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Opinión · Ecologismo de emergencia

Los 'animales' de la RAE

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Hace algo más de un año, en este mismo periódico, se publicaba la noticia de que el Diccionario de la Real Academia Española (RAE) había decidido incluir, en su nueva edición, el termino animalismo referido al «Movimiento que propugna la defensa de los derechos de los animales». Hasta entonces, al menos en el diccionario de la lengua española, un o una animalista era únicamente alguien que se dedicaba a representar, artísticamente, a animales. Dicho de otro modo, el movimiento animalista, al menos en el diccionario, no pintaba nada de nada, salvo, literalmente, figuras de animales. Y ello a pesar de que social, política y culturalmente, como veremos a lo largo de este artículo, la defensa y la protección de los animales ha sido, y es, una constante histórica en nuestro país. Por ello, en 2013 el Observatorio Justicia y Defensa Animal presentó un escrito a la RAE en el que reclamaba a esta institución que el diccionario, que año tras año se dedicaba a incluir palabras nuevas tan raras como backstage, chatear, batucada, espanglish, amigovio, birra, friki, pepero, sociata, culamen o coach, se hiciera eco, de una vez por todas, de un movimiento social y reivindicativo que cada vez cobraba más fuerza en nuestra sociedad y que, por tanto, merecía tener su propia entrada en el diccionario. Al final el objetivo se consiguió y, desde entonces, el movimiento animalista también existe en el Diccionario de la Lengua Española.

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Tal vez algunas personas no entiendan la importancia de este logro. ¿En qué ayudará a los animales que el movimiento animalista tenga una entrada en el diccionario? Para empezar, y como es sabido, lo que no tiene nombre no existe, ya que ni siquiera se puede definir, ni nombrar. Y, ante este vacío, qué mejor remedio que existir en el diccionario. Además, se trata de un claro acto de justicia y de reconocimiento institucional. Mientras tanto, desde los lobbies de la caza y de la tauromaquia se sigue aludiendo al movimiento de la defensa de los animales como una moda actual, relacionando su existencia con Bambi y con Walt Disney. Y esto lo dicen los más moderados, porque los más vehementes llegan a sostener que el animalismo surge con los nazis (¿¿??). En fin, ante tanto atrevimiento, veamos qué hay de verdad tras estos comentarios más propios de copa de coñac, puro y barra de bar.

Para que se hagan una idea de cómo está la cosa, voy a empezar directamente por el final: es falso, es totalmente falso, que el movimiento animalista sea una moda, y también lo es que tenga algo que ver con Walt Disney —lo de los nazis ya ni lo comento—. Lo cierto es que la historia de España está repleta de relevantes personajes que, cada uno en su época, ya mostraron preocupación por la integridad de los animales, criticando el modo en el que se los maltrataba. Esto es así hasta el punto de que, desde los siglos XV y XVI, destacados intelectuales españoles, seglares o religiosos, defendieron que la crueldad hacia los animales suponía un mal social que era necesario combatir por el bien general de la nación. En siglos posteriores, esta preocupación por la protección de los animales fue en aumento y, lejos de quedarse como una cuestión que solo concernía a intelectuales o escritores, también la sociedad civil, organizada horizontalmente a partir de finales del siglo XIX, se sumó a esta corriente cultural. Una cosa debe quedar bien clara: todas las posturas coincidían en que una sociedad moralmente sana, educada y moderna, debe tener mayor consideración hacia los animales, y promover su defensa.

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Pero, para poder comprender mejor el importante arraigo que esta cultura de la protección animal tiene en nuestro país debemos remontarnos nada menos que a comienzos del siglo XVI. En aquel momento, en pleno desarrollo del Renacimiento español, aparece el talaverano Gabriel Alonso de Herrera, uno de los más destacados representantes del humanismo renacentista español. Este autor, en su monumental libro Obra de Agricultura (1513), expone con claridad su incomprensión y rechazo a la crueldad ejercida sobre los animales en algunos espectáculos públicos españoles —como las corridas de toros— cuando escribe que «yo no alcanzo a saber qué placer puede haber en matar a lanzadas y cuchilladas a una res, de quien ningún mal se espera; y si mal allí  hacen [los toros durante la corrida], es la necesidad y su desesperación la que les fuerza a hacerlo». Sí, han leído bien, y estamos en 1513.

