comunicaciones eran solo para sobrevivir,” señala Senker. “Los barcos estaban muy bien provistos para hacer su trayecto, pero no para quedarse [indefinidamente],” agrega, “así que algunos empezaron a quedarse, por ejemplo, sin agua potable, y se ponían en contacto con los demás para coordinarse con respecto a las provisiones que necesitaban.”

Todo empezó a cambiar a partir de los tres meses. A finales de agosto, se acordó que las tripulaciones de los barcos podrían irse a pesar de permanecer el Canal cerrado, y aquellos que vivieron la guerra desde primera línea, entre ellos Saul, abandonaron el lugar. Pero las compañías no querían echar a perder las embarcaciones, por lo que siguieron enviando trabajadores para mantener los barcos, que se fueron forjando el sobrenombre de la Flota Amarilla por la capa de arena del desierto que empezó a cubrirlos.

George Wharton, que entonces tenía 24 años, se encontraba entre el primer relevo que desembarcó en el Gran Lago Amargo, en el que pasaría tres meses antes de volver al Reino Unido brevemente y retornar medio año más al lugar. “Al principio manteníamos los barcos en perfectas condiciones porque todos pensábamos que zarparíamos en cualquier momento,” explica ahora a Público. “Pero a medida que pasaba el tiempo nos quedamos allí varados y nos dimos cuenta de que no íbamos a ir a ninguna parte.”

Bajo estas circunstancias fue que se les ocurrió establecer, apenas cinco meses desde el inicio de la guerra, la Asociación del Gran Lago Amargo (GLBA), con el fin de regular el mercado informal que habían creado y montar actividades. “Se organizó un encuentro y se invitó a todo el mundo a unirse a la asociación. Ese fue el comienzo,” cuenta Wharton, que explica que cada fin de semana uno de los barcos se encargaba de organizar algún evento, como partidos de futbol, carreras de barcos o competiciones de natación.

Con el tiempo, la asociación fue complejizándose, como si hubiera fundado un país en medio del Canal de Suez. Se llegó a diseñar un escudo, y hasta se produjeron sellos postales a mano que luego distribuían entre los miembros del grupo. Algunos de ellos incluso se colaron en el sistema postal oficial, y pueden encontrarse hoy por internet.

El árbol de Navidad que los marineros idearon en mitad del lago.

Uno de los mejores recuerdos que guarda Wharton de aquella estrafalaria experiencia es la de la primera Navidad que pasó en el lago. “Los egipcios permitieron que recibiéramos regalos llegados desde Inglaterra y fue una ocasión muy bonita,” rememora. “Todos los barcos sacaron sus botes y nos reunimos alrededor de un árbol de Navidad [instalado] en el medio del lago la noche del 24 de diciembre para cantar villancicos,” añade.

El verano siguiente, todas las tripulaciones aprovecharon los Juegos Olímpicos de México 1968 para organizar sus propias Olimpiadas. “Ese fue mi momento favorito en el Canal,” asegura Wharton, que participó en las categorías de fútbol, disparo con rifle, waterpolo y una carrera por la cubierta de una de las embarcaciones. “Los ingenieros polacos incluso fabricaron medallas [para la ocasión],” explica.

Un partido de waterpolo entre tripulaciones en el Gran Lago Amargo.

El acuerdo para abrir de nuevo el Canal de Suez no se zanjó hasta 1974, y la instalación volvió a funcionar al año siguiente, para cuando los 14 barcos que habían permanecido estancados durante ocho largos años pudieron volver a zarpar. En total, más de 3.000 hombres –y una mujer– pasaron por el Gran Lago Amargo.

Wharton asegura que tras servir en el Canal por segunda vez no volvió a saber nada. “Es curioso, pero después de estar en alta mar, cuando se llega a casa tras tres o cuatro meses, todos se dan la mano, cada uno toma su camino y solo unos pocos están en contacto,” dice. “Yo me enteré [de la reapertura] por un diario local cuando trabajaba en Liverpool,” reconoce. “Fue ridículo,” concluye, “incluso ahora no creo que al gobierno egipcio o a cualquier otro gobierno se le permitiera retener a un grupo de barcos tanto tiempo.”

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