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Opinión · Dominio público

La capitalidad olvidada

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JOAN GARI

Entre noviembre de 1936 y octubre de 1937, Valencia fue capital de la República en llamas. La efeméride parecía lo bastante importante como para que las autoridades de la ciudad y la propia Generalitat le hubieran dedicado algún acto conmemorativo. Al fin y al cabo, Valencia nunca ha sido capital de nada. Ahora mismo, no parece tener el menor interés en ostentar de manera más o menos digna la capitalidad del País Valenciano y ni siquiera se apresta a aparentar una mínima preocupación por su comarca natural, L’Horta. El resultado de este ensimismamiento es que la huerta (esa maravilla cuya contemplación, según Azorín, comunicaba directamente con Grecia) está siendo destruida por la voracidad inmobiliaria capitalina, y el País Valenciano se desvertebra dividido artificialmente en tres provincias que se dan la espalda unas a otras.

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Ante el desinterés oficial, ha tenido que ser la Universidad de Valencia la que tomara la iniciativa para honrar como se merece la Valencia republicana. Desde el año pasado hasta ahora mismo, una serie de iniciativas nos han recordado aquel tiempo en que Valencia fue el corazón acogedor de la España leal, cuando sus cafés y sus calles se llenaron de intelectuales y de refugiados, que encontraron aquí el reverso exacto de la turbia amenaza fascista.

Unos cuantos libros, publicados todos por la Universidad (ni uno por las instituciones públicas valencianas) jalonan este ejercicio práctico de memoria histórica. Entre ellos, me gustaría destacar las Memorias de un presidiario de Manuel García Corachán, precisamente por lo que tiene de valiente alegato contra la extendida idea de que los dos bandos de la guerra fueron igualmente injustos en materia de represión.

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Corachán, que fue abogado y capitán del Cuerpo Jurídico del Ejército de la República, tuvo una actuación impecable en los tribunales de la retaguardia republicana valenciana. En pago por su honradez, el franquismo lo condenó a muerte, aunque luego se contentó con encarcelarlo. Su diario de prisión es un testimonio valiente donde los haya, puesto que este hombre no perdonó nunca a sus captores, y para que nadie olvidara el salvajismo de éstos reescribió obsesivamente su diario y lo legó a sus herederos en busca de una fama póstuma que impidiera el olvido.

Ahora la Universidad ha querido cerrar con un broche de oro la conmemoración de la capitalidad con dos exposiciones cuya visita recomiendo vivamente. Se trata de “En defensa de la cultura” y “El infierno de los libros”. La primera muestra fotografías y otros documentos que nos informan sobre cómo era la vida cotidiana en la Valencia republicana, sobre todo en su vertiente cultural (la ciudad custodió, por ejemplo, las obras del Museo del Prado amenazadas por los bombardeos franquistas). La segunda recopila los libros prohibidos por el fascismo triunfante, a partir de las colecciones privadas de Fernando Llorca y Max Aub.

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No queda nada, bien es cierto, de aquella heroica sociedad. El PP gobierna hoy todas nuestras instituciones (Generalitat, ayuntamientos, diputaciones) con mayoría absoluta. He dicho que estos satisfechos conservadores no han tenido ningún interés en rememorar la Valencia capital, pero no es cierto. A su manera, han puesto su granito de arena. La alcaldesa Rita Barberá, por ejemplo, hace mucho tiempo que viene empeñándose en construir unos bonitos nichos en el cuadrante del cementerio donde se acumulan los restos de los republicanos fusilados tras la guerra. Envalentonada por una equívoca –aunque no definitiva– resolución judicial, la pequeña Rita aún barrunta de qué modo borrará con más saña la memoria de las fosas comunes. Desde aquí le sugiero una fuente de Calatrava de hormigón blanco con un chorrito rojigualdo (de nada).

Pero aún hay más. El arzobispado de Valencia, encabezado por ese gran liberal llamado Agustín García-Gasco, tiene muy avanzado el proyecto de erigir un templo designado como “Parroquia Santuario de los Beatos Mártires Valencianos”, aprovechando las antiguas naves de la industria química Cross, en la avenida de Francia (en la zona de expansión de la ciudad, a un tiro de piedra del Hemisfèric y los otros edificios de la Ciudad de las Ciencias). Las naves y el solar se los ha cedido –cómo no– Rita Barberá. Un campanario de 28 metros de altura honrará permanentemente, cuando el complejo esté terminado, la memoria de las víctimas católicas de la guerra civil, mientras los miles de fusilados por haber permanecido fieles a la legalidad democrática permanecerán agazapados, como almas en pena, en las fosas que Barberá quiere ocultar en el fondo de la tierra.

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Estos son los hechos. Como quizá muchos lectores, yo también me pregunto cómo es posible que la Valencia republicana y blasquista de los años 30, la Valencia progresista y liberal de los años de la Transición, pueda haber acabado en manos de clérigos sin piedad, crueles meapilas y fachas de todo tipo. Ahora mismo, la principal preocupación del presidente de la Generalitat, Francisco Camps, es cerrar como sea los repetidores que, sufragados por la ciudadanía, permiten ver desde hace veinte años en Castellón, Valencia y Alicante la televisión de Catalunya, TV3. Un ataque semejante contra la libre difusión de cualquier otro canal de televisión sería considerado un escándalo nacional, pero contra los catalanes todo vale. Este país se va pareciendo cada vez más a una triste prisión donde ni siquiera puedes ver la televisión en paz. ¿Conseguirán imponernos su mentalidad aldeana?

Joan Gari es escritor. Su última novela es 'La balena blanca'

Ilustración de Miguel Gallardo 

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