Además, y en esta misma línea de proteccionismo animal, Alonso de Herrera critica a aquellos pastores que no cuidan bien de su ganado, que no lo sacan a pacer cuando lo necesita, o que no buscan buenos pastos para sus animales. Asimismo, también condena al pastor que «por pereza no cuida lo herido ni sarnoso», o a aquel «que se come al cordero, y luego dice que se lo llevó el lobo», concluyendo que el buen pastor es el que, como responsable del ganado, cuida de él, da su vida por defenderlo, busca a la oveja perdida, ayuda a la cansada y cura a la enferma. Por cierto, si viviera hoy, este insigne talaverano se echaría las manos a la cabeza ante las políticas anti lobo de algunas Comunidades puesto que, como ha quedado claro, expone que el único responsable del cuidado de los animales es el ganadero, y la culpa de lo que le pueda pasar al ganado es suya y solo suya, y no del lobo. En fin, 1513.

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Pero Alonso de Herrera no es el único autor de este periodo que muestra esta preocupación por el cuidado y la protección de los animales. Fray Luis de Escobar, relevante religioso y erudito nacido en la provincia de León hacia 1475, también compartía esta misma visión. Y lo mismo podemos decir de Fray Hernando de Talavera —confesor y persona de confianza de los Reyes Católicos—; o del jurista y humanista Francisco de Amaya —nacido en Antequera hacia 1587 y que, entre otros méritos, llegó a ser rector de la antigua Universidad de Osuna—; o del doctor Frey Damián de Vegas, relevante poeta y dramaturgo religioso del XVI. Todos plantean la misma cuestión: la crueldad hacia los animales es censurable, va en contra de los intereses de una sociedad sana y jamás puede considerarse una diversión.

Otros autores de esta misma época, como los jesuitas Juan de Mariana o Pedro de Guzmán, comparten estas mismas inquietudes, que serán una constante que hilvana la historia de nuestro país. Así, más adelante, ya en el siglo XVIII, cuando las ideas de la Ilustración penetran en España, numerosos autores —de Jovellanos a Cadalso, de Blanco White a Clavijo y Fajardo, de Goya a Vargas Ponce— plantean una y otra vez la misma consternación ante la crueldad ejercida contra los animales, sobre todo en los espectáculos taurinos, denunciando que estos comportamientos son propios de pueblos inhumanos y que, además, se trata de prácticas que perjudican al progreso de nuestro país.

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En este contexto, el padre Martín Sarmiento (1695-1772), uno de los más destacados representantes de la Ilustración española, se muestra muy combativo con la crueldad hacia los animales. En su libro Obra de 660 pliegos (escrito entre 1762 y 1766) este erudito fraile benedictino evidencia que, en aquella época, en España ya existía una importante preocupación por el bienestar de los animales. Sarmiento, por ejemplo, denuncia el maltrato que comúnmente se da a los asnos o burros. Asegura que, siendo el asno el primer animal que por su «mansedumbre, docilidad y sufrimiento» el hombre se atrevió a cabalgar, «Muy mal se lo pagan los hombres ingratos, que le corresponden con palos y más palos y con garrotazos crueles y repetidos en su cabeza […]». A continuación, su denuncia va incluso más allá: «¿Quién podrá ver sin indignarse a un bárbaro yesero que, porque a su borrico se le cayó un costal de yeso mal equilibrado, descarga sobre el infeliz animal una furiosa nube de golpes, apaleándole con el varapalo […]? Vi a uno de esos cómitres de pollinos tan desalmadamente cruel que le juzgué más estólido y estúpido que el mismo jumento. Por esas y por otras, formé el dictamen de no mirar jamás con buenos ojos a los que a sangre fría hacen daño grave a los animales inocentes y domésticos». No lo puede expresar con mayor claridad: los que hacen daño a los animales deben ser censurados, denunciados y apartados de la sociedad. Y estamos en el siglo XVIII.

