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Opinión · Dominio público

Si de verdad queremos la ruptura...

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Josep Ferrer Llop

Francesc Matas Salla

Delegación de Esquerra Unida i Alternativa en la mesa de partidos de la ANC

En nuestro país la vía griega parece haber sido frenada con Ciutadans. Nos queda la vía catalana. Si de verdad queremos la ruptura, hay que aceptar sus riesgos y contradicciones. Renunciar a ella sería aún peor.
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Ciutadans apuntala el régimen de la transición

Hace no mucho tiempo, era ampliamente compartido el diagnóstico de que el régimen dinástico de la transición estaba tambaleándose: una monarquía desacreditada, una crisis descontrolada, escándalos de corrupción,… Podemos aparecía como el canalizador de la indignación y de las protestas, con un crecimiento vertiginoso que podía acabar desbancando primero al PSOE y después al PP, y finalmente liderando una ruptura democrática a la griega, incluyendo un proceso reconstituyente. Se llegaba hasta a especular con una coalición de emergencia entre los dos grandes partidos para salvar el régimen.

Pero había antídotos alternativos como, por ejemplo, sugería el presidente del Banco de Sabadell, Josep Oliu: “necesitamos un Podemos de derechas” (y a ser posible contrario a los nacionalismos periféricos, añadimos). Alguien debió atender tal sugerencia porque al poco tiempo  Ciutadans iniciaba su despegue, aún más vertiginoso. Coincidía con Podemos en una parte de su mensaje (anti-corrupción, renovación, participación,…), y por tanto de su base social de protesta, pero sin cuestionar el régimen.

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En estos momentos ya puede aventurarse el escenario final: la suma PP+PSOE+C’s será quizá menor que la inicial de los dos grandes partidos dinásticos, pero suficiente para asegurar mayorías de gobierno a dos, sin necesidad de recurrir a otros. Si hace falta, C’s puede cubrir a la vez lo que Jordi Pujol hacía en las Cortes Generales y lo que IU en Andalucía, y encima sin exigencias competenciales o ideológicas.  Se habrá salvado así la gobernabilidad del régimen dinástico de la transición.

Al otro lado, la suma Podemos+IU probablemente suponga un aumento significativo de los votos contestatarios, pero lejos de los necesarios para una ruptura democrática reconstituyente. Además, la hegemonía dentro de este sector se habrá trasladado al nuevo partido, todavía en fase de consolidación.

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La otra vía rupturista: la República Catalana

Desvanecida, pues, la vía griega, ¿debemos renunciar a la ruptura? Queda otra posibilidad, la que de hecho arrancó primero, pero que ha estado temporalmente en la reserva por las expectativas que la otra generó: el proceso soberanista hacia una República Catalana, que obligaría a abrir un proceso reconstituyente en el conjunto del estado español. La realidad es que la movilización soberanista catalana sigue siendo el más amplio y consistente factor rupturista, a pesar de haberse dado varias veces por desinflado. Actualicemos la situación, destacando los cambios habidos en su composición y en su caracterización.

En cuanto a lo primero, parecen configurarse dos bloques netamente independentistas, que suman probablemente una mayoría absoluta ajustada: uno alrededor de CDC y ERC (más quizá UDC, disidentes del PSC,…), y otro de izquierda radical liderado por CUP. Enfrente, tres partidos claramente unionistas (PSC, C’s, PP) cubriendo prácticamente todo el espectro de los restantes parámetros (izquierda/derecha, viejos/nuevos, con/sin contaminación por corrupción,…). En medio, genéricamente situados en la izquierda,  partidos indecisos y con diversas correlaciones internas (EUiA, ICV, Podemos,…), arguyendo una insuficiente presencia del eje social en el movimiento soberanista, junto con un claro rechazo de las políticas realizadas por CiU.  De su posicionamiento definitivo depende que la mayoría soberanista sea suficientemente amplia, así como que dentro de dicha mayoría haya una clara hegemonía de la izquierda con el factor social. Ambas cosas son posibles, pero están por decidir.

