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Catalunya ¿Qué es una nación? El eterno debate territorial que puede hacer tambalear al nuevo Gobierno

Quizás sea una pregunta sin respuesta o podría tener "tantas como personas sean capaces de darla". Los catedráticos de Derecho Constitucional Javier Pérez Royo, Xavier Arbós y Roberto Blanco Valdés intentan definir los interrogantes sobre Catalunya con la ayuda del historiador Xosé Manoel Núñez Seixas, Premio Nacional de Ensayo por 'Suspiros de España'.

Tres banderas: la senyera, la española y la estelada. / REUTERS


“Definir nación sería fácil si fuese como observar a los pájaros”, parafrasea Roberto Blanco Valdés, aunque en realidad tiene claro su significado: “La base sustentadora territorial de un Estado soberano”. Un concepto “asentado y oficializado”, si bien el catedrático de Derecho Constitucional es consciente de que se puede abordar la idea desde una perspectiva cultural. “Claro que hay naciones sin Estado —que han pertenecido a otros o han sido colonias— conformadas por elementos orgánicos como la lengua, la historia, la cultura y un largo etcétera”.

No obstante, en cuanto cruzamos la frontera y dejamos atrás los cimientos y puntales que sujetan ese país soberano dotado de órganos de gobierno propios, entramos en “un terreno discutible”. Ya lo decía el historiador británico Eric J. Hobsbawm en su libro Naciones y nacionalismos desde 1870: "Observar naciones resultaría sencillo si pudiera ser como observar a los pájaros". Basta abrir la mano para que se eche a volar el término, cuyo trayecto resultará etéreo, sutil y vaporoso, como las nubes tras la ventanilla del avión a las que cada cual modela a su antojo para obtener una figura única.

¿Hay tantas naciones como nociones? ¿Tantas como individuos la componen? ¿Creó la nación el nacionalismo o el nacionalismo creó la nación? Las respuestas de Xosé Manoel Núñez Seixas, Premio Nacional de Ensayo de 2019, planean sobre lo místico y aterrizan en lo material. “El nacionalismo creó la nación como la religión creó a Dios. Los nacionalistas son demiurgos, o sea, los constructores de la nación”.

El cemento, la arena y el agua ya existían: el sentimiento de identidad compartido, la conciencia de un pasado histórico o la etnicidad, es decir, el “conjunto de rasgos que identificarían externamente a un colectivo y definirían una construcción social de su diferencia, como idioma, cultura, costumbres y tradiciones populares”, escribe Seixas en Suspiros de España. El nacionalismo español, 1808-2018 (Crítica).

Ana Pontón, líder del BNG, durante la manifestación del Día da Patria Galega en Santiago. / EFE

Ana Pontón, líder del BNG, durante la manifestación del Día da Patria Galega en Santiago. / LAVANDEIRA JR. (EFE)

Ya en tierra, a punto de desembarcar, añade una acepción que suena a perogrullada, que para él es tautología. “La nación es un grupo de gente que cree de manera mayoritaria que es una nación”. El PSC ha exigido recientemente que se reconozca a Catalunya como tal, una petición que ha levantado una controvertida polvareda tanto en los partidos españolistas como en los independentistas. Nada nuevo bajo el sol, porque es lo que viene reclamando desde hace años la formación liderada por Miquel Iceta, aunque el contexto del procés ha exacerbado las reacciones de sus contrarios.

“No entiendo el escándalo, porque los socialistas catalanes no han dicho ninguna novedad. De hecho, refleja la hipocresía de muchos que no se llevaron las manos a la cabeza con el estatuto de autonomía de Andalucía, donde se reafirma como nacionalidad”, explica Xavier Arbós Marín. “Somos prisioneros de una determinada concepción de la nación, que parece que tiene que ser absoluta”, añade el catedrático de Derecho Constitucional de la Universitat de Barcelona. “Sin embargo, nadie posee la patente para decidir quién puede tener el derecho a considerarse nacionalidad”.

