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Opinión · Dominio público

Alemania ante una sucesión traumática y el retorno de la socialdemocracia

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Carteles electorales de los candidatos de los Verdes, la CDU y el SPD, en una calle de Hamburgto (Alemania). REUTERS/Fabian Bimmer

Dentro de tres semanas la ciudadanía alemana acudirá a las urnas para reorganizar completamente su tablero político. Después de cuatro legislaturas, Angela Merkel abandona la política dejando tras de sí el inmenso vacío de un liderazgo de dieciséis años que difícilmente podrá ser reemplazado en el corto o medio plazo. Sin embargo, como ocurre en los momentos excepcionales, varias ventanas de oportunidad se abren con dicho vacío.

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Desde que a finales del 2018 Merkel anunciara que su nombre no estaría en las próximas papeletas toda una serie de movimientos electorales han tenido lugar en Alemania con el objetivo de hacerse con el espacio que la canciller dejaba tras de sí. Los Verdes, impulsados por un descrédito y desgaste del resto de fuerzas políticas, comenzaron a atraer votantes desafectos con los dos pilares del bipartidismo: socialdemócratas y democristianos. Un crecimiento que vino aparejado con el cambio climático como asunto más importante en la agenda política alemana.

Sin embargo, la crisis del coronavirus primero, y la ausencia de un liderazgo fuerte y alternativo al de Merkel después, han desdibujado la centralidad de los Verdes, provocando que a cuatro semanas de las elecciones el escenario esté totalmente abierto con un posible empate técnico a tres entre la CDU, el SPD y los Verdes. Así se ha reflejado en las encuestas recientemente, con una montaña rusa de subidas y bajadas en el último año y medio.

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Una de las principales razones de este escenario abierto reside en que la bola de la sucesión de Merkel caerá en un espacio en el que comienzan a competir las tres fuerzas políticas. Demasiados actores en muy poco escenario. La hasta ahora canciller deja su mandato con una tasa de aprobación superior al 80%. Su partido, en un escenario de fragmentación partidista con hasta seis partidos con representación, ha gozado de unos apoyos espectaculares, el 41% en 2013 y el 33% en 2017. Y en ningún momento ha perdido la primera posición en las encuestas desde 2009. Estas cifras se deben a una organización camino del centenario (CDU), pero también a un liderazgo que se ha curtido en la crisis financiera del 2008, la migratoria del 2015 y la reciente sanitaria del 2020. Pero por muy poderoso y bueno que sea, todo liderazgo tiene fecha de caducidad.

A pesar de una caducidad inminente, la condición de salida es enormemente importante. No es lo mismo un paso atrás de un liderazgo caduco, impotente, que de uno en sus mejores momentos. Si los primeros pueden facilitar los reemplazos, las comparaciones que despiertan los segundos tipos de sucesiones son mucho más problemáticas. Angela Merkel se sitúa en el segundo tipo de liderazgos salientes. En estas sucesiones complejas la política se vuelve intensamente personal; la cuestión principal es una comparación entre estilos, cualidades y técnicas de liderazgos. No de programas o ideas. La disyuntiva no es mejorar, sino conservar. Merkel prolonga una ya larga sombra desde Konrad Adenauer, pasando por Helmut Kohl, y que opaca a cualquier nuevo candidato que vengas después, sobre todo si este no está a la altura, como es el caso de Armin Laschet.

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Buena prueba de que la batalla es de personalidades, y no únicamente partidista o coyuntural, es atender a dos variables fundamentales: las principales preocupaciones de los alemanes y las preferencias por los candidatos. Desde finales del 2018 la inmigración, el asunto más importante para la ciudadanía alemana desde 2013, dejó paso al medio ambiente como principal preocupación. Así puede volver a ser una vez que la urgencia del coronavirus está perdiendo fuerza en la opinión pública. En una coyuntura con una preferencia por la agenda pública tan marcadamente favorecedora para los Verdes, estos se encuentran incapaces de representar una clara alternativa gubernamental.