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También subsiste aún la posibilidad de un “efecto Lleida” (ERC ha forzado al gobierno catalán a congelar sus intenciones sobre el Consorcio de la Salud) trasladado al liderazgo nacional: que ERC reafirmase el eje de soberanía constituyente de legalidad catalana, social y republicana, obligando a CDC a mover ficha, de manera que la hegemonía política se situase en el terreno de la izquierda soberanista por la independencia y social, en alianza con la izquierda federalista que postula el derecho a la libre decisión de la ciudadanía.

En cuanto a la caracterización del movimiento, se detecta un significativo desplazamiento hacia poner calificativos al nuevo estado reivindicado. Así, el comunicado del 13 de marzo de la Mesa de partidos sitúa claramente los tres parámetros de soberanía constituyente, república catalana y libre elección ciudadana. Incluso en la “hoja de ruta” suscrita a finales de marzo por CDC y ERC, se insiste en atender no sólo al eje nacional, sino también al eje social y al de regeneración democrática. Igualmente, en  su reciente asamblea anual, la ANC ha pasado a reclamar  una “República Catalana”, soberana e independiente, más allá de simplemente un nuevo estado. En el mismo sentido, mientras la “V” de la diada del 2014 era la de victoria, voluntad y votaremos, la manifestación en la Meridiana del 2015 será por “la calle mayor de la República Catalana”, con 10 ejes que incluyen la regeneración democrática, la justicia social, la solidaridad, la diversidad… En paralelo este mismo mes echa a andar “Reinicia Catalunya” con dos grandes proyectos: la nueva constitución y los debates temáticos sobre “El Pais que Volem” (El País que Queremos). Por su parte, “Esquerres per la Independencia” ha presentado su primer “libro de los colores por la República Catalana independiente: todo un país por decidir”, que desarrolla sus 16 puntos programáticos.

En definitiva, el argumentario soberanista ha superado el “queremos una Catalunya independiente y después ya veremos” para enfatizar el  “queremos mejorar Catalunya en tal y cual aspecto, y para lograrlo necesitamos una República Catalana” de los derechos sociales y laborales, plenamente soberana (como en la pegatina de la ANC para el 1 de Mayo). Dicho de otro modo, a la visión de la independencia como un objetivo por sí mismo, se suma cada vez más la de verla como un ejercicio de soberanía para alcanzar determinados objetivos sociales. Tendencia que confluye con las reclamaciones antes referidas de ciertos sectores recelosos de la izquierda.

¿De verdad queremos la ruptura?

Nos encontramos, por tanto, con la posibilidad de constituir una mayoría política amplia en favor de un soberanismo cada vez más impregnado de valores democráticos y sociales. Consolidar esa mayoría y esa tendencia está, en buena medida, en manos de la izquierda catalana en general y de la indecisa en particular. Está en juego la hegemonía política en Catalunya y la posibilidad de ruptura constituyente en todo el país.

Bien entendido que ese paso incluye compartir el frente soberanista con sectores de las clases medias y de la pequeña burguesía que en buena parte se sienten representados por Artur Mas. Sólo así cabe albergar expectativas reales de avance hacia una República Catalana. Ello es compatible con seguir porfiando por desplazar hacia la izquierda la hegemonía dentro de dicho frente.

Por su parte, a la izquierda democrática rupturista española le correspondería aceptar dicha República Catalana y liderar la constitución de una nueva República Española, que le ofreciera un pacto de federación o confederación bilateral. En particular debería arrinconar los partidos hegemónicos hasta ahora, que están deslegitimados como responsables de la confrontación (el PP por acción y el PSOE por omisión).

El camino no es fácil, pero parece el único posible. Así llegamos al título de este artículo, dirigido a la izquierda trasformadora española y catalana: si de verdad queremos la ruptura, hay que dar esos pasos, con todos sus riesgos, incertidumbres y concesiones.

La alternativa es quedarnos como estamos, habiendo cambiado lo justo para que nada cambie, esto es, para que perviva el régimen dinástico de la transición con otro rey y con tres partidos en vez de dos. Mejor dicho, la alternativa es retroceder, ya que cuando se lanza una ofensiva y no se alcanza el objetivo final, el adversario no acostumbra a conformarse con sus posiciones iniciales, sino que probablemente aproveche la frustración y el desánimo para una contraofensiva que le haga ganar posiciones. Si renace el régimen que tuvimos contra las cuerdas, preparémonos para la contraruptura.

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