Por si fuera poco, en esta misma obra, y condenando a los maltratadores de animales, este ilustre religioso sentencia: «Por mí, jamás tendré amistad con ese género de brutos. A uno de esos, que tenía mortal tirria contra los perritos, y que pacíficamente había echado uno por una ventana, le hice saltar las lágrimas, con la eficacia de la reprehensión que le di; pero se enmendó; y desde entonces se moría por un perrito. En vista de esto, qué juicio haré de los que, a sangre fría, ven matar a un animal, sea el toro, perro, y caballo». Martín Sarmiento, es evidente, recoge el testigo de anteriores autores e, incluso, va más allá. Para él, los animales merecen consideración, un trato digno y humano y, sobre todo, respeto.

Por otra parte, Benito Jerónimo Feijoo (Ourense, 1676-Oviedo, 1764), religioso, poeta, filósofo, escritor y profesor considerado como uno de los grandes representantes del pensamiento ilustrado español, también evidencia la existencia de una histórica cultura de preocupación ante el bienestar de los animales en el siglo XVIII. Este fraile benedictino, que llegó a ser vicerrector de la Universidad de Oviedo, defiende rotundamente que los animales no sólo son seres sintientes sino que, además, poseen entendimiento. Por ambos motivos, en su obra Teatro crítico universal, Feijoo condena el maltrato hacia los animales señalando que estos seres han de ser dignos de un trato piadoso y, en ningún caso, cruel. El interés de este autor por la defensa de los animales le hizo oponerse públicamente a la teoría cartesiana del automatismo de las bestias, según la cual los animales serían simples máquinas inanimadas, mecanismos autómatas sin sentimientos que funcionan como si fueran, por ejemplo, simples relojes. Lo más importante en el caso de Feijoo tal vez sea que afrontó este asunto desde el método científico, ya que sus conclusiones las obtiene, como él mismo escribe, a partir de la observación empírica del comportamiento animal. Su aproximación científica a este tema evidencia que la defensa de los animales no responde necesariamente a una cuestión meramente sentimental o emocional, sino que el pensamiento racional, la ciencia, tienen mucho que aportar a la materia.

Más adelante, avanzado ya el siglo XIX, numerosos autores prosiguen mostrando esta misma consternación con respecto al trato que se da a los animales en España. Evidentemente, muchas de estas críticas están centradas en los espectáculos taurinos, que históricamente han supuesto en nuestro país la muestra más evidente de la crueldad ejercida sobre los animales que en ellos son utilizados: toros, perros, caballos, mulos o vacas.

Pero, además, en el último tercio del siglo XIX es la propia sociedad civil española la que comienza a organizarse horizontalmente para combatir la crueldad hacia los animales. Entonces es cuando surgen las primeras sociedades protectoras de animales. Si los Gobiernos y los legisladores no ponen freno a la barbarie, habrá de ser la propia ciudadanía, organizada, la que demande a sus representantes públicos cambios tajantes, tanto legales como sociales. Así, a medida que parte de la sociedad española va a accediendo a la educación y al conocimiento, la ciudadanía comienza a tomar conciencia de las ideas proteccionistas hacia los animales que ya se habían asentado con fuerza en otros países de nuestro entorno europeo. De este modo, la primera Sociedad Protectora de Animales de nuestro país se crea en Cádiz en 1872. Tras la gaditana se fundan la de Madrid (en 1875), la de Sevilla (en 1876), la de Barcelona (en 1878) o la de Soria (en 1879).

También a finales del XIX surge en España el Regeneracionismo, una corriente de  pensamiento que propugnó una profunda renovación social, política, educativa y cultural para una España en clara decadencia, sumida en graves crisis y muy retrasada frente al progreso europeo. Para este movimiento, y para sus más destacados representantes, el trato que se daba a los animales en nuestro país fue una de sus preocupaciones. Esto se aprecia, por ejemplo, en la figura del insigne Joaquín Costa, quien escribe: «El [hombre] justo toma a su cuidado la vida de sus animales; pero el malvado no tiene entrañas para ellos. La crueldad hacia los irracionales hace el corazón insensible a los sufrimientos de los hombres».