Así lo demuestra la evolución de la preferencia ciudadana por la candidata oficial del partido ecologista. Annalena Baerbock, desde que fue designada oficialmente como candidata a la cancillería, no ha parado de descender como opción favorita para convertirse en la próxima canciller de Alemania. Desde el 28,6% de mayo hasta el 14,7% de agosto. En tan solo cuatro meses se ha dejado la mitad de su capital político. Movimiento semejante es el que ha experimentado el sucesor de Merkel, Armin Laschet, que después de disfrutar de buenas cifras a comienzos del verano se ha desplomado a niveles de la candidata verde.

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La cruda batalla por hacerse con el testigo de Merkel, además de desgastar a las dos principales alternativas, ha tenido una consecuencia indirecta (e inesperada) más: dar vida a Olaf Scholz, candidato del socialdemócrata SPD. Scholz, mucho más invisible y fuera de las quinielas hasta hace unas semanas, se ha beneficiado de una pulcritud mediática como consecuencias de estar fuera de los primeros radares por suceder a su compañera de gobierno y canciller. Pongámoslo de la siguiente manera. En agosto del 2020, en plena ola del coronavirus, la CDU de Merkel se hallaba rozando el 40% con unos Verdes como clara alternativa, pero lejos de representar un peligro para los primeros. El SPD, tras dos años viendo cómo la derecha radical de Alternativa por Alemania (AfD) y los Verdes le superaban, aparecía en todas las apuestas como fuerza secundaria en cualquier coalición gubernamental. Sectores importantes de la opinión pública exigían un giro izquierdista, y ante estas demandas el partido aupó a su ministro de finanzas y vice-canciller Olaf Scholz.

Algunos vieron un brindis al sol el intento de competir aires nuevos con moderación. Sin embargo, lo que se vislumbra en las últimas semanas no son tanto nuevos aires políticos sino la necesidad de un reemplazo continuista y seguro. La ciudadanía alemana pronto se encontrará huérfana, y en esa sucesión, más personal que política, buscarán la conservación y no la mejora. Una gran porción de las elecciones es saber leer sobre qué versan, y en estas la estabilidad es premiada. Ante unos candidatos desgastados, Scholz puede finalmente beneficiarse de haber sido la mano derecha de Merkel en la coalición federal desde el 2018. “No arriesguen, voten por lo que conocen”. La cualidad camaleónica está al alza en Alemania.

Una recompensa caída del cielo que podría romper esquemas hasta ahora rara vez vistos, como aquella máxima de que el pez grande siempre se come al pequeño. El SPD lleva desde el 2013 como socio minoritario de la coalición con la CDU de Merkel. Ocho años después, una parte significativa de los votantes del pez grande prefieren al candidato del pez pequeño.

Pero este seísmo político podría ir más allá y constituir el primer avance de la izquierda alemana desde 1998. Desde las elecciones federales de ese año las distintas fuerzas del espectro izquierda (SPD, Verdes y La Izquierda) han ido retrocediendo electoralmente hasta llegar a su mínimo histórico en 2017 (38,6%). Hoy las encuestas apuntan a que estas podrían llegar fácilmente al 45%. Aunque el SPD siga lejos de algunos compañeros socialdemócratas europeos, el aumento de fuerzas de los Verdes podría compensar y cerrar la sangría que sufre la izquierda alemana desde hace décadas, y que la colocaba en una de las posiciones más precarias del continente europeo.

La Unión Europea se acerca a un impasse importante. Con su motor (Alemania) sin liderazgo y su cabeza (Francia) en una pica hasta mediados de 2022, España podría estar ante una oportunidad histórica de aumentar su peso político en nuestra región. A la salida (voluntaria) de Merkel le podría seguir una (forzosa) de Macron el año próximo. Italia y España, con gobiernos y liderazgos estables, empezarán a trepar. Quien saque la cabeza antes podría ganar.

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