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Opinión · Comiendo Tierra

Poetas, periodistas, mercenarios y bolcheviques

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Federico García Lorca en Uruguay. 1934

Escribir salva la vida, la honradez la dignifica

Son muchos los autores que han afirmado que la escritura les ha salvado la vida. No menos quienes han dicho que la lectura es la única forma que han encontrado para que la vida no se les convierta en una cárcel sin barrotes, un campo de concentración donde sean, al tiempo, el comandante del lager, el preso con el triángulo en el pecho y el vecino que decidió mirar para otro lado cuando se los llevaban. Más temprano que tarde, las generaciones que han vivido en el delirio audiovisual van a encontrar en los libros y sus profundidades desafío y sosiego. Vitaminados por esas tardías lecturas, van a salir a colgar de las farolas a los que les dijeron que eran más felices en la inmediatez fugaz y anestesiante de una sacudida de Instagram o tiktok, en las vidas virtuales de las nuevas aristocracias o en una serie estirada y estirada y estirada que te ha robado la vida durante demasiadas temporadas.

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Es conocida la afirmación de la actriz francesa Simon Signoret de que "Haría de fascista en una película antifascista, pero jamás interpretaría a una antifascista en una película fascista". Una manera honesta de reconocer que en el cine hay quienes entienden que por encima de una imagen personal superficial -no aceptar nunca, por ejemplo, papeles en donde haya que bucear en las aguas oscuras de la humanidad- está el compromiso con la parte que le corresponde a la cultura en la construcción de sociedades decentes. Es una intuición probada la mayor facilidad de que existan actores y actrices egoístas y desentendidos en series de televisión y en el cine que en el teatro, por lo general un sitio de faranduleros, comediantes, figurantes, de representantes de tablas, gradas y bambalinas dispuestos a señalar al poder de frente, interrogándoles desde la risa o con un guiño de emboscado.

Es evidente que si Signoret hizo esta afirmación es porque existían películas fascistas -pongamos: "amables con la extrema derecha" o complacientes con un mundo perverso- donde, a mayor gloria del héroe viril, violento, autosuficiente, seguro de sí mismo, egoísta, tribal, patriota de opereta o simplemente necio, tenían que sacrificarse izquierdistas previamente ridiculizados. A mediados de los años 70, tras el Watergate y la derrota en la guerra de Vietnam, Samuel Huntington, el gran guionista de la política exterior norteamericana, señaló la necesidad de controlar la industria de la comunicación y el entretenimiento para evitar esos excesos de democracia que tumbaban presidentes y hacían perder guerras.

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Los norteamericanos necesitan superhéroes porque fraguaron su nación conquistando territorio, encomendándose a dios y matando indios; también porque nunca han tenido un partido socialista o comunista fuertes.

Los problemas de Rambo no se veían en su probable psicopatía aplicada a matar vietnamitas como si fueran ratas durante la ocupación norteamericana del país, sino que, a la vuelta, la patria no le recompensaba lo suficiente el sacrificio hecho (la película hubiera tenido su gracia si un vietcong hubiera ayudado en la película a Silvester Stallone a disparar al ejército en suelo gringo y reventar la gasolinera brindando a los vecinos un poco del napalm que los de las barras y las estrellas habían vertido en Vietnam). Los norteamericanos necesitan superhéroes porque fraguaron su nación conquistando territorio, encomendándose a dios y matando indios; también porque nunca han tenido un partido socialista o comunista fuertes.  Si Hollywood fuera un entramado que pusiera hoy en peligro el statu quo norteamericano, en los platós estaría patrullando una VIII o IX Flota dedicada en exclusiva a evitar que se infiltraran enemigos bajo los focos y delante y detrás de las cámaras.

Es verdad que hay alguna película donde algún periodista dispara contra el sistema y triunfa (el periodista ya borda el papel cuando, si bien termina expresando deontología, es un borracho  profesional y su vida personal es un desastre). De jueces operando contra el sistema hay alguna obra de teatro, pero nadie ha financiado la película porque Hollywood, pese a la mirada amable de algún periodista con la cresta mohicana de liberal, tiene claro para quién trabaja.