La nacionalidad, ¿una nación descafeinada?

Tras definirse como tales Euskadi y Catalunya en 1979 y Galicia en 1981, hoy son ocho, tras las reformas de los estatutos de Canarias, Comunitat Valenciana, Andalucía, Aragón e Illes Balears. “La Constitución permite que se definan como región o nacionalidad, por lo que es hipócrita que hoy se genere un escándalo cuando algunas autonomías se consideran lo segundo”, añade Arbós, quien deja claro que en la Constitución sólo está recogida la existencia de una nación, España. “La ambigüedad del término nacionalidad ha servido para que algunos territorios expresen su sentimiento nacional sin choques”.

¿Y qué ocurre con la otra petición del PSC: una España plurinacional cuya organización territorial sea el federalismo? Si observar un pájaro era fácil, imagínense a diecisiete bandadas. “No es algo científico que el Estado esté formado por múltiples naciones”, cree Javier Pérez Royo, miembro de la comisión redactora del Estatuto de Autonomía de Andalucía y de Catalunya, quien aboga por definir de manera clara en la carta magna qué es una nación. “De lo contrario, no habrá forma de tomar ciertas decisiones jurídicamente”.

El portavoz de EH Bildu, Arnaldo Otegi, durante la rueda de prensa ofrecida este jueves en Donostia. EFE/Javier Etxezarreta

El portavoz de EH Bildu, Arnaldo Otegi. / JAVIER ETXEZARRETA (EFE)

El catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Sevilla estima que todas las conversaciones o pactos exigen la reforma del estatuto de autonomía correspondiente y de la Constitución. “Esto no tiene una solución política que puedan esquivar ambos textos”, sostiene Pérez Royo, quien elude concretar qué es una nación: “No tiene respuesta, o hay tantas como personas sean capaces de darla. Es una cuestión imposible y sin solución, porque no existe un consenso, que debería ser recogido en la ley”.

¿Acaso nacionalidad es una nación descafeinada? “Así se planteó en el proceso constituyente, donde en aquel momento se entendía como nación”, recuerda el jurista sevillano. “Aquí se optó por la ambigüedad, que se ha ido rellenando desde entonces, hasta el punto de que funcionó bien durante cuarenta años, pero ahora ya no”. ¿Catalunya lo es? “Una parte importante de los catalanes lo considera así”.

¿Y, barriendo para casa, Andalucía es una nacionalidad? “Es la comunidad de la que depende la unidad política de España. Su garantía, pues Castilla sola no podría haber aguantado las tendencias centrífugas que se han dado en algunos territorios”, saca pecho Pérez Royo. “Sin ella, España no existiría y actualmente serían varios Estados. Ahora bien, Andalucía no se ha afirmado nunca como una unidad distinta de España, sino que forma parte de la misma”.

España, ¿un Estado plurinacional?

Si Pérez Royo afirma desconocer que España es un Estado plurinacional —mientras no lo recoja así la Constitución— y Blanco Valdés lo descarta —pues entiende que el Estado es la representación política de una nación, de manera que hay una “correspondencia plena” entre ambos—, Arbós cree que en términos jurídicos su existencia es evidente, considerando los estatutos de autonomía vigentes: “Sin embargo, nos encontramos con un problema filológico, pues no tenemos un adjetivo para el sustantivo nacionalidad, aunque a veces se ha utilizado nacional con ambigüedad”.

Una palabra que se repite en boca de los expertos consultados, dado que la nación, la nacionalidad o incluso el Estado plurinacional pueden entenderse de varios modos o admitir distintas interpretaciones. Un debate que viene de lejos y ha enfrentado a modernistas y perennialistas. Los primeros, también llamados constructivistas, consideran que una nación es una comunidad de miembros que detenta la soberanía de un territorio. O sea, ha sido creada por ellos. Los segundos, también llamados primordialistas, escarban en el pasado hasta dar con una historia, una cultura, una tradición, una lengua y un carácter propios. O sea, las raíces. Nación política frente a nación esencialista.

