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Rivera, Marín y Arrimadas.

Análisis El vertiginoso viraje de Ciudadanos en Andalucía en 5 escenas: de apoyar al PSOE a firmar con la ultraderecha

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Juan Marín firma con Vox a cambio de estabilidad para el Gobierno después de haber apoyado tres presupuestos al PSOE

Política

Hace algo más de un año, a los pocos meses de haber aprobado de la mano del PSOE de Susana Díaz el tercer presupuesto de la legislatura, comenzó de verdad de puertas afuera un giro de discurso y de planteamientos de Ciudadanos en Andalucía. Al principio, casi nadie se lo tomó en serio. Se trata de un paripé, se repetía en diversos cenáculos políticos. Cuando pasen las elecciones autonómicas volverán a apoyar al PSOE, se insistía. Mientras, solo ante el peligro, Juan Marín, el presidente de Ciudadanos en Andalucía, con su estilo flemático y reposado, trataba de convencer a todos, sin mucho éxito, de que iba en serio.

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Como tantas veces en la vida, sucedió algo inesperado, algo que estaba en el ambiente, pero que no se terminaba de verbalizar: el cansancio, el desapego creciente de los andaluces hacia el proyecto socialista, hegemónico durante 37 años. El PSOE, dirigido por Susana Díaz, perdió -en unos comicios con una fuerte abstención- con estrépito la centralidad, la capacidad de pactar a derecha e izquierda. Por primera vez, los socialistas eran irrelevantes en Andalucía. Albert Rivera y su lugarteniente en Andalucía, Juan Marín, se pusieron, entonces, con cierta naturalidad, acorde al discurso que venían manteniendo manos a la obra para sacarlos del Gobierno. El contexto les favorecía.

Para ello, para hacer el cambio, la aritmética reveló que a Marín no le bastaba con el PP. Ambos necesitaban los doce escaños que había logrado -en los comicios del pasado 2 de diciembre- un partido nuevo llamado Vox, una formación antifeminista, xenófoba, ultranacionalista, que no cree en el Estado de las autonomías, y que se autoproclama como “la voz de aquellos que tuvieron padres en el bando nacional y se resisten tener que hacer una condena de lo que hicieron sus familias”. En resumen, una organización que representa el regreso de la ultraderecha a las instituciones, más de 40 años después de la muerte del dictador.

Esta es la crónica, contada a través de cinco escenas, de un viaje político tan acusado, el que ha llevado a Ciudadanos en pocos meses de apoyar al PSOE a cerrar un pacto con la ultraderecha, que podría tener inciertas consecuencias electorales. Ciudadanos en Andalucía ha abandonado el centro, tras haber estado sosteniendo un Ejecutivo del PSOE durante tres años, y se ha amarrado a Vox, lo que ha generado un terremoto de cierta intensidad, cuyas réplicas han llegado esta semana hasta el palacio del Elíseo, en París, donde habita el presidente Emmanuel Macron, socio europeo de Ciudadanos, quien no quiere, al contrario que Rivera, saber nada de ultras.

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En el momento en que Ciudadanos ha decidido entrar en los gobiernos, la estrategia de bisagra se ha terminado, Ciudadanos en Andalucía se ha revelado como un partido de derechas, y el timonel Marín, lo hiciera o no a regañadientes -hay fuentes de Ciudadanos que cuentan que su idea era diferente, que él prefería no poner todos los huevos en la misma cesta-, ha completado esta semana, con la firma de un pacto con Vox y PP, el giro: todo a estribor.

Escena 1. La señora Díaz es de fiar

La primera escena de este viaje se produjo el 9 de septiembre de 2016. Entonces Juan Marín, pronunció la frase -“la señora Díaz es de fiar”- que definía la etapa que se había abierto un año y medio antes, cuando Ciudadanos, un partido nacido en Catalunya, acababa de entrar en el parlamento de Andalucía, decidió apostar por la utilidad y firmó un pacto con el PSOE que permitió desbloquear el Gobierno andaluz y que Susana Díaz renovase en el cargo.

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Ciudadanos y PSOE cerraron un acuerdo de investidura que en realidad funcionó como un pacto de legislatura y aprobaron juntos tres presupuestos. Ciudadanos no entró en el Gobierno. El peaje que tuvo que pagar Díaz fueron una comisión de investigación sobre los fondos de formación -que se cerró en falso- y rebajas fiscales en el impuesto de sucesiones y en el IRPF.

Escena 2. Nunca más Díaz ni el PSOE

La segunda escena se produjo poco después de la convocatoria electoral, en el mes de octubre. Como nadie parecía darse por enterado de que la ruptura entre PSOE y Ciudadanos en Andalucía iba en serio, Marín, quien la justificaba con el argumento de que los socialistas habían incumplido el pacto firmado en el capítulo de regeneración democrática, singularmente por la supresión de los aforamientos, se lanzó a la piscina. Así, casi cuatro años después de haber hecho presidenta a Díaz, Marín, el 11 de octubre del año pasado, dijo: “Los votos de Ciudadanos no van a servir para que Susana Díaz sea presidenta ni el PSOE-A gobierne Andalucía”.

