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Opinión · Dominio público

El debate de ellas: las diferencias

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De izq. a der., Irene Montero (Unidas Podemos), Ana Pastor (PP), Inés Arrimadas (Ciudadanos), María Jesús Montero (PSOE), y Rocío Monasterio (Vox), antes del inicio del debate en laSexta. EFE/ JuanJo Martín

El debate en la Sexta de partidos políticos del 7 de noviembre arrojó algunas diferencias respecto al reciente con los líderes políticos. No se trataba de un debate entre mujeres, sino que cada partido envió lo mejor que tenía y resultó lo que resultó. Creo que la mayoría de las espectadoras estábamos pendientes de comprobar si existían diferencias entre unas y otros. Y sí, la primera diferencia fue la absoluta presencia de mujeres. Acostumbradas como estamos a esas fotos sombrías y monocordes de señores encorbatados del Poder Judicial, de Asociaciones de Empresarios o de Jefes de Estado de la UE, aquello resultaba, al menos, una alegría para la vista. Colores y sonrisas siempre vienen bien para disponer los ánimos. Más aún: una embarazada y otra en fase de crianza nos aportaban un poco más de oxitocina, estrógenos y progesterona, hormonas proclives al amor y al cuidado. Algo es algo frente a la predominancia de testosterona de otras situaciones. Otras dos eran médicas, lo que supone una cierta empatía con lo humano. En muchos casos.

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Resultó evidente que aventajaban a sus líderes, mucho más tensos y agresivos con el contrincante. Y, sobre todo, que los varones se dedicaron a echar cálculos sobre sus parcelas de poder. Quién pactaría con quién, quién no compartiría sillones bajo ningún concepto, quién sería el líder de la derecha o de la izquierda, quién estaba dispuesto a bloquear si no llegaba a ministro, quién no se bajaría del burro pasara lo que pasara. ¿Proyectos? Casi todos punitivos si llegaban a gobernar. Salpicados, eso sí, con medidas de carácter social y económico, lógicamente. Y mucha privatización y bajadas de impuestos como si el dinero en el bolsillo fuera el bálsamo de Fierabrás que solucionara todos los conflictos.  ¿Y lo común? Mandangas.

No es que ellas fueran unas damiselas melifluas que bailaran un rigodón dialéctico sin enzarzarse en diatribas y ataques partidarios. No. Pero había otra diferencia, y es que ellas hablaron de programas y no de poder. Incluso percibí una cierta complicidad entre las dos Montero, que si por ellas fuera tal vez habría coalición. Claro que todas querían que ganaran sus formaciones, faltaría plus, y por eso estaban ahí, pero sus discursos fueron más racionales, más sensatos. No sacaron adoquines ni echaron soflamas a pecho descubierto como otros. Se acusaron mutuamente y atacaron principalmente a la ministra del Gobierno en funciones, como era de esperar. En algún momento hablaron todas a la vez, pero la presentadora pudo reconducir las aguas. Sólo la de UP ha aprendido que el silencio es más eficaz que las palabras cuando reina la algarabía. Un buen aprendizaje. No obstante, eché en falta la presencia de Más País, que estoy segura que hubiera aportado matices importantes.

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De todos modos, es una pena que haya que parlamentar desde el ideario y no desde las ideas, porque estoy convencida de que las ideas son mucho más fértiles que los idearios a defender. Y creo que sólo Irene Montero puso el dedo en la llaga cuando se remitió al concepto de democracia, que es en definitiva el poder del pueblo, que a veces se opaca por la preponderancia de los partidos. No se trata de que gane este u otro partido, sino la ciudadanía. Y, sobre todo, ¿qué significa que ciertos partidos políticos se pongan de parte de las oligarquías, de los bancos, del capital en definitiva? Es una contradicción en los términos que la clase política, que está ahí para gestionar lo público y lo común, se incline por los beneficios privados. Pues váyase usted a la empresa, señoría, pero no pretenda entrar en el Parlamento para gestionar el país como si fuera El Corte Inglés.

Opino que hay que desterrar del discurso político la referencia a las cifras que no dicen nada como argumento de autoridad. El número de nuevos empleados cuando esos empleos significan trabajo esclavo es una tragedia, un fracaso para la democracia. O el PIB, que no mide el crecimiento de todos, sino de los que obtienen más beneficios y, para colmo, ahora incluye las ganancias del tráfico de drogas, de armas y la prostitución. ¿No se han dado cuenta de que estamos inmersos en una carrera hacia ninguna parte? Y mientras corremos hacia el abismo se entretienen con la competitividad, el crecimiento, la bolsa de valores, la prima de riesgo, la deuda externa, el PIB y otros indicadores que no dicen nada verdaderamente importante, aunque sí para el sinsentido de esa loca carrera y sus riders.

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A veces, los debates a partir de idearios y programas fijos me recuerdan al caso de Adolf Eichmann, que describe Hannah Arendt como “la banalidad del mal”, que observé en la representante de Vox cuando defendía la cadena perpetua y otros asuntos antidemocráticos porque la ideología hablaba por ella. Al igual que el nazismo hablaba y justificaba, a través de aquel probo funcionario, el enviar a millones de judíos a los hornos crematorios.

La despedida de las participantes fue muy efusiva entre ellas, otro gesto muy femenino, por más que digan que las mujeres somos las peores enemigas de las mujeres, pero todas sabemos que cuando necesitamos una ayuda cómplice ahí tenemos siempre a la madre, la hermana, la amiga o la vecina. Ese es un bulo tan arraigado como que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo, que para las mujeres fue el oficio de cuidar de sus semejantes. Ese fue el más antiguo y el más digno.

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¿Diferencias? Sí, algunas, pero ¡nos queda tanto para avanzar y salir del bucle! Del bucle de una vieja política que se repite y repite mientras el buque se hunde por sus vías de agua sin taponar. Y la orquesta sigue tocando a la espera de ese último acorde que depende en gran parte de nosotras este 10-N.

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