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Opinión · Dominio público

Qué partidos ganan y cuáles pierden con el aplazamiento de las elecciones catalanas

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Finalmente, las elecciones en Catalunya se han aplazado hasta el 30 de mayo. Motivos sanitarios no faltan, nadie duda de ello. Incluso había pronósticos que apuntaban al fin de semana de los propios comicios como punto de desborde para las UCI. Sin embargo, es honesto indicar que había más opciones a considerar, antes incluso del propio aplazamiento, como por ejemplo ampliar el periodo de votación a dos días, facilitar el voto por correo o habilitar nuevas formas de emitir el voto (vía móvil o domiciliario). Ninguno de estos ejemplos son novedosos, pues ya se han llevado a cabo en Italia, Estados Unidos y, próximamente, Portugal. 

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Al margen de que los datos muestren que la preocupación es evidente, los posicionamientos más recientes de los distintos partidos en Catalunya sobre la conveniencia del aplazamiento hicieron saltar las alarmas sobre quiénes tenían más ganas y quiénes menos. Ciudadanos y la CUP fueron los primeros y los que con más énfasis destacaron la necesidad del retroceso electoral. Más tarde se sumaron el resto de partidos de derecha, Junts y, por último, Esquerra y los Comunes. Ayer finalmente cedió el PSC.

Esto no va de culpables e inocentes, pero estos tiempos por admitir lo evidente (que Catalunya está a las puertas de la tercera ola) evidencian que había también razones políticas detrás del aplazamiento. Unos querían acudir ya a las urnas y otros no tenían prisa, augurando unos resultados electorales no demasiado positivos. La hipótesis encima de la mesa es prácticamente la única en circulación desde diciembre. El efecto Illa ha irrumpido con fuerza, y un retraso de los comicios puede difuminarlo. Las últimas encuestas auspiciaban un triple empate estadístico, en el que únicamente el PSC venía en ascenso claro. Sin embargo, toda hipótesis es falsable. Así pues, podemos estar ante una táctica de ganar tiempo necesario o ante una huida hacia delante con todas las letras.

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No cabe duda que en momentos tan personalistas como los que vivimos las candidaturas tienen profundos efectos en el resto del sistema de partidos. Y si el objetivo de la candidatura de Illa era descolocar al resto de actores, este objetivo se consiguió. Illa partía de datos muy positivos. El segundo político más valorado entre los catalanes y, antes incluso de candidarse, únicamente el 9,7% no sabía quién era. Podemos poner datos comparativos para comprobar lo positivo de estas cifras. Iceta, después de cinco años de oposición, venía de un 4,3 de valoración y era un político desconocido para el 6,6% de la ciudadanía catalana. Además, el todavía ministro de Sanidad también es el candidato actual que cuenta con un porcentaje mayor de personas que le quieren como presidente de la Generalitat, aunque bien sabemos que la preferencia por un político no siempre concluya en un voto al mismo.

Como digo, son datos de partida interesantes, pero cabe destacar que el buen posicionamiento del PSC no corresponde (exclusivamente) efecto que ha traído la nueva candidatura. Si bien es cierto que todos hablan del efecto Illa, este ha sido más significativo en la esfera mediática que en la electoral. El aumento electoral del PSC, que recordemos venía de un 13,8% en 2017, se corresponde con dos momentos de la historia reciente muy concretos. El primero fue la moción de censura del 2018. Este momento coincidió de forma clara con un descenso de Junts y un aumento de las expectativas del PSC. Y el segundo fue con la preparación de la campaña electoral del 28-A, que marcó la caída imparable de Ciudadanos y aportó un estable e importante 19% de intención de voto para el PSC. Unos apoyos que ha mantenido prácticamente de forma ininterrumpida hasta hoy.

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Junto a esto hay dos cuestiones contextuales más a destacar. Primeramente, el momento nacionalista templado que vive Catalunya desde hace un año. Los últimos datos del CEO apuntan a uno de los datos más bajos de la preferencia por un Estado independiente desde el 2012 (34,9% en octubre del 2020). Un hecho que se complementa con el dato más alto de satisfacción con el nivel de autonomía catalán desde el 2014 (27,4%). El empuje nacionalista puede estar viviendo un gripaje político que se ha visto reforzado por la crisis sanitaria. Esto ayudaría a entender la vía posibilista por la que parece que ha optado ERC en los últimos tiempos. Una vía que sido favorecida por un soberanismo bastante desgastado y con un bloque de partidos independentistas con importantes crisis internas (las dos escisiones del espacio pos-convergente) y externas (las relaciones deterioradas entre Junts y ERC). En este momento templado quien consiga representar el papel del diálogo y de la desescalada puede ganar más que perder. Y el PSC quiere jugar este rol.