Pancarta a favor de la independencia en el acto central del Alderdi Eguna (Día del Partido), que el PNV celebró el pasado fin de semana en las campas de Foronda, a las afueras de Vitoria. EFE/David Aguilar

Simpatizantes del PNV celebran el Alderdi Eguna en Vitoria. / DAVID AGUILAR (EFE)

Así lo explica Seixas en su libro Suspiros de España. “Al tratar sobre los nacionalismos en España desde una perspectiva histórica, tanto el español como los alternativos —catalanismo, galleguismo, nacionalismo vasco...—, cabe en primer lugar huir de cualquier tentación primordialista. No hay que suponer que dentro de las fronteras de la comunidad política hispana han existido desde tiempos remotos naciones predeterminadas. Por el contrario, a lo largo de los siglos XIX y XX se asiste a una realidad dinámica, con procesos de construcción nacional contrapuestos, dialécticos e incluso interactuantes”.

El catedrático de Historia Contemporánea en la Universidade de Santiago considera que existe una relación entre la evolución del nacionalismo español y los otros. “Los éxitos del primero condicionan los fracasos de los segundos, y viceversa; pero tampoco cabe suponer que las identidades colectivas se reducen a un recipiente lleno o vacío de identidad española pura o de otra alternativa e igualmente pura, sino que se trata de desarrollos fluidos, en los que los procesos de identificación etnoterritorial o nacional siguieron dinámicas híbridas que implicaron la creación de identidades múltiples”, escribe el también profesor de la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich entre 2012 y 2018.

Sentido de pertenencia

Xavier Arbós recuerda que actualmente muchas personas comparten varios sentidos de pertenencia, de modo que pueden sentirse catalanas y españolas, igualmente o en distinta proporción. “Yo mismo, pues cuando el Real Madrid gana al Barça de penalti injusto me siento más catalán que español, aunque eso hace tiempo que no pasa”, ironiza el catedrático de Derecho Constitucional de la Universitat de Barcelona, quien insiste en que la discusión sobre el término nación evita abordar la distribución territorial, una cuestión que juzga más importante.

Concebir España como una nación de naciones no tendría por qué alterar al referente y titular de la soberanía, que en nuestro caso pertenece al pueblo español, añade Arbós, cuya tesis doctoral versó sobre La idea de nación en el primer constitucionalismo español. Lo cual supondría un límite, pues no se puede negar esa autoridad, razona el profesor catalán, quien no se muestra muy optimista ante el enfrentamiento entre Barcelona y Madrid. “Una parte del independentismo está en la misma lógica que su contrario, pues busca la creación de un Estado”.

Ana Miranda (junto a su compañera Ana Pontón, portavoz del BNG), Josu Juaristi (EH Bildu) y Diana Riba (ERC), candidatos a las europeas. / EFE

Ana Miranda (junto a Ana Pontón, del BNG), Diana Riba (ERC) y Josu Juaristi (EH Bildu), candidatos a las europeas. / EFE

Sigamos suspirando: “No se debe concebir la cuestión nacional en España como si cada nacionalismo o cada territorio fuese un compartimento estanco, como con frecuencia se ha supuesto implícitamente en la historiografía hispánica. Aunque pueda parecer obvio recordarlo, el desarrollo del nacionalismo español desde fines del siglo XIX condiciona el de los nacionalismos periféricos, al igual que acaece el proceso inverso”, escribe Seixas.

La nación, apunta el historiador, es “una realidad social que existe científicamente sólo en la medida en que sus integrantes están convencidos de su existencia”. Pérez Royo repite que para denominar como tal a Catalunya debería ser recogido por la Constitución, mientras que Blanco Valdés simplemente la ve “como un territorio que forma parte de una nación, el Estado español”. El catedrático de la Universidade de Santiago sostiene que el término nacionalidad se incluyó en la Constitución por exigencia de los vascos. “Sin embargo, no son naciones, porque de lo contrario en la carta magna habría naciones y regiones, cuando no es así”.

