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Mónica Oltra, Ximo Puig y Antonio Estañ como representantes del pacto del Botànic. | EFE

Elecciones 2019 Comunidad Valenciana El reto de la izquierda valenciana de no convertir el pacto del Botànic en un espejismo

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La noche del recuento en Andalucía y un avance electoral con muchos riesgos se posan en el imaginario de unas elecciones valencianas caracterizadas por la incógnita. Las fuerzas del pacto del Botànic (PSPV-PSOE, Compromís y Podem) se juegan su suma y, por consiguiente, demostrar que no era una ilusión pasajera.

Política

Nada o muy poco es diferente en el inicio de campaña de las elecciones a Les Corts Valencianes respecto a los comicios estatales. Incertidumbre como punto de partida y augurios demoscópicos que se contradicen entre sí, con un PSPV-PSOE en cabeza en todos esos sondeos. Era ese el escenario que deseaba Ximo Puig desde que decidió adelantar la cita electoral valenciana y hacerla coincidir con las elecciones españolas. Pero la particular “singularización” del president no hace más que invisibilizar exponencialmente “el problema valenciano” y, de hecho, tan solo hay que pasearse estos días por la prensa valenciana, de gran tradición sucursalista, para comprobar que el foco distingue más a los Sánchez y los Casado que a los Puig y los Oltra.

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Sea como sea, la reedición del gobierno del Botànic, que se tenía por asegurada hasta la noche de los comicios andaluces, se plantea ahora mucho más titubeante, aunque ello contraste con los enérgicos lemas de los socios botánicos. “Imparables” es la consigna escogida por Compromís, que actualiza el “Con valentía” de 2015, que se saldó con 19 escaños y que significaron los mejores resultados para la única fuerza de matriz valenciana. Infrarepresentados sistemáticamente en las encuestas, en aquella ocasión las explosionaron y se convirtieron así en el motor del cambio en un País Valenciano que el PP había dominado desde 1995. 

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La reedición del gobierno del Botànic, que se tenía por asegurada hasta la noche de los comicios andaluces, se plantea ahora mucho más titubeante

A la nueva (doble) contienda, la coalición valencianista se presenta en primera línea con sus dos efigies más fulgurantes: Mónica Oltra como candidata a la presidencia de la Generalitat y Joan Baldoví como cabeza de lista para el Congreso. La explotación de este binomio pretende remarcar la importancia de una voz estrictamente valenciana tanto en casa como en Madrid. Su imagen hacia fuera no falla y da la sensación que lo tienen todo clarísimo: fueron la primera formación en presentar sus listas ante la Junta Electoral, batieron un récord de participación en su proceso de primarias y sacan pecho de haber madurado en poco tiempo una marca consolidada y profundamente democrática. Sin embargo, en la conciencia de Compromís se asume que, en caso de revalidarse el pacto del Botànic, perderán fuerza en el próximo Consell

A la formación valencianista se le ha puesto delante el avance electoral de Ximo Puig pero también el de Pedro Sánchez. De hecho, este último fue el primero y el detonante del otro. Todas las cartas están marcadas con la dialéctica del debate estatal, algo que aleja al socio minoritario del Botànic de la posibilidad de poder defender con comodidad su gestión en el marco autonómico: las políticas sociales para las personas de las que tanto se enorgullece Oltra. Una gestión, por otra parte, que se ha revelado inocua en los temas más trascendentales y tacticista en las cuestiones más estigmatizadoras. Pero a la vez una gestión que no ha enfadado ni crispado. Con la llamada anticipada a las urnas, los socialistas valencianos evitan a toda costa un sorpasso de sus siempre incómodos socios, aunque en la práctica no hayan estado tan incómodos. Está por ver el comportamiento del voto dual y el equilibrio de fidelidades y transferencias, pero los socialistas han ganado impulso separando locales y autonómicas y adosando estatales y autonómicas. Los arrastres y las inercias son evidentes.  

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El lema de los de Puig, que repite como candidato, es “Seguir sumando”. A priori, se podría entender como un guiño a las izquierdas gracias a las cuales el PSPV-PSOE ha podido ocupar el Palau de la Generalitat. Efectivamente, los socialistas valencianos necesitan sumar pero su suma no contempla otra opción que no sea la de capitalizar la ecuación. A tenor de la encuesta de GAD3 para las cabeceras de Vocento, el PSPV se dispararía hasta los 33 escaños (diez más que los conseguidos en 2015) a costa de las bajadas de Compromís y Podem. Un pronóstico que situaría a Puig cuatro años más como máxima representación institucional, siempre que la suma de PSPV, Compromís y Podem supere los 50 escaños. En esta ocasión, la suma de escaños de Compromís y Podem no sería mayor que los escaños de los socialistas, por lo que ni tan siquiera se podría insinuar la posibilidad de plantear una presidencia no comandada por el PSPV. Un envite que en 2015 sí podría haberse jugado pero la tibieza y los miedos hicieron sucumbir sumisamente a los dictados del PSPV. Ahora bien, ¿y si el lema del PSPV se envenena y la aritmética concediese sumas hacia la derecha? ¿Es posible que el PSPV abrace a Ciudadanos en los pactos postelectorales? Apuestas abiertas.

