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Opinión · Dominio público

El rey líquido

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Cuando era pequeña, en casa, el fin del discurso televisado del rey Juan Carlos suponía el inicio de la cena. Una tradición como otra cualquiera en una casa sin monárquicos, pero con alguna simpatía a la parafernalia de la Jefatura de Estado, que hoy, a tenor de la evolución de las investigaciones periodísticas (las judiciales, razón Suiza) sobre el emérito, sabemos que era una tragicomedia negra.

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Ahora el discurso de Nochebuena de Felipe VI solo lo veo yo, para escribirles a ustedes las impresiones de una republicana sobre la involución probada de esta monarquía, de todas ellas, a las que cada vez vemos más lejanas, más encapsuladas, más ajenas y más innecesarias en las democracias imperfectas, también por las casas reales.

Cuando los magistrados del PP del Tribunal Constitucional (TC), con el espaldarazo de los del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), decidieron que se pasaban la democracia y la Constitución por el arco del triunfo para no renovarse en función de lo que usted y yo votamos hace cuatro años y que dio una mayoría progresista a las Cortes, sede de la soberanía nacional, la (ultra)derecha salió a las redes sociales a clamar por la “intermediación” del rey para que el presidente del Gobierno, con su voto y el mío por acción u omisión, no intentase obligar al PP a cumplir la Constitución mediante la acción parlamentaria.

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La intermediación de la (ultra)derecha, ya saben, sería como aquella presunta en la que el 3 de octubre de 2017, Felipe VI se erigió bochornosamente como defensor de “una mayoría silenciosa” que no existía en Catalunya, como volvieron a demostrar las urnas democráticas dando la mayoría parlamentaria al independentismo. En esta ocasión, el rey ha evitado en su discurso de Nochebuena los cantos de sirena de quienes se erigen como sus máximos defensores, Vox y PP, y ha hecho lo que se esperaba de su padre emérito y millonario y, ahora, de él: hablar entre líneas y entre líneas de las líneas… hasta el punto de que su discurso se deshace en una equidistancia líquida que podrá ser utilizada por todos aquellos partidos que aún creen que la monarquía sirve para algo… y a ellos/as particularmente.

Felipe VI se deshace en solidaridad con Ucrania, ucranianos y ucranianas. Bien, pero una mención a la matanza de Melilla, a esos africanos y africanas que huyen de idénticas guerras, del mismo dolor y la misma muerte, habría derrochado demasiada humanidad en palacio; y me consta que la reina -cuya mano se percibe en un texto más directo que otras veces, pese a la fortaleza de las costuras regias- siempre está muy pendiente de estas cuestiones, con poco éxito, por lo que se ve.

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Europa por aquí y la OTAN por allá, con foto incluida de la cumbre de la Alianza en Madrid a su lado, de la que el jefe de Estado (y de los tres ejércitos) se muestra particularmente orgulloso, el rey ha entrado en la crisis institucional a su manera, repartiendo responsabilidades por igual al no citar a los sujetos de las acciones: se incumple la Constitución, se deterioran las instituciones, una pandemia y una guerra nos tuercen la vida, el brazo y el bolsillo… No hay culpables, solo arma arrojadiza para todos y todas por igual, malos políticos y malas políticas, aunque solo el PP de ese hombre de Estado que dicen que fue algún día Alberto Núñez Feijóo incumpla la Constitución durante cuatro años recién cumplidos.

La Constitución es ese texto manoseado hasta la náusea, salvo cuando se trata de cumplir con los Derechos Humanos, la vivienda, la sanidad y la educación públicas, la redistribución de la riqueza… De eso el rey no habla, aunque sea el cumplimiento de esa Carta Magna mediante la aprobación de las medidas sociales del Gobierno aún no suficientes las que nos hagan, como mínimo, no estar peor.

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Felipe VI, en su lindo palacio, sigue desconociendo la realidad española que no transcurre por despachos, alfombras y mesas de nogal negro y eso se nota, por más que una reina preocupada por el futuro de su hija mayor, heredera del trono, trate de mejorar al hombre criado entre algodones y corrupción contándole cómo es España aquí fuera. Es de agradecer, pero el monarca sigue una tradición de años que difícilmente puede cambiarse ahora: no meterse en política, que ya lo dijo Franco, ni siquiera para ser refrendado y votado. Esa maldita trampa que nos tendieron.

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