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Opinión · Otras miradas

Llorar no sirve

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La realidad paralela mediática, esa matrix en que la mayoría habitamos, se focaliza cada cierto tiempo en “un muertito”. Nuestras televisiones desde luego; el resto también, a su rebufo o no. La audiencia manda, dicen, y los que trabajan alimentando sus gustos, por perversos que sean, saben que hay pocas cosas que den más gusto que llorar por un niño. Todos los que conocemos los entresijos de los medios lo asumimos, todo el que sea un poco observador lo reconocerá.

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Este mes “el gran muertito” ha sido Leo, un pequeño de dos años víctima de violencia vicaria, asfixiado por su padre, recién separado y huido, si todo lo que parece se confirma.

A este “muertito” le acompañan fotos y vídeos de su asesino. Lo hemos visto en el pasillo del hotel donde lo asfixió, mirando a hurtadillas si había alguien que pudiera ser testigo, también en su huida y en el aeropuerto, y fotos y reconstrucciones de sus posibles cambios de look para pasar desapercibido en su fuga. Como todo buen “muertito” que se precie, todo muy espectacular, todo con mucho material gráfico, todo muy sobrecogedor.  El último mensaje del padre a la madre fue:  “Te dejo en el hotel lo que te mereces”.

Y mientras nos ilustran nos lamentamos y lloramos como plañideras eternas, como lloramos por tantos males cotidianos sin buscar soluciones concretas, cruzados de brazos, llorando y llorando como única salida boba, como gran desahogo sin propósito.

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Los psicólogos cuentan que esta violencia vicaria que vemos, la asesina, es solo la punta de un iceberg monstruoso que lleva a sus consultas incluso casos de abusos sexuales de padres a sus hij@s sin antecedentes de pederastia ni ganas de ejercerla. Solo como macabras maneras de metabolizar la frustración que toda separación conlleva.

Y a ese mar de fondo podrido, hijo bastardo del dolor y la rabia, de falta de herramientas e impotencia, se suman las más de mil asesinadas por violencia de género en España desde que empezaron a contarlas, los cientos de miles de mujeres víctimas de violencia de género que cada año se atreven a denunciarla –más las que no y se salen de las cuentas–, las víctimas de trata, las decenas de miles de agresiones sexuales que sabemos y cuántas que ignoramos, y tantas víctimas y victimarios que podríamos “salvar” con una educación distinta. Todo junto produce escalofríos más que llantos. Y ya hemos llorado bastante. No lo vamos a arreglar llorando.

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Las certezas de los médicos, la razón y los hechos marcan un camino inequívoco. Somos animales sexuales sin tendencia sexual definida por el género, la masturbación no es censurable, la pornografía que más circula difunde una práctica de la sexualidad insana y violenta, el reparto no equitativa de las tareas del hogar y de cuidados es el principio de la dominación masculina que acarrea abusos más o menos delictivos que parten de la misma raíz injusta.

¿Tan difícil es entender que negar estas realidades es condenarnos a seguir llorando por lo mismo? Ni dios ni nadie nos salvará de todo esto por ciencia infusa. Por mucho que se haga desde prismas ideológicos o religiosos, a estas alturas oponerse a la educación en igualdad es como oponerse a Darwin en el siglo XIX, como ir en contra de la invención de la rueda después de probarla.

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Estoy convencida de que con el tiempo, los reaccionarios serán cada vez menos, como cada vez hay menos creacionistas, y que todo esto, tan obvio ya, por fin quedará establecido.  Para acortar ese plazo y el número de víctimas que caerán en ese camino propongo convencer a los que duden animándoles a hacerse estas preguntas sencillas: ¿con una temprana educación afectivo–sexual en igualdad se evitarían muchos de estos males? ¿Salvaríamos a niños como Leo?

“Por supuesto”, me contesta una psicóloga experta en el tema. Por supuesto. No todos pero sí la mayoría.

Ojalá pronto, en veinte años mejor que en cincuenta, cuando se escuche en una redacción que “ya nos va haciendo falta un muertito”,  lo que aparezca no sea otra víctima de la cerrazón, de seguir tratando de imponer un pasado caduco. Ojalá estas difusiones de difuntos nos lleven a algo más que a seguir llorando.

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