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En aquel momento, no sabía si había agua, pero sí se olía, estaba en el ambiente, que había un desapego, una desafección creciente de los andaluces hacia la perspectiva de otro gobierno de Díaz. El órdago, que implicaba también un empujón al PSOE para echarlo a los brazos de Podemos, podía haber hecho trizas su credibilidad de haber sido otro el resultado. Sin embargo, le salió bien.

Escena 3. Un escaño marca la diferencia

La tercera escena se representó la misma noche del 2 de diciembre, cuando se conocieron los resultados electorales. Los números le salieron a Juan Marín. La suma de los votos de Ciudadanos y PSOE no llegaba a la mayoría absoluta. Les faltó un escaño. En el cuartel general de Ciudadanos no lo querían. A medida que avanzaba el recuento, cruzaban los dedos para que ni ellos ni PSOE pudieran sacar un diputado más en cualquiera de las provincias. El resultado arrojó que solo una alianza de alguna clase de tres partidos daba una mayoría estable. Hacia la izquierda, PSOE y Adelante Andalucía. Ciudadanos miró a su derecha, hacia el PP. Más allá estaba Vox, cuyo apoyo era imprescindible para que la apuesta saliera adelante. Y Marín no dudó, a pesar de los ultras.

Escena 4. Marta Bosquet preside el Parlamento

Ciudadanos eligió derecha. Si en la primera legislatura, el partido de Rivera no quiso entrar en los Gobiernos, en esta segunda su apuesta estratégica fue diferente. Esta vez iba a entrar. Y para hacerlo, lo iba a hacer de la mano del PP. Marín y Rivera se disponían a propiciar un cambio de Gobierno por primera vez en Andalucía en 37 años. Para ello, firmó con el PP un acuerdo, un programa de gobierno de corte liberal en lo económico, con guiños a la Iglesia y a las farmacéuticas, y dejó que los conservadores se entendieran con Vox.

El reparto del poder implicaba que para que Ciudadanos presidiese el Parlamento de Andalucía, su candidata iba a necesitar los votos de Vox. Marta Bosquet se lo pidió a Francisco Serrano, presidente del Grupo Parlamentario de Vox y los ultras, en consecuencia, la votaron. Después, Moreno amarró los votos de Vox para su investidura y se formó Gobierno. Rivera acudido a Sevilla a presentar en sociedad a los consejeros de Ciudadanos, los primeros que tenía en todo el país. Se inició así una etapa en la que Marín, que es hoy vicepresidente de la Junta, gobernaba, en su imaginario, al estilo  gracias a Vox, pero sin Vox.

Escena 5. El abandono del disimulo

La última escena de esta crónica se produjo el jueves pasado por la mañana. Ciudadanos entregó a Vox la foto y la legitimidad que en Andalucía, hasta entonces, de uno u otro modo, le venía negando. El consejero andaluz de Economía, Rogelio Velasco, fichado como independiente, se sentó en una mesa -enviado por Rivera y Marín- con el PP y con Vox y firmó el primer acuerdo directo, sin que el PP ejerza de moderador o abogado, entre Ciudadanos y los ultras en todo el país, algo que había evitado hacer hasta ese momento.

Una vez despejado el horizonte electoral para un tiempo, Ciudadanos ha abandonado el disimulo en Andalucía. Ya no hay dudas sobre su apuesta. Desde este jueves pasado, Vox es también un socio de Ciudadanos, ya no solo del PP. PP, Vox y Ciudadanos navegan en el mismo barco El documento firmado permite, eso sí, -nada es gratis- la consolidación del proyecto de coalición iniciado en enero, después de 37 años de Gobiernos socialistas.

El pacto no supone gran cosa en términos económicos. Vox no obtuvo una victoria en dinero contante y sonante, en millones de euros, sino que los ultras ganaron el terreno simbólico, en el de la ideología. El documento -que lleva también el sello de Ciudadanos en el membrete y, por tanto, es asumido como propio por ese partido- entre otras cosas, desprende un fuerte tufo antifeminista, roza la estigmatización de la inmigración, abre una puerta a despidos ideológicos en la administración, y reduce a la mínima expresión -exhumaciones y bancos de ADN- las políticas de dignidad democrática.

¿Ha vendido su alma Ciudadanos para poder gobernar Andalucía o ha mostrado su verdadero rostro? El tiempo y el electorado dirán. Hay quien cree que la clave que definirá el éxito de la apuesta no está en los pactos, sino en la gestión que Ciudadanos y el PP hagan en los próximos tres años.

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