En todo caso, el concepto ha dado pie a interpretaciones. “Se introdujo para que hubiese una mención a la asimetría entre unos territorios y otros. Algunos eran algo más que una región, si bien el texto no llegaba a reconocerles el rango de nación”. Y, así, las nacionalidades fueron entendidas de diferentes modos. “Implícitamente, se suponía que eran aquellas que habían aprobado su estatuto de autonomía antes de guerra civil, pero luego se rebeló Andalucía”, recuerda Seixas. Con el tiempo, se fueron sumando otras y el matiz entre nacionalidades y regiones se fue difuminando.

Roberto Blanco Valdés advierte de que la Constitución no habla de nacionalidades históricas. “La identificación es gratuita, por tanto nacionalidad es cada territorio que se define como tal. Si La Rioja o Murcia lo hiciesen, también lo serían. Aunque es obvio que su peso cultural e histórico no es el mismo que el de Catalunya. Ahora bien, lo que es obvio para nosotros quizás no lo sea tanto para los murcianos”, apunta con retranca el autor de El laberinto territorial español. Del cantón de Cartagena al secesionismo catalán (Alianza), quien indica que Asturias tendría tantos o más motivos para atribuirse tal condición dada su particular identidad.

¿Cómo encajar a Catalunya?

“Catalunya ya está encajada en el Estado con su estatuto de autonomía. Todo lo que haya que hacer pasa por la reforma de su norma propia y de la Constitución”, se muestra tajante Pérez Royo, quien señala que “la nación se mide de una determinada manera en cada país”. Pone el ejemplo de EEUU, donde “los estados son locales y forman una gran nación, como en la película de Griffith”. Un concepto global, según él, donde se incluyen los estados, aunque el caso no es aplicable a Europa. “No obstante, aquí tenemos al Reino Unido, que celebra el Torneo de las Seis Naciones, donde juegan Inglaterra, Escocia y Gales”.

Xavier Arbós profundiza en el caso británico, donde un “Estado muy centralizado considera sin problema a ambas naciones como tales”, producto de su habilidad para concentrar el poder manteniendo el estatus simbólico de Escocia y Gales. “Una cuestión es el reconocimiento de la diversidad y otra, la distribución territorial, porque puede admitirse la existencia de naciones al tiempo que se mantiene el mismo grado de centralización”.

El president de la Generalitat, Quim Torra, sale del Tribunal de Justicia de Catalunya. / EFE

El president de la Generalitat, Quim Torra, sale del Tribunal de Justicia de Catalunya. / EFE

Catalunya no es la base territorial de un Estado, zanja el catedrático de la Universidade de Santiago, por lo que vuelve a entrar “en el terreno de lo opinable”. Remite a los idiomas que se hablan en Europa: ¿habría tantas naciones como lenguas o dialectos? Su respuesta es negativa, aunque se plantee la posibilidad como mero ejemplo. Una postura firme: “Los catalanes ya están encajados en España, por lo que tendrán que renunciar a su reivindicación independentista. De lo contrario, seguiremos en conflicto”.

Xosé Manoel Núñez Seixas estima que el ensamblaje resulta bastante complicado. “Es un callejón sin salida, porque los españoles quieren ser una nación”. Alude no sólo a las élites, sino también a la opinión pública, que concibe su Estado como el titular de la soberanía. En este contexto, el intento de cualquier Gobierno de establecer un concepto plurinacional podría ser usado como un “arma electoral”, un extremo que según el historiador sólo podría evitarse mediante un pacto de todas las formaciones políticas, de izquierda a derecha.