También conviene hablar de Blas Infante, otro gran regeneracionista y otro gran defensor de los animales. Infante, considerado como el padre de Andalucía, creó de su puño y letra Los mandamientos de Dios en favor de los animales, un decálogo en el que este jurista y político malagueño evidencia el enorme respeto y amor que siente por los animales. En uno de estos mandamientos sentencia que «el hombre cruel con los animales lo será también con los mismos hombres. La crueldad es siempre una cosa misma, aun cuando cambie su objeto».

Y, si nos fijamos en la célebre Generación del 98, todos sus miembros, de Azorín a Baroja y de Unamuno a Antonio Machado, denunciaron, de una u otra forma, que una sociedad que se divierte contemplando el sufrimiento de animales no es una sociedad sana.

Y en el siglo XX, la siguiente generación literaria y artística, la del 14, cuenta, del mismo modo, con destacados defensores de los animales. Figuras mundialmente reconocidas como la de Juan Ramón Jiménez, premio Nobel de Literatura en 1956, fueron grandes defensores de los animales. Otro representante de esta Generación del 14, el académico gallego Wenceslao Fernández Flórez, fue otro gran defensor de los animales, y en su obra hallamos numerosas pruebas de ello.

Pero, llegados a este punto, existe otro relevante personaje histórico que merece la pena destacar por encima de todos: el Premio Nobel de Medicina de 1906, Santiago Ramón y Cajal, considerado el padre de la Neurociencia moderna. Este ilustre médico manifiesta una especial condena ante el sufrimiento de los animales, y lo hace apoyándose, precisamente, en sus estudios científicos —una vez más, la Ciencia—. Así, Cajal escribe que, al ser maltratados, tanto los animales no humanos como los humanos «muestran las mismas heridas, y al morir presentan los mismos síntomas: bañados en sangre, ya no corren, ni respiran, ni sienten, ni piensan… Puesto que todos poseen un corazón y un sistema nervioso complicado […]». El Premio Nobel lo expone rotundamente: todos somos animales y, además, existe una coincidencia de intereses básicos entre los animales humanos y los no humanos: vivir, respirar, sentir, huir del dolor, buscar el placer… Y, lo repito una vez más, todo esto lo sostiene no desde las emociones, sino a partir de sus estudios y conocimientos científicos.

Tampoco podemos olvidar en este breve repaso histórico a mujeres como Emilia Pardo Bazán, Carolina Coronado o Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero), quienes, del mismo modo, denunciaron la crueldad cometida sobre los animales, por mera diversión y entretenimiento, en algunos festejos populares españoles.

Además, esta tradición de defensa y protección de los animales tuvo reflejo, a lo largo de los siglos, en la legislación española, creándose diferentes normativas orientadas a reducir, minimizar e incluso eliminar el sufrimiento animal en la vida social y en las costumbres españolas. Los gobiernos de Carlos III y Carlos IV, a finales del XVIII y comienzos del XIX, prohibieron los espectáculos taurinos por razones humanitarias. Y más adelante surgen nuevas normativas de protección de animales: Reales órdenes como una que, en 1883, por ejemplo, establecía que los maestros inculcasen a sus alumnos sentimientos de benevolencia hacia toda clase de animales, u ordenanzas municipales que, como la de Madrid de 1892, prohibía todo acto violento que pudiera ocasionar sufrimiento a los animales. O la Real Orden Circular de diciembre de 1925, que establecía la obligación general de proteger a los animales y las plantas, y declaraba de utilidad pública a las asociaciones constituidas con la finalidad de divulgar esta obligación. Asimismo, durante las primeras décadas del siglo XX se prohibieron en nuestro país las peleas entre animales y el uso de animales vivos en las cucañas o como tiro al blanco. También se reguló la recogida municipal de perros abandonados y se prohibieron las llamadas “carreras de gallos” —unos festejos populares que consistían en colgar a estos animales por las patas para ser luego violentamente descabezados—. Y también se protege a los animales de ganadería o de trabajo frente, por ejemplo, a la obligación de ser sometidos a trabajar en exceso o sobrecargados.

