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Opinión · Dominio público

Conferencia del PSOE: recuperar la normalidad, evitar la ruptura

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Jorge García Castaño

Concejal de IU en el Ayuntamiento de Madrid

Ya lo decía Ramón Jáuregui días antes del inicio: “no se trata de poner todo patas arriba, ni de refundar el país”. De alguna manera esa idea ha recorrido toda la Conferencia Política del PSOE, planteada como un intento bastante superficial de recomponer la normalidad bipartidista y el juego izquierda/derecha dentro de un orden, o más bien dentro de el orden. Se trata de una nueva operación para modernizar la marca electoral que tiene mucho de déjà vu. Viendo lo ocurrido estos días, uno no puede dejar de pensar en el Congreso de Zapatero o en las primarias de Borrell, pero esta vez también planea la sensación de que ya no es suficiente, de que el país no es el mismo. Algo se ha roto definitivamente en el sistema político y eso va a afectar profundamente al PSOE, el gran partido que ha articulado durante años el país política, social y también territorialmente.

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El hilo conductor de la Conferencia es negar las causas y  el calado de la crisis, una crisis orgánica del capitalismo español y del régimen político de la Transición. Se trata, fundamentalmente, de no querer ver que el país ya está “patas arriba”, empobrecido y estancado a largo plazo, intervenido económicamente, en venta, sin proyecto de futuro. Llama la atención la ausencia de debate sobre el modelo territorial, lo superficial de las propuestas de reforma constitucional o la completa ausencia de un análisis crítico sobre el encaje de España en la UE y las políticas de la Troika. Incluso en la oposición, esta vez al PSOE le interesa fingir normalidad. En el mejor de los casos, se puede decir que el producto de la Conferencia ha sido un nuevo programa electoral y la promesa de un nuevo liderazgo. De lo que se ha hablado es del partido, no del país.

En realidad, esta es una actitud bastante racional. Reconocer la dimensión de la crisis significaría poner en cuestión el papel de  las élites económicas y políticas que han conducido al país a esta situación, negar su legitimidad para seguir dirigiendo el país tras el saqueo que han significado los años de estafa financiera e inmobiliaria. El PSOE confía, por lo tanto, en su enorme capacidad para el transformismo y en la capacidad de olvido de los votantes progresistas. Pero, más importante aún, confía en la posibilidad de introducir una cierta normalidad en el escenario político, en recomponer la dinámica bipartidista con la ayuda de algunos grupos mediáticos.

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En esta lógica opera también el manifiesto que han firmado algunas personas encabezadas por Baltasar Garzón, en el que se “ofrecen a derrotar a la derecha”. El enésimo intento de desestabilizar a IU que otras veces se presentaba como tragedia, hoy no podemos verlo más que como una farsa. Farsa, porque en IU hay un consenso total en cuanto a la apuesta por derrotar al bipartidismo. Farsa, porque -en último término- el interés del PSOE en esta fase no está tanto en derrotar al PP, como en que el sistema político no se acabe de romper. En esa línea puede entenderse el veto a la reforma de la Ley Electoral de Asturias junto a PP y FAC.

Transmitir normalidad e insistir en el eje izquierda/derecha son los elementos principales que se plantea el PSOE para defender el modelo bipartidista,  pero ¿qué pasa al otro lado? ¿Qué decisiones estratégicas deben tomar las fuerzas alternativas y en especial IU? En mi opinión, lo primero es ser consecuentes con los análisis que hacemos y que han demostrado ser bastante acertados.

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En primer lugar, si planteamos que estamos viviendo una crisis orgánica del capitalismo español, es que entendemos que sectores sociales antes representados por el bipartidismo ya no lo están o por lo menos pueden no estarlo. Eso significa que las fuerzas rupturistas podemos y debemos llegar mucho más allá de aquellos ciudadanos que se definen como de izquierdas. El reto es construir una nueva voluntad colectiva, una identidad popular, capaz de ser hegemónica. Al régimen bipartidista no le va a derrotar una fuerza de izquierda alternativa sino un movimiento popular de amplia base, que ahora tenemos la posibilidad de construir o por lo menos de intentarlo.

En segundo lugar, si creemos que el régimen político de la Transición está en crisis, tenemos que poner encima de la mesa la necesidad de un Nuevo Proceso Constituyente. No se trata ya de elaborar un programa de oposición dentro de el orden, sino de situar en el horizonte político la posibilidad de un orden nuevo. Hablamos de un proceso popular, democrático y antielitista, un nuevo proyecto de país construido por los de abajo sobre las ruinas del expolio de las élites.

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Finalmente, si apostamos por la construcción de un bloque social y político para derrotar al bipartidismo, debemos hacerlo con todas las consecuencias. Se trata de articular políticamente a distintas formaciones de la izquierda rupturista, a organizaciones y movimientos sociales, gentes que venimos de distintas culturas políticas. Y se trata de hacerlo con  la voluntad  de llegar a sectores que hasta hoy estaban políticamente muy alejados de nosotros. En cualquier proceso de este tipo habrá tensiones entre el núcleo y la amplitud de la alianza, por eso es importante que IU -como actor fundamental- sepa actuar con generosidad y flexibilidad. Evidentemente, una cuestión central es acertar con las personas que vayan a representar este proceso, referentes sociales y políticos que tiene que ser capaces de condensar la pluralidad de pensamientos políticos,  luchas sectoriales y demandas que se pretende articular.

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