Habría que buscar fórmulas ambiguas que trasciendan el Estado y su soberanía, cree el experto en nacionalismos. “Sin embargo, la tendencia en Europa es inversa, pues se está volviendo al Estado nación como refugio seguro frente a las incertidumbres del presente, como la crisis económica y la decadencia de la UE”. Los ciudadanos, según Seixas, se resguardan en el pasado para intentar afrontar un futuro incierto. “Y eso implica un Estado fuerte con fronteras claramente definidas como barrera de protección a los desafíos de la globalización”.

La vía del federalismo

Blanco Valdés considera que el Estado español ya es federal, una fórmula para solventar las reivindicaciones que explica en su libro Los rostros del federalismo (Alianza). “Lo que no se puede resolver es lo que no tiene resolución. ¿Que los catalanes se quieran marchar? Pues no pueden hacerlo, porque el Estado no lo permite. La única salida es que acepten la legalidad, respeten la ley y se presenten a las elecciones, pero luego deberán conformarse con su situación actual, porque no podrán reformar la Constitución”.

Arbós se considera federalista y cree que la fórmula podría ser una vía de solución, siempre que fuese capaz de atraer a los actuales independentistas, ofreciéndoles seguridad —“pues algunos creen que está en peligro”— y una centralización que no impida el desarrollo de la cultura catalana.

El líder del PSC, Miquel Iceta, en el Parlament de Catalunya. / ANDREU DALMAU (EFE)

El líder del PSC, Miquel Iceta, en el Parlament de Catalunya. / ANDREU DALMAU (EFE)

“Ahora bien, un Estado federal es sólo una forma de organización del poder, lo que no significa que el Gobierno estuviese descentralizado. Por una parte, algunos soberanistas no ven posible más autogobierno, aunque habría que ver si una mayor autonomía reduciría el porcentaje de independentistas. Por otra, esos privilegios causarían reticencias en otros territorios, por lo que no digo que fuese viable”, reflexiona el jurista barcelonés, quien no conoce ningún Estado federal donde un territorio goce del grado de autogobierno que posee Navarra.

¿Pero Catalunya es o no una nación?

No todos los catalanes creen que su tierra sea una nación, como tampoco ansían su independencia. Lo mismo sucede en Euskadi o Galicia, pero también en otros retazos de la piel de toro. “Catalunya es una nación imperfecta, como incompleta también lo es España. ¿Acaso siente lo mismo un habitante de Girona que otro de El Hierro?, se pregunta Seixas. “Tenemos que entender que no hay una definición canónica”, añade Arbós, quien describe la nación como “comunidad imaginada, que no imaginaria”.

O sea, la idea de colectividad que se establece en un grupo humano donde sus individuos se reconocen como miembros de esa nación en función de datos objetivos, añade el catedrático barcelonés, quien antepone el sentido de pertenencia a la historia o la lengua. Lo cual no quiere decir que dos paisanos que compartan un pasado y un idioma comunes sientan que pertenecen a la misma nación, ni que ésta —por el hecho de ser sentida por un grupo— sea relevante políticamente.

“Desde otra perspectiva, podríamos establecer que cada Estado es una nación, por lo que habría tantas naciones como Estados”, apunta Arbós, quien considera que esa definición no sería “correcta ni operativa” en Catalunya, donde ciudadanos y partidos defienden que pertenecen a una nación sin Estado. El propio PSC pide que sea considerada una nación dentro de España, que sería una nación de naciones, como defienden algunos sectores de los socialistas desde hace décadas. Una exigencia que ha provocado sarpullidos entre los dirigentes conservadores, quienes presumen de ondear la bandera rojigualda más grande.

Imatge d'una de les pancartes en la manifestació independentista d'aquest dilluns. / Joel Kashila.

Pancarta en una manifestación independentista en Catalunya. / JOEL KASHILA

Son fenómenos que se complementan. “La radicalización del catalanismo ha producido una radicalización del españolismo. No se entiende la polémica que ha suscitado la postura del PSC, ya que no es nueva y en el fondo dice algo parecido a Pedro Sánchez cuando habla de España como nación de naciones y a Podemos, como país de países”, explica Seixas, quien matiza que para los socialistas catalanes España no sólo es un Estado plurinacional, sino también una realidad afectiva.

