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Opinión · Otras miradas

Cucarachas y humedades por 600 euros

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Hace seis meses, en agosto, me mudé a un piso nuevo –de alquiler, por supuesto. El apartamento, si es que se le puede llamar así, es una caja con cuarenta metros cuadrados y dos puertecitas; una de ellas da al baño, la otra, a la minúscula cocina.

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A fallback.

A los diecisiete años, me vine a Madrid. Desde entonces, he estado pagando cantidades desorbitadas de dinero, cada una más grande que la anterior, para poder dormir en cuchitriles compartidos con gotelé amarillo por todos lados, como en las cárceles chechenas.

En agosto del 2022, ya con 21 años, decidí mudarme solo. No sé muy bien por qué lo hice, pero el caso es que aquí estoy. Tras tirarme más de dos meses bicheando por Idealista, ese portal inmobiliario que te hace pensar con ojitos cucos el rajarte el cuello con los pocos cristales que queden después de reventar el portátil a puñetazos, encontré una cosa decente y a buen precio en la zona del Alto de Extremadura, en Puerta del Ángel.

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Cuando hablo de cosa decente y a buen precio, estoy hablando de algo que me puedo permitir, no de algo decente y a buen precio de verdad, ya sabéis. Por este cínico apartamento, que venía sin muebles ni nada que se le pareciera, tuve que pagar dos meses de fianza además del mes en curso. Teniendo en cuenta que el alquiler es de 600 palos, os dejo un ratito para que hagáis cuentas.

Todo fue bien durante la primera semana, o eso pensaba yo, hasta que, un sábado cualquiera, me encontré una cucaracha americana, de esas marrones del tamaño del bazo de un prematuro, correteando de chill que flipas por la encimera. El apartamento – que, por cierto, es un bajo; un antiguo local comercial reformado muy malamente – venía con inquilinos. Ni yéndome a vivir solo me libraba de los compañeros de piso.

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Al principio, en una cruzada épica que llamé La Guerra Blattodea, decidí combatir la invasión con media docena de trampas para bichos, botes de insecticida y todo tipo de productos abrasivos; sin embargo, el punto álgido de la batalla llegó una noche en la que escuché unas patitas cerca de mí, encendí la luz y vi a uno de esos bichos apuntándome con las antenitas desde la mesilla. Y ahí empezó la fiesta.

Completamente desnudo –era verano y estaba en la cama– me calcé las botas militares y dejé que mi cerebro se derritiera y fui hasta la cocina y le empecé a pegar patadas a la lavadora mientras reía como un enfermo y los bichos empezaron a asomar y yo moví también la nevera y de ahí no hacían más que salir predators y yo ya había perdido la cordura y no hacía más que brincar sobre los cadáveres y, bam, bam, os juro que en aquellos diez minutos de demencia neurosifilítica aplasté más de veinte.

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Agotado, con una ansiedad de caballo y barajando la opción de prenderle fuego a Puerta del Ángel, al día siguiente llamé a mi nuevo casero para comentarle la movida. ¿Sabéis lo que me dijo? Que él no podía hacer nada, que eso era problema mío.

Con mi voz de drillero chungo, le solté todo tipo de amenazas –jurídicas y físicas, no nos vamos a engañar– hasta que, finalmente, accedió a pagarme una desparasitación. El tratamiento, que se podía pagar en tres meses, apenas superaba los doscientos euros –os recuerdo que pago 600–, pero el muy notas me lo vendió como el gran favor de mi vida.

El caso es que ha pasado el tiempo y las cucarachas han desaparecido por completo, sin embargo, hace dos semanas descubrí una nueva sorpresita: el piso no tiene una, sino dos humedades. Una de ellas, más o menos controlada, está en la pared del salón que da al baño; pero la otra, que es gigantesca, está a tras la mesilla de noche, a pocos centímetros de mi cara cuando duermo.

Evidentemente, las humedades son cosa del casero porque el inquilino no tiene nada que ver, es una movida de la propia ventilación del apartamento, así que lo llamé para comentarle la vaina. ¿Sabéis que me dijo? Que hacía “nada” que me había pagado la desparasitación, que “mejor” me esperara unos mesecitos. Vamos, que me buscara la vida.

Mi casero no se conforma con cobrarme 600 eurazos al mes, sino que no se digna a llamar al seguro (¿tendrá seguro?) o a enviarme un albañil o a lo que el sabrá que sea para arreglar un problema en una casa que ya tiene pagada y que no hace otra cosa que reportarle beneficio (porque, no, este señor no es uno de esos ancianitos bonachones, como nos los venden, que paga la hipoteca a duras penas gracias al alquiler).

Me gustaría que alguien me explicara, en serio, qué sentido tiene trabajar como un animal para pagar una pocilga que, mes a mes, hace un agujero abismal en mi nómina; qué lógica tiene esforzarme, partirme la cara a diario, para que una gran parte de mi dinero vaya a un señor que se lo lleva crudo y no se digna ni a arreglarme una humedad.

Esto que os cuento no es anecdótico, ni mucho menos, sino que es parte habitual de la conversación entre mis amigos. Quien ha conseguido entrar una casa ve cómo su dinero se va mes tras mes en nada, solo en pagar una celda de moho en las baldosas, un piso compartido, una ratonera llamada estudio.

Mi generación, con toda la razón del mundo, está desmotivada porque esto no puede seguir así: estamos hartos de pagarle un porcentaje desorbitadísimo de nuestras vapuleadas nóminas a tipejos que luego no se dignan ni a cogernos el teléfono cuando tenemos un problema serio. Pero es el mercado, ¿no? Bueno, pues si el mercado es pagar 600 euros por cuarenta metros cuadrados, yo propongo rociar con napalm el mercado.

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