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Opinión · Dominio público

El veneno de la libertad

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Hace un siglo que el mundo dio un vuelco; las sociedades giraron hacia el fascismo y lo hicieron, en un primer momento, en nombre de la libertad. En Alemania los nazis se jactaban de aprovechar las libertades y derechos que otorgaba el régimen de Weimar para atacarlo minando su institucionalidad. Antes de llegar al poder en 1933 dieron, incansablemente, la batalla cultural. Y la ganaron. Llenaron la vida pública de sátiras, sermones y soflamas, como se inundan hoy las redes sociales de discursos ajenos a la verdad y a la ética. Las fronteras entre verdad y mentira saltaron por los aires hace un siglo, al tiempo que la verdad era sustituida por “sistemas”, artefactos culturales de escasa sofisticación pero enorme eficacia, que generaron adhesión porque dieron una explicación fatua al sinsentido de la existencia. No llevaban esperanza a la vida de la gente, ni propósito; pero sí sentido, explicación, anclajes.

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A exponer uno de esos “sistemas” está dedicado el libro de Victor Klemperer La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo, que es mucho más de lo que el subtítulo pareciera indicar. No son solo los apuntes de un filólogo, sino las memorias de una víctima de su tiempo capaz de analizar con una clarividencia no exenta de sufrimiento cómo se construye, en el plano del lenguaje, un nuevo orden social del que cientos de miles de personas como él van a ser dramáticamente excluidas.

Klemperer, un profesor judío de filología románica, vivió y dio clases en Dresde entre 1920 y 1935.  Casado desde 1906 con una alemana no judía, la pianista Eva Schlemmer, su matrimonio le salvó la vida, pero no impidió que perdiera sus derechos de ciudadanía, su puesto de trabajo y hasta su biblioteca durante el periodo nazi. Entre 1933 y 1945 Klemperer llevó a cabo un enorme esfuerzo para escribir unos diarios. Cuando retomó su puesto en la universidad de Dresde en 1947 -para entonces bajo ocupación soviética- se decidió a recuperar de entre sus páginas las observaciones filológicas que había ido redactando. La Lengua del Tercer Reich (LTI) es el fruto de esa recopilación. Los diarios se publicaron en Alemania en 1995, treinta y cinco años después de la muerte del filólogo. En castellano aparecieron en dos volúmenes en 2003. Leerlos a principios de este siglo no provoca el mismo efecto que leerlos hoy, casi veinte años después de su publicación en España. Hoy, LTI resuena con la vibración de un eco. La sorpresa, el asombro inmensos con el que Klemperer va desgranando la construcción de aquel “sistema” que acabó provocando una guerra total, un genocidio y un profundo agujero existencial en la conciencia del mundo, son los nuestros.

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Observamos con su misma mezcla de descreimiento y estupor la reescritura de nuestro pasado reciente y lejano sobre la base de esquemas excluyentes, racistas y falaces. Vemos cómo personas en cuyo criterio y buen juicio confiábamos - aunque su sensibilidad política no fuera la nuestra- facilitan o incluso justifican discursos de resentimiento, desconfianza, odio y persecución. Y advertimos cómo las opciones de una derecha socioliberal en Occidente (y en particular de la democracia cristiana en Europa) se reducen hasta resultar casi inexistentes por su empecinamiento en aliarse y facilitar así el encumbramiento del populismo de derechas, asalvajado y sin conciencia, enemigo de la democracia y los derechos humanos. Un populismo de derechas que no es el mismo de hace un siglo, pero que remeda las maneras de aquel.

Y todo esto sucede ante nuestros ojos alarmados gracias a la construcción de un “sistema” en virtud del cual se exaltan valores como el individualismo, el éxito personal o la desmesura mientras aumenta el aburrimiento provocado por una forma de producción y consumo cuya existencia hay que digerir tomando la píldora de la “libertad”, que tiene el regusto acre de un veneno, el mismo del que dice Klemperer que se encuentra por doquier, transportado por el agua potable de la LTI, sin que nadie esté a salvo.

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El "sistema" en el que ahora intentan adoctrinarnos no es ni remotamente el que se edificó hace cerca de cien años, aunque busque en aquel una grotesca inspiración. El “sistema” actual se basa en el neoliberalismo de quienes desde las instituciones de gobierno destruyen la sanidad pública en plena pandemia mientras aseguran que “el hospital eres tú” o que si les das tu voto te regalarán cantidades ingentes de libertad en forma de terrazas de bar y horarios comerciales ampliados. También se basa en un conservadurismo de la nostalgia por un pasado sin memoria. Como si el pasado fuera a proporcionarles a sus adalides la seguridad que dicen no encontrar en un presente de destrucción con el que se muestran paradójicamente conniventes. Ni Blas de Lezo ni el Capitán Alatriste (ambos, llegados a este punto, personajes de ficción), ni la sombra del palio con el que se cubría aquel dictador canijo vendrán a protegerlos de la destrucción imaginativa que un sistema de explotación desmadrado ejerce sobre los territorios y las personas. No se puede ir contra la “globalización” en nombre de las “naciones”, porque tan incompleta es la realidad que describe la primera, como escuálida y pálida la silueta que cobija la esencia de las segundas. Las derechas están creando un mundo de fantasía alternativo a una realidad triste y desesperanzada. Un mundo en el que las palabras no importan, y por tanto tampoco lo hacen las cosas que nombran. Un mundo sin más valor que el otorgado a la mercancía, que hace de la política un espectáculo para la distracción y no una tarea de la virtud ciudadana. Esta fantasía es pura cháchara, es destructiva, es venenosa y nadie va a salvarnos de ella si no lo hacemos nosotras mismas.

Es tarde para explicar que la libertad no era este veneno con el que quieren intoxicarnos, como lo es para hacer llamamientos a una derecha civilizada e institucional que ya solo existe en nuestra bienintencionada imaginación. Vamos tarde. Una de las conclusiones que sacarás leyendo LTI es que cuando todo parecía estar empezando, ya era tarde. Hoy estamos viviendo una convulsión, el futuro cercano es sombrío; hay que buscar refugios y lugares de resistencia.

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LTI es un refugio. Es el lugar en el que Victor Klemperer decidió cobijarse mientras el mundo se desmoronaba para poder dar cuenta de lo que estaba sucediendo con la esperanza de que algún día nosotras leyéramos sus páginas y lloráramos con él sus pérdidas. ¿Quién y cuándo -si no lo evitamos- llorará con nosotras las nuestras?

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