Para ir acabando, conviene remarcar que, desde el punto de vista social y cultural, esta tradición de protección y defensa de los animales sigue vigente hoy en día. Así, a finales del siglo XX y comienzos del XXI, numerosos autores continúan denunciando el maltrato animal. El filósofo José Ferrater Mora, por ejemplo, considera —también desde una postura racionalista— que a «los animales, como criaturas vivas que tienen preferencias, y que pueden sufrir y experimentar placer y dolor, se les tiene que permitir vivir su vida libremente, libres de la explotación y el control humanos». Otro destacado filósofo, Jesús Mosterín, dedicó gran parte de su trabajo a reflexionar acerca de la relación entre los seres humanos y el resto de animales, siendo un gran defensor de éstos y posicionándose claramente contra el maltrato animal.

Además, en la actualidad existen en España alrededor de 2.500 entidades legalmente constituidas cuya misión es la promoción de la defensa de los animales. Y, en el ámbito académico, los llamados Estudios Animales —Animal Studies en inglés—, que reflexionan e investigan acerca de los derechos animales desde disciplinas como el Derecho, la Filosofía, la Psicología, la Sociología o la Historia, están cada vez más presentes en nuestras universidades. Una vez más la Ciencia nos señala el camino a seguir.

En fin, parece claro que la cosa va en serio, y que el movimiento por la defensa de los derechos de los animales no es ni una ocurrencia ni una moda actual. A pesar de ello, la última lindeza del lobby tauromáquico consiste en acusar al movimiento animalista de querer prohibirlo todo. Pretenden retratar a los animalistas como unos malvados censores, unos amargados que no dejan a los demás divertirse con sus sanguinarios entretenimientos, y por eso los animalistas, que son muy malos y muy resentidos, quieren prohibir todo lo que suponga crueldad hacia los animales. Como escribió Mosterín, «Realmente tienen que estar muy desesperados para agarrarse a ese clavo ardiente». Y así es, están desesperados, y mucho. Lo están hasta el punto de que podríamos pensar en que el lobby taurino está compuesto por peligrosos anarquistas y libertarios que no quieren prohibir nada, ni la tauromaquia ni nada de nada, ni las violaciones, ni el asesinato, ni el robo, ni la explotación infantil, ni las peleas de perros ni nada. Es decir, prohibido prohibir, todo está permitido. Eso o que, simplemente, se están arrogando a ellos mismos la potestad de decidir lo que se puede o no se puede prohibir. Siglos de leyes y de Derecho fundamentados en prohibir, en regular y en proteger a los más débiles frente a los abusos de los poderosos, tirados a la basura porque, sencillamente, está prohibido prohibir. No cuela, amigos. Las sociedades, históricamente, tienden a la perfección moral y, en ese largo y tortuoso camino que nos ha de llevar a esa perfección, una de las siguientes paradas pasará por tener en cuenta la dignidad y el respeto hacia los animales y hacia sus intereses, entre ellos el de seguir vivos.

Sea como fuere, y para acabar, conviene concluir que la historia de nuestro país es también la historia de todos estos hombres y mujeres, y de asociaciones ciudadanas, que, cada uno en su época, alzaron su voz para denunciar que los animales son seres vivos y compañeros sociales que merecen ser protegidos contra la crueldad y el maltrato. Todos convergieron en la idea de que la crueldad hacia los animales suponía un lastre para el interés general de España, pues la violencia engendra violencia, y por eso hay que combatirla en todas sus formas o expresiones.

Hoy en día, en la actualidad, el movimiento animalista está presente en la calle, en los medios, en las redes sociales, en la universidad y, gracias al trabajo de partidos como Unidas Podemos, también en las instituciones públicas, y hasta en el Gobierno, a través de una pionera Dirección General de Derechos de los Animales. Y, además, como decía, el animalismo también existe en el diccionario, donde ya debió estar representado desde hace años. Y ahora, que vengan los todopoderosos lobbies de la caza o de la tauromaquia, siempre inmovilistas, conservadores y reaccionarios, a seguir diciendo lo de la moda, lo de Bambi o lo de los nazis. Que vayan al diccionario por la letra A, busquen y aprendan. La RAE ha hecho justicia histórica con los animales, y esto no ha hecho más que empezar.

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