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Los medios de comunicación leen El manifiesto comunista

Decían Marx y Engels en El Manifiesto comunista que el Estado es "donde se sienta el consejo de administración que gestiona los intereses conjuntos de la burguesía". Fueron astutos. Decían: los intereses conjuntos, no los de un burgués concreto que puede meter la pata. Porque llegado el caso, le corresponde al Estado capitalista decirle: cuidado, que por ahí no va, que nos jodes el negocio a todos. Pero el Estado vive hoy una suerte de esquizofrenia. Tiene que servir a demasiados señores. Por eso, esa tarea de "canario en la mina" la hacen hoy, como alertadores tempranos de conflictos, los medios de comunicación.

El Estado, lleno de inercias, tiene un alma que quiere seguir en todos lados siendo el mayordomo del poder y guardar la paz social. Pero no puede hacerlo si rescata bancos, perdona deudas a empresas, baja impuestos a los ricos y obliga, al tiempo, a que la gente pague hipotecas de 500 euros al mes.

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El Estado, lleno de inercias, tiene dos almas. Una que quiere seguir en todos lados siendo el mayordomo del poder; otra, guardar la paz social. Pero no puede hacerlo si rescata bancos, perdona deudas a empresas, baja impuestos a los ricos, deja que las ganancias se desborden y obliga, al tiempo, a que la gente pague hipotecas de 500 euros al mes. Por eso, en el mundo actual, uno de los principales defensores de los intereses colectivos de la burguesía son las televisiones, los  periódicos, las radios, las redes, los videojuegos y las empresas de entretenimiento.

Hemos visto recientemente en España a los principales periodistas de la derecha -Ana Rosa Quintana, Federico Jiménez Losantos, Carlos Herrera- regañando al partido de extrema derecha VOX porque con su ofensiva contra el aborto debilitaba la posición centrista que quería construir Núñez Feijóo, el sucesor de Pablo Casado -el del máster que engordaba un currículum que los medios se encargaban de restregar a los iletrados-. Ese discurso centrista tiene la intención de robar algún voto por el centro e, incluso, del partido socialista.  Estamos viendo en Andalucía que, con un discurso moderado, el Presidente del PP, Moreno Bonilla, está desmantelando los servicios públicos de salud, educación e igualdad, algo que no podría hacer si fuera la extrema derecha quien lo ejecutara. El discurso moderado es el que le permite a la derecha hacer políticas radicales. Igual que solo el PSOE pudo hacer la reconversión industrial.

Es importante entender que esta conexión entre todos los hilos del entramado comunicacional no necesita de llamadas, amenazas o ultimátum de la dirección o los dueños -que existen, claro, pero solo se activan en casos extremos- sino que está engrasado porque todos los que están dentro saben lo que se espera de ellos y de ellas y obran en consecuencia.

Un sistema cibernético sin capataces ni apenas esclavos huidos

No pensemos, pues, que nadie llama todos los días por teléfono para poner de acuerdo a todo el sistema de medios. Las cosas no funcionan así. Se ponen de acuerdo sin acordar, porque son ellos mismos y sus equipos los que leen cuál es la estrategia que conviene al sistema en su conjunto: principalmente golpear a la izquierda y disipar las alternativas.  Podríamos buscar metáforas pero todas serían malintencionadas. Baste recordar que en la evolución del Estado, lo mismo ocurría con las fuerzas armadas. No necesitaban muchas explicaciones. De hecho, en España el Rey ha tenido desde los tiempos de Cánovas del Castillo el mando sobre las fuerzas armadas. Lo raro ha sido cuando el ejército ha dado un golpe para acabar con una dictadura, tumbar una monarquía, para defender la democracia o para frenar a los poderosos. Y difícilmente podrá mostrar nadie documentos internos de los ejércitos que, salvo ambiguas referencias a los subversivos, justifique su papel histórico en esa defensa del statu quo.

