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Opinión · Dominio público

Nuestra lengua, nuestra identidad

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FERRAN MASCARELL

Conseller de Cultura de la Generalitat de Catalunya

Ilustración de Javier Jaén

Público me invita a reflexionar sobre el debate lingüístico que ha propiciado la decisión de imponer judicialmente modificaciones en el sistema educativo catalán. Lo hago con la convicción de que será difícil que entiendan nuestra realidad. Son tantos los prejuicios que han arraigado en muchos españoles que uno duda que tenga utilidad exponer otra vez las razones que nos impelen a desear que el catalán siga siendo una lengua viva y con futuro. Y por qué, pese a que el Gobierno español ponga reparos, defendemos el derecho de los araneses a mantener viva su antigua lengua occitana, que consideramos como propia.

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Frente a todo ello, debo confesarles que somos muchos los catalanes a los que nos es difícil comprender por qué en el resto de España algunas personas no aceptan para Catalunya lo que les parecería irrenunciable en su caso. ¿Se imaginan qué dirían si alguien quisiera decidir por ellas cómo organizar su sistema lingüístico? Ni se lo pueden imaginar. Harían bien en no aceptar que nadie les dijera cómo tienen que organizar ese sistema nervioso fundamental en la configuración de su identidad personal y colectiva. En nuestro caso, lo tenemos claro desde hace 30 años, cuando pudimos decidir cómo asegurar nuestra lengua histórica –el catalán– y cómo garantizar el aprendizaje del castellano –la lengua de muchos de los que han construido su vida en Catalunya–. En eso nos pusimos de acuerdo en nuestro Parlament, con un amplísimo consenso social. A eso se le llamó inmersión lingüística, con la que hemos garantizado el aprendizaje del catalán y del castellano, la cohesión de todos en una sola comunidad, independientemente del origen, y la libertad individual en el uso cotidiano.

Pueden creerme si les digo que somos una gran mayoría los catalanes que no entendemos por qué alguien puede estar interesado en romper un modelo tan democrática y pedagógicamente construido. Los catalanes amamos nuestra lengua histórica del mismo modo que ustedes la suya. Y además queremos al español, lo aprendemos y lo usamos, a veces tanto o más que nuestra propia lengua. Quizás debería recordar que el catalán es también una lengua milenaria, transmitida de padres a hijos a pesar de sufrir todo tipo de afrentas a lo largo de la historia y aún hoy; una lengua que conoce en sus diversas modalidades más del 25% de la población de España y que es la novena más hablada de la Unión Europea. El catalán es la lengua de los catalanes y nadie debería querer que deje de serlo, como debería ser también la lengua de los españoles si atendemos a la letra de la Constitución.

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Los resultados del modelo lingüístico catalán son muy satisfactorios. En Catalunya aprendemos dos lenguas por el precio de una. El catalán ha alcanzado cotas impensables hace 30 años, el castellano es conocido con un nivel de competencia igual o superior al de las demás comunidades españolas, y la convivencia lingüística y social ha sido y sigue siendo ejemplar. Y quizás sería bueno recordar que el método catalán ha sido avalado y puesto como ejemplo a nivel internacional por la Unesco y por la propia Unión Europea. Y, sin embargo, vemos cada vez más perplejos cómo nuestra realidad lingüística sigue sufriendo ataques, más ideológicos que pedagógicos. En Catalunya crece el hartazgo sobre tanta injerencia interesada. Nuestra sociedad es plural e inteligente: queremos que nuestros hijos aprendan y hablen un muy buen catalán y un muy buen castellano, y que, además, dominen una tercera lengua y si puede ser una cuarta.

A muchos catalanes el actual debate nos suena a un estertor más del tradicional partidismo centralizador y del autoritarismo de determinados individuos de las viejas élites del Estado. Muchos de nosotros pensamos que se está cuestionando la democracia. Las normas lingüísticas en Catalunya

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se han decidido en el Parlament y no respetarlo supone cuestionar el Estado autonómico. Recuerden lo que dice la Constitución: “La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será

objeto de especial respeto y protección”. Retórica. El Estado, con sus partidos mayoritarios al frente, no sólo no es un agente activo y eficiente a favor del catalán, sino que dificulta el despliegue de nuestro proyecto lingüístico.

Quizás no se entiende que cuando una persona aprende el catalán está desarrollando una herramienta imprescindible para participar en nuestro espacio público, está configurándose como un ciudadano activo. Porque el catalán no es patrimonio sólo de quienes tienen apellidos catalanes, es patrimonio de quienes han decidido vivir en Catalunya y ofrece a cada ciudadano la oportunidad de participar plenamente en la vida de la comunidad.

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Sé que muchos de ustedes me entenderán, y deben saber que a muchos catalanes nos cuesta comprender por qué tantos españoles no quieren entender que en Catalunya no hay un problema lingüístico ni queremos que lo haya. Las lenguas son herramientas de comunicación y cohesión social y así queremos que siga siendo. El problema lingüístico lo tienen quienes quieren imponer su modelo desde fuera. Dicho de otro modo, la fórmula elegida democráticamente para el aprendizaje del catalán y del castellano no es un problema en Catalunya. El problema existe para quienes, escudados bajo el paraguas del poder administrativo, económico y mediático, han configurado una lectura de España restrictiva que no admite su carácter plurinacional y plurilinguístico. Sin embargo, y a pesar de todo, el catalán seguirá siendo nuestra lengua histórica, en convivencia con el castellano. Seguirá siendo el signo más evidente de nuestra identidad, porque el pueblo de Catalunya en su mayoría más extrema así lo ha decidido.

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