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Opinión · Dominio público

Franco ganó la guerra, la postguerra y la Transición

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Vicenç Navarro

Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra

El cuarenta aniversario de la muerte del dictador Franco casi ha pasado desapercibido en España, hecho que se ha presentado en un gran número de medios de información del país como un indicador de la madurez de la sociedad española, que ya ha dejado atrás páginas de su historia que es mejor olvidar, para centrarnos en el futuro, tal como han indicado tanto el Presidente del gobierno español, el Sr. Rajoy, como el candidato a la Presidencia del Estado español por parte del partido Ciudadanos, el Sr. Rivera. Según esta postura, hostil a la recuperación de la memoria histórica, la transición de la dictadura a la democracia, considerada como modélica, terminó una etapa e inició otra, la democracia, que supuestamente comenzó desde cero. Esta visión, dominante en los círculos de la derecha española, ha sido también compartida, aunque en una versión más light, por el partido socialista, PSOE, que, junto con el PP, han gobernado España durante la práctica totalidad de los casi cuarenta años de régimen democrático post dictatorial.

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La diferencia entre las derechas y las izquierdas gobernantes en la época democrática fue que, mientras las primeras eran claras descendientes de las derechas que habían interrumpido, mediante un golpe de Estado, la democracia durante la II República, estableciendo el Estado dictatorial, las segundas –las izquierdas- adoptaron posturas a partir de la Transición que claramente se distanciaron de las de sus antepasados, adaptación que se debió, en importantes casos, a la presión del Monarca y del Ejército. Por ejemplo, el PSOE durante la clandestinidad tenía una visión plurinacional de España (la visión que las izquierdas españolas siempre habían tenido), reconociendo el derecho de autodeterminación de Catalunya, que es ni más ni menos que lo que hoy se llama “el derecho a decidir” en Catalunya (derecho a decidir que implica, naturalmente, el derecho a escoger, siendo una alternativa posible el independentismo, aunque esta no fuera la única opción a escoger). El PSOE abandonó tal compromiso debido a la presión del Ejército y del Monarca, máximos exponentes del nacionalismo españolista (digo españolista y no español porque otras visiones distintas y opuestas son también españolas) que niega la plurinacionalidad de España, y que impuso los famosos artículos 2 y 8 de la Constitución, que definen al Estado español como un Estado uninacional (art. 2), cuya garantía de unidad es responsabilidad del Ejército (art. 8).

La Transición inmodélica y la continuidad del Estado y su ideología

Fue precisamente el dominio de las derechas en el proceso de Transición el que generó una democracia de muy baja calidad, muy poco representativa, con un Estado del Bienestar muy poco financiado y poco desarrollado (ver mi libro El subdesarrollo social de España. Causas y consecuencias, Editorial Anagrama, 2006), y que configuró un Estado uninacional, sin posibilidad de transformación en un Estado plurinacional. Es importante subrayar que, en contra de lo que la sabiduría convencional del establishment político y mediático español (centrado en la capital del Reino, que tiene poco que ver con el Madrid popular) ha indicado, ni la Transición fue modélica ni hubo una ruptura con el Estado anterior. La estructura, la composición y el personal de los pilares de aquel Estado no cambiaron, sino que permanecieron. Otros que fueron añadidos le dieron el pedigrí democrático, y otros espacios fueron abiertos para incorporar al mayor partido de la oposición, el PSOE, dentro del Estado, en general en posición subalterna. Fue así como se estableció el bipartidismo que ha gobernado el Estado durante casi cuarenta años.

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En realidad, el PSOE no solo se incorporó al Estado uninacional, sino que se convirtió en uno de los máximos exponentes de la ideología uninacional heredada del régimen anterior, característica del nacionalismo españolista (que es el nacionalismo más fuerte y oprimente que existe, pues niega, como ya he indicado antes, la plurinacionalidad del Estado español). Este nacionalismo españolista había alcanzado su máximo desarrollo durante la dictadura, en la que se llegó a considerar a los que tenían otra visión de España - la visión plurinacional - como los anti España, sujetos a una represión. En realidad, el golpe militar fascista se justificó presentándose como los defensores de la unidad de España frente a los secesionistas que querían dividirla. A decir verdad, lo que el fascismo llamaba secesionistas no eran secesionistas. Lo que deseaban era otra España, una España que permitiera y reconociera su plurinacionalidad. El President Companys, como él mismo subrayó, no era secesionista; era federalista, pidiendo un Estado catalán dentro de una República federal española.

La falsedad del argumento que intentaba justificar el golpe militar fascista

La deliberadamente ocultada historia de España hace que no se conozcan hechos como la liberación del President Companys de la cárcel de Córdoba por parte de las clases populares andaluzas, dándole la oportunidad de dar un discurso a la salida de la cárcel subrayando que él no era secesionista, y que luchaba y deseaba la libertad de todos los pueblos y naciones de España, terminando con un “Visca Andalusia i Visca la República!” a lo cual la multitud que abarrotaba la plaza respondió con un “¡Viva Catalunya!”. Era esta visión, la visión plurinacional, la que los fascistas reprimieron. Y es la visión uninacional la que el Estado español bipartidista ha hecho suya. Pero a un coste enorme.

