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Opinión · Dominio público

Antígona reloaded

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La ministra de Defensa, Margarita Robles interviene en la sesión de control al Gobierno celebrada este miércoles en el Congreso. EFE/Chema Moya

No pocas veces, en momentos de exaltación feminista entre compañeras, se esgrime la idea de que en un supuesto matriarcado, las escaladas belicistas globales serían menores, como dando por sentado en nosotras unas naturales dotes para la paz, el cuidado y el diálogo, que nos apartan de todo pecado de ira.

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Vernos como Antígonas triunfantes es nuestro derecho a la heroicidad y la épica política, por qué no, pero sabemos que ni la propia Antígona fue escrita con tal propósito. Judith Butler, injustamente más conocida por cómo se han leído sus importantes aportaciones a los estudios de género que por ser, en opinión de esta columnista, la gran filósofa de la paz de nuestro tiempo, dice en El grito de Antígona, apoyada en Hegel y Lacan, que “Antígona apenas representa los principios normativos del parentesco, ensuciado por su carácter incestuoso, y acaso representa un feminismo al margen de los poderes a los que se opone pero que usa su lenguaje, el de estado, y no aspira a la supervivencia”.

La paz en un asunto serio que debe defenderse con todas las herramientas a nuestro alcance, frivolizar con que su contrario, la guerra, es un asunto de hombres del que quedamos indemnes y ocupamos con sumisión un papel de víctimas impotentes, es una inutilidad filosófica y un falacia histórica.

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Hace apenas unos días, Margarita Robles, ministra de defensa, declaraba que “la amenaza de guerra es absoluta y la sociedad no es del todo consciente”, como si su posición en el gobierno del estado no fuese vinculante en esta posibilidad y se limitase, por seguir con las analogías trágicas, a ser una Cassandra impotente que anuncia desastres en el vacío y no miembro de un gobierno que vende armas, por ejemplo, al estado de Israel.

No será en esta columna el lugar en el que se defienda a un autarca reaccionario y mafioso como Vladimir Putin; tampoco, desde luego, se blanqueará la acción de la OTAN como herramienta imperialista de USA y su papel de macarra fronterizo que va cambiando las lindes a su voluntad, mirando a los ojos de los damnificados por sus macarradas mientras les apunta con la escopeta.

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Los tambores de guerra viajan cómodos a través de la hiperconectividad, la facilidad para comunicarnos en nuestro tiempo, el tráfico de datos, puede ser y de hecho está siendo usado estos días para medir la temperatura de la ciudadanía, como encuesta pasiva de si tenemos cuerpo de tiroteo o no, hasta infografías de desastres nucleares se cuelan entre coreografías, recetas y vídeos de perritos en Tik Tok.

Si el feminismo es una lucha, que lo es, y una muy larga, es el momento de poner a trabajar con furia todas esas cualidades conflictivas que nos negamos -no demasiado en serio- cuando imaginamos utopías matriarcales. Aprender de los errores de Antígona y usar otro tipo de poder, uno igualmente furioso pero horizontal, sin la mácula de lo divino, uno huérfano de parentescos bajo los que postrarse, uno que aspire a la vida, no a la posteridad.

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La lucha por la paz, el oxímoron más hermoso del mundo, debe ser el nuestro; la casa feminista es la de las contradicciones, la de la aspiración universal a un mundo mejor incluso a través de un caos de voces, ideas, disputas y desaires. No hay horizonte más urgente que el de la crisis climática y el de la paz, imbricados de un modo absoluto. Para cualquier movimiento social y político que se tenga a sí mismo por emancipador y justo, es la hora de reclamar como hermanos y hermanas a quienes están al otro lado de esas tensiones fronterizas, también la de entender y transmitir que los poderes son fácticos porque cuentan con el combustible de nuestra aquiescencia y ésta ha de ser retirada con urgencia en estallidos de dignidad ciudadana.

Que nunca más vuelva a referirse a sí mismo nuestro gobierno como “el más progresista de la historia” si lo único que se le ocurre es sacar a la ministra Robles a meter el pie en el agua de la opinión pública con amenazas veladas de dolor, a ver si puede tirarse en plancha o la cosa está demasiado fría. Así lo ha hecho el propio Putin, Macron y otros, de forma tácita, que es como se expresan los cobardes que no tienen nada que perder.

No en nuestro nombre.

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