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El general Augusto Pinochet (l), jefe de la junta militar chilena, saluda el 11 de septiembre de 1973 en Santiago, poco después de la muerte del presidente Allende, elegido en las urnas.- AFP

Pinochet, el triunfo del fascismo de mercado y su admiración mutua con el general Franco

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Este miércoles se cumplen 46 años del golpe de Estado en Chile que derrocó a Salvador Allende. El doctor en Historia Mario Amorós publica 'Pinochet. Biografía militar y política', una obra que aspira a convertirse en una referencia mundial para estudiar la figura del dictador chileno desde sus inicios en el Ejército hasta sus últimos días de vida.

Política

Era el 11 de septiembre de 1973. La República de Chile era la democracia más avanzada de América Latina, pero el contexto internacional era complicado. Muy complicado. Tres años antes, el candidato de la Unidad Popular Salvador Allende se había impuesto en las elecciones presidenciales con su "vía pacífica al socialismo". Pero Estados Unidos tenía muy claro que la Unidad Popular no podía triunfar. Lo había dejado muy claro su secretario de Estado Kissinger durante una reunión del Consejo para la Seguridad Nacional celebrada en 1970. "El éxito de un gobierno marxista elegido por el pueblo constituiría un claro ejemplo (e incluso un precedente) para otras partes del mundo". Ahí mismo, en 1970, comenzaron los ataques a la economía chilena para aislarla, debilitarla y desestabilizarla hasta hacer de Chile un país ingobernable. Pero Allende resistía. La Unidad Popular seguía en el poder y conservaba el apoyo social. Fue entonces, un 11 de septiembre, cuando se recurrió a la violencia. A las armas. A la sangre. Cuando el Ejército de Chile conquistó su propio país y Allende se quitó la vida acorralado en el Palacio de la Moneda. "La historia es nuestra y la hacen los pueblos", lanzó el socialista en su último mensaje a la nación chilena. 

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Ese 11 de septiembre de 1973 se consumó la infamia. Un acto de guerra, como el bombardeo del palacio de La Moneda, acababa con la democracia chilena. Se prohibían los partidos políticos, se suprimían las libertades y derechos de la ciudadanía. Llegaba el exilio y la represión sistemática. También se acababa el control de precios, el reparto de leche en colegios y la protección laboral de los trabajadores. Se imponía el imperio del terror. En la cúspide de la brutal dictadura y como cara visible se fue imponiendo la figura de Augusto Pinochet, el que había sido jefe máximo de las Fuerzas Armadas durante la presidencia de Allende. El militar se presentaba así ante el mundo como un paradigma de dictador despiadado y entronizado desde la traición. Como escribió el histotriador Josep Fontana, Pinochet simbolizó, como nadie, la imagen del fascismo en América Latina

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Portada del libro 'Pinochet. Biografía militar y política' (Ediciones B)

Ahora, cuando se cumplen 46 años de este momento clave, el doctor en Historia por la Universidad de Barcelona Mario Amorós publica Pinochet. Biografía militar y política (Ediciones B), la primera biografía histórica del dictador fundamentada en archivos y bibliotecas de cuatro países diferentes, cientos de artículos y referencias en prensa, discursos, entrevistas, testimonios y opiniones de familiares y colaboradores. En definitiva, una obra de más de 800 páginas que aspira a convertirse en referencia mundial para tratar una de las figuras más importantes del siglo XX: Augusto Pinochet.

El título llega, además, en un momento nuevamente complicado. Líderes como Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, se han mostrado a favor de Pinochet y de su golpe de Estado. También seguidores de Donald Trump, que han escogido su nombre para una polémica camiseta que lleva como lema "¡Pinochet no hizo nada malo!" y en cuya parte posterior se ve a un helicóptero lanzando personas al vacío. E incluso Vox, en España, ha establecido contacto con José Antonio Kast, líder de la ultraderecha chilena. Así, la ola reaccionaria que recorre el mundo trata de recuperar para sí la figura de Pinochet. El golpe de Estado del 11 de septiembre no sería un acto de guerra sino una "intervención" para salvar a Chile del comunismo. Pinochet no sería un dictador sino un gobernante autoritario que, a través de la Constitución de 1980, se puso límites. En definitiva, Pinochet habría sentado las bases para un Chile moderno.