Una de las figuras más importantes en la política hoy en día es el spin doctor, el experto en comunicación que lee la política no en términos de proyecto de país -algo que hacían antaño los ideólogos- sino intuyendo las inclinaciones de la opinión pública. En algún lugar se cruzan los expertos en comunicación de los gobiernos, los de la oposición, los medios de comunicación, los consultores... Todos saben que la verdad coincide con el relato de la verdad. Saben también que son ellos los que tienen la fuerza de, incluso, por ejemplo, cargarse a un Secretario General del Partido Popular, como le pasó al pobre diablo Casado, o cargarse a una promesa de la derecha, como le pasó al pobre diablo de Albert Rivera. No pagan ningún precio porque de esas inmolaciones no hay relato negativo (tampoco cuando cargos del PP han asesinado a otros cargos del PP por rencores políticos o negocios), como sí lo hay, por ejemplo, de los asesinatos de ETA.

Claro que hay excepciones, pero resulta complicado imaginar un aluvión de periodistas que dijeran: "podría hacer una columna fascista en un medio antifascista pero nunca escribiré una columna antifascista en un medio fascista". Permítaseme insistir. El nuevo papel de los periodistas explica por qué han tolerado las élites a algunos comunicadores juntarse con ellos en las urbanizaciones de lujo, con el riesgo de que se empiernen con sus hijos. O da cuenta de por qué han dado licencia de tuteo a algún periodista que fue rojo y al que invitan a las tertulias de televisión porque insulta invariablemente a Podemos, al tiempo que le invitan a jugar al golf con el Emérito y con el jefe de los espías (finalmente contratado por una multinacional de la energía). En el deep State del siglo XXI, podríamos concluir, están también los periodistas.

La política ya no representa clases sociales

La política ya no representa siempre condiciones (clases sociales, estatus ciudadanos, identidades) sino situaciones. Por eso ganó en Madrid Isabel Díaz Ayuso. Momentos efímeros construidos como un estado de ánimo. Vivimos un momento de representación, porque la verdad es demasiado grosera como para contársela al pueblo. Por eso, en Davos puede ir Sánchez a decir que hay que hacer lo que él pone tantas dificultades en España para que se haga, o invitan a algún historiador para que insulte a las élites y así parezca que en lo oscurito de Davos no se sientan los poderosos a ver cómo pueden seguir siendo poderosos.

Hoy la izquierda ya no es directamente anticapitalista porque se hundió la URSS y no sabemos cómo son los contornos de una alternativa total. La izquierda es anti neoliberal. Que no es poco.

Los de Davos fueron los que convirtieron la globalización en una suerte de bálsamo de Fierabrás que todo lo cura. Ahora han dado marcha atrás y saben que a esa mentira de abrir las fronteras a capitales, bienes y mercancías le ha sustituido el regreso de la geopolítica y la crudeza de la defensa de lo propio.

Hoy la izquierda ya no es directamente anticapitalista porque se hundió la URSS y no sabemos cómo son los contornos de una alternativa total. La izquierda es anti neoliberal. Que no es poco. Sin ni siquiera expresarse así, el Papa Francisco parece Lenin. El mundo está tan podrido por la depredación medioambiental, por las migraciones obligadas tras la devastación de los países del tercer mundo, por la codicia miope del capital que necesita hacer beneficios con una voracidad incomprensible de manera creciente y cada vez en menor plazo, por la conversión en mercancías de los principios morales que eran el cemento de nuestras sociedades... Pedir simplemente regular ese capitalismo enloquecido hace parecer un bolchevique hasta al cansado Papa Francisco. En San Manuel Bueno mártir, Unamuno nos cuenta la historia de un cura que ha perdido la fe y por eso mismo es el único que en verdad cree.

Bolcheviques cuando ya no hay Palacios de Invierno, poetas cuando hay serial killers de la poesía

Los liberales hoy parecen bolcheviques, los antineoliberales, bolcheviques, las feministas que piensan en todas las mujeres y no solo en su coño particular, bolcheviques, los cristianos consecuentes, bolcheviques, los periodistas decentes, bolcheviques igual que los jueces que no contestan a las llamadas de los poderosos. Por fortuna nos quedan los poetas, incansables, lúcidos, irreverentes, aunque esos siempre, cuando son verdaderos poetas, han sido desde su libertad un poco bolcheviques.

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