La crisis sanitaria, además, ha puesto encima de la mesa política cuestiones eminentemente sociales. Entre los problemas principales de los catalanes, las relaciones entre Catalunya y España han desaparecido del primer puesto. Algo que no se veía también en años. La sanidad, la precariedad y el funcionamiento de la economía, por su parte, han aumentado significativamente. En el último barómetro de opinión pública, por ejemplo, la sanidad era el principal problema para el 41,9%. Las relaciones entre la región y el Gobierno central, para el 10,2%. Hace justo un año este último representaba el 35,7%. 

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En medio de esta clasificación de problemas, el PSC aparece como el segundo partido (6,3%) que más ciudadanía cree que es el indicado para solucionarlos. Por otra parte, hay una salida de la crisis por la que apuestan una parte importante de catalanes. Uno de cada tres cree que un fondo perdido sería la medida a tomar. Mientras que uno de cada cuatro apuesta por el incremento de gasto social. Además, hay consenso sobre la necesidad de atajar las desigualdades (79,8%) desde la Generalitat y la necesidad de los impuestos para tener servicios públicos de calidad (61,6%). Es posible que la cuestión nacional haya dejado espacio suficiente desde marzo para que la cuestión social vuelva a ser relevante a la hora de decidir el voto. 

Es probable que esta percepción la haya tenido también el PSC, que al ver aumentar sus expectativas electorales en el último año haya querido, con Salvador Illa como candidato, dar el último empujón para competir con los partidos independentistas. De ahí sus esperanzas por votar en febrero y no en mayo. Una profecía autocumplida con la caída abismal de Ciudadanos, que casi con total seguridad perderá más de la mitad de votos. El PSC está recuperando a ese cuerpo de electores que, como intento de parar a los partidos secesionistas en el anterior ciclo electoral, apostaron por Ciudadanos. Las últimas encuestas que tenemos arrojan datos claros: alrededor del 25% de votantes de Ciudadanos hoy lo harían por el PSC.

Ahora bien, la dilatación de la cita electoral también trae elementos positivos para el resto de partidos. Tendrán tres meses más para reforzar sus candidaturas, para desgastar al ministro e intentar rescatar un eje de competición, el nacionalista, en el que muchos vivían cómodamente. Tanto motivando como criticándolo. Esto último puede estar en la cabeza de los de Abascal en Catalunya. Vox se juega una importante batalla en la derecha con el PP por la oposición simbólica al independentismo. Ambos en clara pugna y con resultados que triplicarían al que obtuvo el PP solo en 2017. Los próximos indultos, con la cita electoral retrasada, ahora sí entrarán en juego, añadiendo presión sobre los partidos del Gobierno nacional y avivando el eje nacionalista.

También se pueden establecer posibles hándicaps para el PSC. Tradicionalmente en Catalunya se ha dado una abstención diferencial que se reducía a gente que votaba en las generales, pero no en las autonómicas. El perfil común de este votante era el unionista. Por tanto, el efecto Illa también tenía la misión de reducir lo máximo posible esta abstención diferencial. Más si cabe con los posibles efectos que ya se vieron en las autonómicas de Galicia y País Vasco, donde los territorios más afectados por el coronavirus participaron una media de 2-3% menos que el resto. 

Lo que está claro es que los movimientos, tanto los que se están dando como los que se pueden dar en las próximas semanas, serán intra-bloque. La cristalización del sistema catalán es bastante firme desde hace años, y únicamente puede haber cambios significativos entre bloques. Un elemento a tener en cuenta será la participación, que los últimos sondeos pronosticaban que caería diez puntos. Ésta puede modificar seriamente el juego. Importará de manera especial la fuerza con la que llegue el bloque independentista (sobre el 46% actualmente), que en función de la afluencia tendrá la mayoría absoluta en escaños más o menos asegurada. 

Lo que parece evidente es que el tripartidismo del 2017 ha mutado, ahora el PSC ocupando el puesto de privilegio de Ciudadanos, y es poco probable que el aplazamiento vaya a cambiar este realineamiento. Menos si cabe con las previsiones epistemológicas que ya hablan de una posible cuarta ola. Y con una paradoja en el horizonte. Al PSC, para ganar, le puede sobrar la primera posición en su ecuación. Una fuerza por delante de ERC, con el condicionamiento que traería, se le puede antojar mucho más interesante a los socialistas catalanes. En mayo lo comprobaremos.

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