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Quizá por ello la obra de Amorós es ahora más imprescindible que nunca. La Historia frente al olvido, frente a la manipulación. "Pinochet simboliza la imagen del fascismo en América Latina. Pero en este caso no hablamos del fascismo de la Europa de entreguerras. Se trata de un fascismo de mercado. El golpe en Chile fue el golpe de una clase social, la burguesía, que se sirvió de la fuerza del Ejército para aplastar a las organizaciones de izquierdas e implantar un modelo neoliberal de economía de la manera más descarnada", explica Amorós a Público. El autor, de hecho, describe a Pinochet como un "dictador despiadado que demostró una insaciable ambición de poder". "Y su instrumento fue el terror, puesto que no vaciló en desencadenar la única guerra en la que participó a lo largo de su vida: la guerra contra un pueblo desarmado", escribe Amorós.

El exdictador chileno Augusto Pinochet ante sus tropas en 1975 - REUTERS

Así, la represión de la dictadura chilena sirvió también para convertir a Chile en el laboratorio mundial del neoliberalismo. El dictador cedió en 1975 el timón económico del país a un grupo de jóvenes profesionales formados en la Universidad de Chicago y que aplicaron las recetas neoliberales de Milton Friedman y Arnold HarbergerEn definitiva, la dictadura chilena llevó a cabo una contrarrevolución capitalista en toda regla que deshizo el proceso de nacionalizaciones iniciado por Allende, devolvió a sus propietarios originales las tierras ocupadas por los campesinos, liberalizó los precios, redujo el gasto público en más de un 25% y derogó leyes que impedían los despidos de los trabajadores. Todo ello fue recomendado por los Chicago Boys y por el plan diseñado por Friedman para Chile. El plan contó con la represión y la violencia como principal apoyo. 

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"El 'milagro chileno' de los Chicago Boys, tan exaltado por determinados sectores, supuso que, tras su derrota en el plebiscito de 1988, el 11 de marzo de 1990 Pinochet entregara un país que tenía al 40% de su población en la pobreza más absoluta. Y sus efectos se dejan sentir hasta el día de hoy con unas pensiones miserables, una atención sanitaria adecuada solo para quienes pueden pagarla, la enseñanza superior más cara de América Latina y una brecha social de las más acusadas del mundo", denuncia Amorós.

Una admiración mutua entre dictadores

El terror de Pinochet llegó a tal punto que, según documento del Ministerio de Asuntos Exteriores, el embajador español en Chile, Enrique Pérez-Hernández, le recomendó al dictador chileno "moderación y clemencia" y le señaló que la represión contra la izquierda estaba siendo "muy dura". Pinochet, según esta documentación, aseguró al funcionario español que tendría cuidado, especialmente, con casos concretos como el de Neruda. Otro documento de la diplomacia española hacía un balance de cómo era la situación en Chile en aquellos días: "La situación está absolutamente controlada por la Junta de Gobierno; pero a punta de bayonetas y metralletas". "La represión ha sido dura y continúa siéndolo. Alguien ha visto que no menos de 200 muertos son llevados al depósito de cadáveres cada noche e, incluso, nuestro Embajador ha llegado a verlos de día. El número de muertos se calcula que es de unos 4.000, de los que la mitad lo han sido en combates y la otra mitad fusilados sin juicio previo", informaba la diplomacia española. 

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El rey Juan Carlos junto a Augusto Pinochet

Sin embargo, mientras la diplomacia informaba al régimen franquista de las graves violaciones de Derechos Humanos cometidas en Chile, el dictador español se carteaba con el chileno. Sólo un día después del golpe de Estado en Chile, Pinochet enviaba una carta a Francisco Franco para comunicarle la sustitución del embajador de Chile en España y transmitirle una admiración, que según Amorós, era mutua: "Os ruego aceptéis los sinceros votos que formulamos por el bienestar de Vuestra Excelencia y por la grandeza de España". De hecho, dos años después, el 18 de septiembre de 1975, apenas dos meses antes de la muerte de Franco, el jefe del Estado Mayor del Ejército español, el teniente general Emilio Villaescusa, entregaba a Pinochet, en nombre de Franco, la máxima distinción del Ejército español en tiempos de paz, la Gran Cruz al Mérito Militar

La muerte de Franco estaba cerca, pero la correspondencia entre ambos aún no había finalizado. El 27 de septiembre Franco ejecutaría los últimos cinco fusilamientos de la dictadura. Tres miembros de ETA y dos del FRAP serían fusilados tras unos consejos de guerra sin las más mínimas garantías procesales. El mundo daba la espalda al régimen de Franco. Pero Pinochet, aplaudía: "Estoy cierto que de esta dura prueba emergerá una España aún más fuerte, unida y respetada por la fortaleza de sus convicciones y la reciedumbre de sus actitudes y abrigo la esperanza de que en el futuro se valorizará mejor el esfuerzo de los pueblos de carácter para forjar su destino propio".