Si atendemos al CIS publicado hace unas horas, la suma de la proyección de escaños para PSPV (entre 33 y 36) y Ciudadanos (entre 16 y 19) sí acercaría esta opción. El CIS también revela que sería posible la reedición del Botànic. El PSPV (que sería la primera fuerza en las tres provincias) conseguiría el 30,9% de los votos, Compromís el 16,9% (segunda fuerza) y Unides Podem el 8,3% (quinta fuerza). La tercera fuerza más votada sería Ciudadanos (16%), la cuarta el PP (15,4%) y la sexta Vox (6,5%). Las derechas se quedarían sin superar los 50 escaños. Pero el titular a tener en cuenta de este CIS sería el del alto porcentaje de indecisos: un 38,7%.

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Uno de los enigmas por resolver en el bloque de las izquierdas es el alcance de Unides Podem-Esquerra Unida, una suma consumada apenas hace un mes que busca salvar la horquilla alta del voto de Podem. La formación morada no expresó tantas muecas con el avance electoral. Su rol de socio externo pero con papel activo (y necesario) les ha permitido una imagen menos desgastada pero saben que su funcionalidad pasa, esta vez sí, por la asunción de responsabilidades en un eventual Botànic II. Así de claro lo ha tenido su candidato, Rubén Martínez Dalmau, incluso antes de ser elegido por las bases. Dalmau advierte: no se trata tan solo de reeditar el Botànic, que ya ha cumplido su función de desalojar la corrupción de las instituciones, sino de empezar con la verdadera transformación. Podem se juega mucho en estas elecciones. Un resultado mediocre podría hacer tambalear los cimientos del Botànic y podrían acabar escorados como fuerza residual. Está por ver si Podem y Esquerra Unida, bajo una lista única, son capaces de retener la fidelidad del voto en feudos tradicionales de las áreas metropolitanas de València y Alicante. Ir en coalición, eso sí, proporciona representación a una Esquerra Unida maltratada por el techo electoral del 5%, que no se ha modificado en la actual legislatura. 

Las derechas, optimistas y optimizadas

El hundimiento del PP en 2015 se enmarcó en las circunstancias excepcionales con las que se concurrió a aquellos comicios. Quizás no era tanto por una acción punitiva a la corrupción sino porque el electorado de derechas se quedó en casa cuando olió la derrota. El entonces Ciudadanos de Carolina Punset no se vio suficientemente como una alternativa; sin embargo, ahora tienen tres. Ya en las elecciones estatales de 2015 y 2016, la suma de las derechas superó a las izquierdas. La primera pregunta que surge en el bloque de la derecha es si el PP llega a la contienda suficientemente desinfectado después de la caída en picado de su credibilidad a causa de la trama corrupta en que convirtió las instituciones valencianas. La respuesta es no. A pesar que Isabel Bonig, presidenta y candidata del partido de la gaviota, se ha esforzado en presentarse como la cabeza de un equipo nuevo y saneado, el tumor se ha expandido sin contención. Mientras el PP se autoerige como la principal alternativa al Botànic, su herencia reflota al borde de la alcantarilla. Solo estas últimas semanas, estamos asistiendo a la detención del cuñado de Rita Barberá en una investigación de adjudicaciones presuntamente amañadas en época del PP, al juicio al que fuera vicealcalde de València con Barberá, Alfonso Grau, por presuntos delitos de blanqueo de capitales y de cohecho, y este lunes empieza otro juicio al exconseller popular Rafael Blasco por irregularidades en subvenciones a ONG. 

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La opción de que el PP regrese a la Generalitat es real y existe la percepción de que el voto de la derecha se encuentra relativamente coordinado y optimizado

Sin embargo, la opción de que el PP regrese a la Generalitat es real. Desde la noche andaluza, existe la percepción de que el voto de derecha se encuentra relativamente coordinado y optimizado. Bonig en el PP y Toni Cantó en Ciudadanos se pelean por ver quién rentabiliza mejor la batalla del anticatalanismo. La lengua, la identidad, la amenaza independentista y el profesorado son las armas arrojadizas del bucle patriótico en el que están instalados. ¿Quién decía que eso ya era cosa del pasado? La más que previsible entrada de la extrema derecha en Les Corts, que en este territorio ha gozado de una notable impunidad expresada explícitamente con acciones violentas a plena luz del día, hará el resto. El nuevo actor, Vox, aterriza con manifiestas intenciones de cuestionar el autogobierno y, entre otras cosas, cerrar la televisión pública, rescatada esta legislatura. 

Quizás lo más interesante en el caso del triunfo del tridente de derechas será ver hasta dónde llega el PP en la concesión de demandas a Vox. La derecha ahora es mucho más derecha. Y en el País Valenciano hay muchas ganas de dinamitar ciertos consensos conseguidos no sin sufrimiento en relación con la cuestión lingüística e identitaria. Lo mismo pasa con los términos con que se pudiera reformar el pacto del Botànic. Si las izquierdas repiten, deberán tener claro que su gobierno ya no será “de cambio” y ya no valdrán excusas ante problemas tan alarmantes como la descohesión creciente respecto a las economías más fecundas como consecuencia de un modelo productivo sin definir, el grave problema estructural de maltrato financiero e infrainversión y la cronificación de la pobreza como resultado de las recetas de austeridad aplicadas durante la crisis. 

La campaña valenciana huele a in extremis por todos sus poros. El partido está abierto y parece sonreír a todos. La principal incógnita es si el Botànic vino para quedarse o fue una especie de ilusión pasajera. Un espejismo en medio de una travesía de realidad conservadora. Como en Galicia con la legislatura del bipartito, quizás el Botànic será algo que rememorar en días futuros como esa etapa plagada de buenas intenciones y algunos tímidos avances. Esa oportunidad, esos cuatro años en que se giró levemente el timón.

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