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Opinión · Dominio público

El otro

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Saïd El Kadaoui

Psicólogo y escritor

Ilustración por Federico Yankelevich

–Lo que siempre dicen es que

no eres lo bastante negro –me dijo mi agente.

–¿Qué significa eso Yul? ¿Cómo saben siquiera que soy negro?

¿Eso qué más da?

–Esto ya lo hemos hablado.

Lo saben por la fotografía de tu primer libro. Lo saben porque te han visto. Lo saben porque eres negro, por el amor de Dios.

–Y entonces, ¿qué?

–¿Hago que mis personajes lleven un peinado a lo afro y se digan negro esto, negro lo otro para complacer a esa gente?

–Daño no te haría.

X, la novela de Percival Everett, de donde extraigo este diálogo, es a la ficción lo que Orientalismo de Edward Said es al ensayo. Las dos obras nos cuestionan toda nuestra conceptualización del otro. Lo que cambia es el otro escogido. El negro, el primero; y el oriental (musulmán, especialmente), el segundo. Nos ponen ante el reto de cuestionarnos toda una serie de prejuicios que tenemos bien asimilados.

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Jorge Semprún, en su libro La escritura o la vida recuerda cómo junto a otros compañeros del campo de concentración se planteaban cómo contar aquello vivido. El verdadero problema no estriba en contar, cualesquiera que fueren las dificultades, sino en escuchar. ¿Estarían dispuestos a escuchar nuestras historias, incluso si las contáramos bien? –se plantea uno de estos compañeros– . Contar bien, dice él, significa narrar de manera que se sea escuchado y eso no se consigue sin algo de artificio. El artificio suficiente para que se vuelva arte.

A Jorge Semprún le gustaba la siguiente aseveración de Boris Vian : “Todo es verdad porque me lo he inventado todo”.

Es un tanto arriesgado afirmar que la ficción es más real que la vida misma, pero puesto que lo sugiere Semprún parece menos imprudente por mi parte. Porque yo también lo creo.

X es la historia de Monk Ellison, escritor negro cuyo problema es no ser lo bastante negro para el gusto del mundo editorial. No escribe historias sobre negros hijos del gueto y no utiliza un lenguaje “descarnado” y “auténtico”. Cansado de esta situación, escribe una parodia de novela donde convierte en personajes buena parte de los prejuicios que se tiene respecto a los negros. Para su sorpresa es tomada en serio y muchos de sus colegas de profesión hacen críticas elogiosas destacando su autenticidad, su lenguaje descarnado, su frescura, su energía e incluso uno de ellos llega a aseverar que es una de las novelas afroamericanas más potentes que se han escrito en mucho tiempo.

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Como afirma Everett, que algo debe de compartir con este escritor ficticio que construye, el problema de este tipo de relatos es que trabajan con estereotipos incluso o especialmente cuando se proponen no hacerlo.

Las críticas antes citadas no son muy diferentes a otras que se han dedicado a novelas de autores que pertenecen a otras comunidades. Muchas de ellas sacan a relucir de forma un tanto paternalista la importancia de la oralidad, el trato peculiar del lenguaje, la escritura descarnada, etc. Incluso buenas novelas como Boda junto al mar, de Abdelkader Benali; La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz; o Tigre blanco, de Aravind Adiga (y cito estas como podría citar muchas otras) no han contribuido a dar una imagen compleja del otro. Muy al contrario, lo confinan en exactamente aquello que nuestro imaginario colectivo le otorga. Abonan una imagen estereotipada del marroquí, del latino y del indio respectivamente. Por supuesto, una parte de la realidad, pero, obviamente, no toda.

Si buena parte del discurso de la ficción aún no nos devuelve una imagen total del otro, el de la vida real es mucho peor. En Catalunya, desde donde escribo este artículo, la periodista y expolítica Pilar Rahola ha encendido la polémica al opinar que la ministra de Exteriores, Trinidad Jiménez, peca de buenista al abrir la posibilidad de que los marroquíes residentes en España voten en las próximas elecciones municipales. Según sus palabras, es entre la población marroquí donde abundan imanes integristas que potencian la idea de redactar leyes paralelas a las democráticas para poder vivir en tierra occidental. De sus palabras se deduce que con el otro –en este caso el marroquí– hemos de tener una actitud de sospecha preventiva. Por si acaso, no dejemos que vote ninguno.

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Debería entender que no pueden pagar justos por pecadores y que su discurso, lo quiera o no, es intelectualmente muy pobre y claramente xenófobo. Una xenofobia que cada día es más transversal puesto que ya ha dejado de pertenecer exclusivamente a los partidos de extrema derecha. Los ejemplos podrían ser muchos. El otro siempre es el otro y hay que actuar con él de forma distinta aunque esto vaya en contra de los valores que supuestamente defendemos.

Quizás deberíamos aprovechar el levantamiento de los árabes para derrocar a los sátrapas que los gobiernan y que ha despertado la simpatía de buena parte del mundo y el terrible atentado de Oslo perpetrado por una persona nada sospechosa de ser puesta en el bando de los otros, para aceptar lo que es obvio: las personas queremos vivir dignamente. Toda persona y toda comunidad tiene sus propios fantasmas a los que debe de hacer frente y mantener a raya, y a los fanáticos hay que combatirlos. Y, por supuesto, debemos proteger la democracia y el pensamiento democrático. Todo, no parcialmente. Y esto vale igual para una Pilar Rahola que para un salafista.

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Ya es hora de construir un discurso (social y político) que nos ayude a comprender que todos tenemos algo de este otro que nos repele. Un discurso que acepte que el otro también está en nosotros.

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