Pinochet fue recibido en España por Juan Carlos I a los pies del avión. Se dieron un abrazo.

La carta sería contestada por el dictador español en los siguientes términos: "No podemos tolerar que la maquinación urdida por organizaciones enemigas de nuestra patria comprometa el normal desarrollo, en paz y prosperidad, de nuestro pueblo y es deber del gobernante preservar la paz y la seguridad de su país contra aquellos que subvierten el orden público poniendo en peligro la estabilidad y el sosiego de la sociedad”. 

Esta fue la última comunicación establecida entre Franco y Pinochet. El español moriría el 20 de noviembre de ese mismo año y el chileno acudiría a España a su funeral. Llegó el día 21. Viernes. A los pies del avión le recibía Juan Carlos, heredero del dictador. Se dieron un abrazo. "En estos momentos Franco ha pasado a la historia, es un Caudillo que nos ha mostrado el camino a seguir en la lucha contra el comunismo", declaró Pinochet tras reunirse unos minutos con el que sería proclamado poco después rey de España. 

Paralelismos entre ambas dictaduras

La admiración que Pinochet sentía hacia el dictador Franco también se dejó ver en aquellos días en los que se enterraba al autoproclamado "caudillo" de España. El asesor del dictador chileno Federico Willoughby-MacDonald leyó un comunicado en el que establecía paralelismos con la dictadura española: "España durante mucho tiempo ha sufrido como nosotros sufrimos hoy el intento perverso del marxismo que siembra el odio y pretende cambiar los valores espirituales por un mundo materialista y ateo. El coraje y la fe que han engrandecido a España inspiran también nuestra lucha actual...". 

23 de noviembre de 1975. De izquierda a derecha, el vicepresidente dominicano, Rafael Gosico Morales, Imelda Marcos y Augusto Pinochet junto a su esposa participan del funeral de Franco. EFE

De hecho, Pinochet siguió una estrategia parecida a la de Franco para justificar, con el paso de los años, su participación en el golpe de Estado. "En Pinochet se aprecia un providencialismo presente. Tal y como hizo Franco, prácticamente justificó el golpe para salvar a Chile del comunismo. Sólo le faltó autoproclamarse Caudillo de Chile por la gracia de Dios", cuenta Amorós. 

Las similitudes son importantes. Pinochet, como Franco, no fue el instigador del golpe de Estado sino que se sumó al mismo a última hora y fue lo suficientemente inteligente para imponer su poder al resto de militares golpistas. Pinochet, como Franco, justificó su golpe de Estado como un "deber patriótico" para salvar a Chile de las garras del comunismo y ante el riesgo de "quebrantar la unidad nacional". Los golpistas chilenos, como los españoles, contactaron con una potencia extranjera (Brasil) para tener armamento de guerra en caso de que el golpe de Estado del 11 de septiembre fracasara y se llegara a una Guerra Civil, como en España. Y Pinochet, como Franco, se esforzó mucho en mantener una propaganda que le situara como una especie de enviado de Dios para salvar a su país. 

"Con toda razón el fascismo español  contaba a Pinochet como uno de los suyos", escribe Amorós

De hecho, el mismo dictador chileno confesó al presidente del Cabildo de Gran Canaria, Lorenzo Olarte, el 24 de noviembre de 1975, en su escala de regreso a Chile, que le gustaría que en su país se construyera "un Valle de los Caídos" que le recordara para la posteridad, tal y como escribió el periodista Fernando Olmeda en la obra El Valle de los Caídos. Una memoria de España. Y así, tal y como relata Amorós, el fascismo español consideró a Pinochet como "uno de los suyos". La admiración se comprobó en las Cortes durante la ceremonia de juramento y proclamación de Juan Carlos de Borbón como rey de España. El dictador chileno fue aclamado por el público apostado en la calle como cuando se sentó en el Congreso: "Particularmente, los militantes de Falange le vitoreaban y le lanzaban sus boinas rojas. Con toda razón el fascismo español le contaba entre uno de los suyos".

Sin embargo, el dictador chileno no tuvo su Valle de los Caídos. Sus cenizas permanecen enterradas en una capilla de una parcela privada de la familia Pinochet en Los Boldos, en el litoral central de Chile, bajo una lápida de mármol. En España, mientras tanto, Franco continúa en el Valle de los Caídos y el Tribunal Supremo hará público el próximo 24 de septiembre si permite la exhumación de Franco o no

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