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Este mismo Estado uninacional (representado por el himno y por la marcha borbónicos) es el responsable del enorme retraso social de España. En contra de lo que asumen algunas voces de izquierda españolas, todavía estancadas en esta visión uninacional, lo social y lo nacional no son dos temas y áreas distintos. Es cierto que el tema nacional está ocultando el tema social. Tanto el gobierno Rajoy como el gobierno Mas están utilizando exitosamente el tema nacional para ocultar las políticas antisociales (bajando salarios y recortando el gasto publico social) que han estado aplicando. Pero las izquierdas españolistas (que es distinto a las izquierdas españolas, pues las izquierdas plurinacionales son tan españolas como las uninacionales) parecen no darse cuenta de que el hecho de que ambos partidos con limitadísima sensibilidad social sean exitosos en la utilización de la bandera para promover sus intereses de clase, se debe precisamente a que son ellos los que han monopolizado el tema nacional debido al abandono de este por parte de las izquierdas. Como bien decía Antonio Gramsci, el que controla la bandera controla el país. Las izquierdas deberían mostrar que son ellas las que siempre defendieron otra España en la que las distintas naciones vivieran unidas por la voluntad democrática y no por la fuerza militar. Permitirle a Rajoy o a Aznar o a Esperanza Aguirre, o a Mas, presentarse como los defensores de España los primeros y de Catalunya el último, es un profundo error, pues todos ellos han violado sistemáticamente la soberanía nacional, que es la soberanía popular. Tanto en Catalunya como en el resto de España, el contraste entre lo que las clases populares desean que haga su gobierno y lo que el gobierno hace es enorme.

De ahí que la lucha por la justicia social y la solidaridad, y la lucha para redefinir España, sean una y la misma. Hoy estamos viendo –lo vimos ya durante las municipales- que hay un resurgir de esta otra visión de España, una visión solidaria y republicana en las periferias e incluso en el centro de España, que son los inicios de un proceso de redefinición del Estado, un proceso constituyente que vaya de abajo a arriba, y de la periferia al centro, encaminado a que desaparezcan estas divisiones de arriba a abajo y del centro a la periferia.

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El enorme coste del olvido histórico

Un elemento clave para la continuación de este dominio de las derechas reaccionarias y uninacionales es precisamente el olvido de aquel pasado que el establishment derechista (cuyos máximos portavoces son Rajoy y Rivera) enfatiza como necesario para construir el futuro. El hecho de que España sea el segundo país después de Camboya que tiene un mayor porcentaje de personas desaparecidas por causas políticas (150.000), sin que se las busque y se continúe recuperando su dignidad y dándoles el homenaje debido, se debe a este olvido impuesto a la población española.

Y el hecho de que la dictadura fuera una de las más crueles (por cada asesinato político que cometió Mussolini, Franco cometió 10.000) y más corruptas debe ser ocultado. En un debate en la televisión catalana, Juan Carlos Girauta, actual europarlamentario de Ciudadanos, que era el tertuliano de derechas que se invitaba a las tertulias de TV3 y Catalunya Ràdio para cubrir la cuota de las derechas españolistas, llegó a justificar el golpe militar fascista como respuesta a lo que consideraba desmanes de los republicanos. Ciudadanos se ha opuesto a la recuperación de la memoria histórica y a la condena del franquismo y sus múltiples símbolos en España.

Tal continuidad aparece también en la promoción del nacionalismo españolista por parte de la Iglesia Católica, cuyo poder explica que España sea el único Estado europeo con un Concordato con el Vaticano. Y la máxima expresión de este continuismo es la complicidad de la Corona con el franquismo, que aparece incluso a nivel personal. España es el único país democrático que permite un monumento edificado para honrar al dictador y al fundador del partido fascista, siendo sus herederos receptores de numerosas dádivas por parte del Monarca y por parte del Estado. El Rey Juan Carlos I, en época tan reciente como en 1975, galardonó con títulos nobiliarios a la viuda del dictador (que recibió durante su vida un salario mayor del que recibe el Presidente del gobierno), siendo sus familiares parte del establishment derechista de la capital del Reino, con subvenciones para la fundación que lleva el nombre del dictador, y gozando de propiedades como el Pazo de Meirás. Todos estos hechos serían impensables en países como Alemania, Italia o Francia, que vivieron regímenes semejantes, mostrando, una vez más, que la derecha española (el PP, y ahora Ciudadanos) está mucho más a la derecha que las derechas europeas.

De ahí que vaya a ser muy difícil establecer una nueva España, plurinacional, bajo el sistema borbónico. Y debería considerarse seriamente exigir, por parte de las fuerzas progresistas, el inicio de la discusión sobre la recuperación del Estado republicano que signifique una transición de un Estado uninacional, poco democrático y con escasa sensibilidad social a uno plurinacional, profundamente democrático y comprometido con la solidaridad y libertad de la población, y muy en particular de las clases populares, que constituyen la mayoría de los pueblos y naciones que forman España.

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