La Catalunya de PSOE y Podemos

En julio de 2017, un año antes de proclamarse presidente del Gobierno, el secretario general del PSOE abogó por el federalismo como la única vía para afrontar la cuestión catalana y recordó que los padres de la Constitución Gregorio Peces-Barba o Jordi Solé Tura ya habían defendido la plurinacionalidad del Estado. "La España, nación de naciones, va a llegar, porque el centralismo es el pasado", afirmó durante la proclamación de Miquel Iceta como candidato del PSC a la Generalitat.

En el programa electoral de las pasadas elecciones generales, el PSOE apostaba por “un Estado de las Autonomías fuerte y cohesionado” y planteaba que abordaría “el conflicto de convivencia en Catalunya impulsando el diálogo entre catalanes y también entre el Gobierno de España y la Generalitat, siempre dentro de la Constitución”.

Mandaba, de paso, un recado a Unidas Podemos, cuyas “graves discrepancias” habían frustrado un Ejecutivo de coalición abierto a los independentistas. “Lamentablemente, la eventual incorporación de UP al Gobierno de España habría impedido una respuesta coherente y ajustada a nuestros principios constitucionales, en particular en relación con el reto secesionista en Catalunya”.

El presidente del Gobierno español en funciones, el socialista Pedro Sánchez,iz., y el líder de Podemos, Pablo Iglesias, se dirigen a firmar un acuerdo para la formación de un Ejecutivo en España tras las elecciones del pasado domingo hoy en el Congreso

El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, y el líder de Podemos, Pablo Iglesias. / PACO CAMPOS (EFE)

El partido de Pablo Iglesias iba más allá en la “resolución democrática” del asunto y planteaba el derecho a decidir de la ciudadanía. “La gestión viable del conflicto en Cataluña pasa por construir un proceso de reconciliación que permita el diálogo y llegar a acuerdos. Apostamos por un referéndum pactado en el que Podemos defenderá un nuevo encaje para Catalunya en España”.

Socialistas y podemitas entendían que el Senado debe ser una cámara de representación territorial, aunque los primeros eran más vagos en su definición de ese “lugar de encuentro de las comunidades autónomas con el Gobierno de España y de éstas entre sí”, mientras que los segundos detallaban que debían desempeñar un papel protagonista. “Con mayor representación de las CC. AA., participación en las leyes y las partidas presupuestarias, en los nombramientos de miembros del Tribunal Constitucional, y como pieza clave de las relaciones verticales y horizontales entre Administraciones”.

Un desafío político

Ni rastro de naciones, ni de nacionalidades, ni de la España plurinacional en ambos programas electorales. “Es una definición nebulosa y, desde un punto de vista teórico, contradictoria. Pero si llamarla nación vale para expresar que mucha gente tiene sentimientos compartidos —o sea, que se siente catalana y española— y soluciona problemas de convivencia política, pues adelante”, añade el historiador.

Sin embargo, el Premio Nacional de Ensayo de 2019 insiste en que ni Catalunya, ni Euskadi, ni Galicia, ni España son entidades homogéneas. “Aunque una confederación entre los cuatro territorios podría constitucionalizar la nación de los nacionalistas. Ése es el desafío de los políticos: buscar una fórmula que recoja esas identidades híbridas”.

La nación de naciones está en el origen de nuestra historia moderna, recuerda Xavier Arbós, si bien en las Cortes de Cádiz se impondría la ortodoxia francesa. Desde entonces, “la nación es única”, concluye el catedrático de Derecho Constitucional de la Universitat de Barcelona. Y, hasta el momento, indivisible. “Somos prisioneros de la idea de soberanía nacional heredada de la Revolución Francesa”.

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