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Opinión · Posos de anarquía

Acudir a Colón cuando hay números rojos

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Podría pensarse que el anuncio navideño protagonizado por cómicos de cierta marca de embutidos se retrasa este año hasta el 21 de enero, pero maldita la gracia que tiene la nueva foto de Colón que ansían los personajes más retrógrados del país. La caspa por centímetro cuadrado, sólo en la convocatoria del acto, se cuantifica por toneladas, con Jaime Mayor Oreja, Rosa Díez e Ignacio Arsuaga a la cabeza. Tras esta nueva iniciativa que destila sobreactuación y catastrofismo a partes iguales, se esconde una necesidad que el propio Arsuaga, presidente de Hazte Oír, admitía hace unos días por correo electrónico: sus cuentas están peladas, hay que hacer caja y qué mejor que agitar el avispero para ver si cae alguna moneda. Hay números rojos, económicamente en sus cuentas e ideológicamente en la misma sociedad, y eso se les hace insoportable.

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Justo en el momento en que los jueces conservadores del Tribunal Constitucional han prevaricado, dinamitando la soberanía popular e impidiendo que nuestros representantes y legisladores elegidos en las urnas lleven a cabo su mandato, los ultras llaman a filas a sus huestes acusando al actual Gobierno de "golpista". El ejercicio de cinismo es supino, dado que tanto PP como Vox y Ciudadanos han aplaudido la voladura misma de la Constitución que ha llevado a cabo el órgano encargado de velar por su cumplimiento.

Ver cómo quienes pisotean la democracia únicamente hacen uso de ella para su lucro es triste; comprobar que hay personas que les apoyan sin ni siquiera reparar en ello es desolador. Detrás de convocatorias de esta naturaleza se ocultan muchos intereses económicos, no sólo para reforzar donaciones para el mantenimiento de sus estructuras -ahora que el grifo de lo público se les ha cerrado por su mensaje de odio y discriminación-, sino también para el lucro personal. Figuras desahuciadas de la opinión pública por su misma irrelevancia, ansían notoriedad con la que, al menos en ciertos grupúsculos, puedan compartir el olor a naftalina por un puñado de euros.

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¿Quién puede creer que detrás de estos personajes, cada vez más caricaturescos, se esconde algún fin noble? Este tipo de movilizaciones surgen, se esponsorizan y se promueven desde organizaciones que buscan su retorno de la inversión, nunca de la propia sociedad civil. No vemos un fenómeno como el de las mareas (blanca, verde, morada...), en las que es el propio pueblo el que se alza en defensa de las libertades civiles, de nuestro Estado de bienestar.

Es complicado escribir una columna sobre estos ultras sin caer en lo cómico o en un tono panfletario, lo admito; sin embargo, el asunto no es para tomar a broma. Aunque sin ser plena, nuestra democracia y su sociedad han alcanzado un grado de madurez que, de no ser por ello, el escenario que la derecha y el Tribunal Constitucional han dibujado sería aún más negro. Quizás, tres o cuatro décadas atrás, no estaría escribiendo esta columna, sino que andaría en las calles, describiendo de primera mano cómo nuestra democracia pende de un hilo.

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Afortunadamente, amenazas como la que estamos viviendo esta semana pueden mitigarse gracias a que los y las demócratas somos más que quienes perpetran y aplauden este golpe y, desde luego, mucho más numerosos que la panda de Colón. Se hace más imperativo que nunca que se penalice a quienes amenazan nuestra convivencia, a quienes no respetan una Constitución que, aunque pide a gritos una reforma, hay que respetar. En definitiva, señalar y hacer rendir cuentas a quienes quieren imponer su mandato sin pasar por las instituciones y esos, por mucho que repitan sus mentiras, eso son PP, Vox, Ciudadanos y sus secuaces trasnochados de Colón. Ya no son lobos disfrazados de corderos, por mucho que digan defender la Carta Magna mientras los jirones de ésta asoman entre sus fauces.

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