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Opinión · Otras miradas

Centro di gravità permanente

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Vista de la asistencia de público durante el día inaugural de Fitur 2024 en Ifema, Madrid este miércoles. EFE/ Sergio Pérez

Según el último informe AROPE (At Risk of Poverty and/or Exclusion) el 33’5% de la población, una persona de cada tres, no puede permitirse una semana de vacaciones fuera de casa. Por eso, la democratización del turismo, aparejada a las ofertas low cost, ha sido tan importante en nuestro país. 

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Hasta nuestra generación, muchas familias, salvo para ir a vendimiar a Francia, no habían podido salir de España. Las políticas públicas que hemos concebido deben ser conscientes, además del impacto del sector en el PIB y en los puestos de trabajo, de la relevancia para muchas familias de poder viajar, o al menos aspirar a hacerlo, con el fin de descubrir mundo y, en ocasiones, evitar tanto problemas cotidianos e incertidumbre vital. 

Sin embargo, es imperativo que se concluya, o al menos mitigar, las variables negativas del modelo turístico actual: contaminación, sequía, emergencia residencial, precariedad laboral y horarios infernales, saturación de los servicios públicos, homogeneización cultural y soledad no deseada. 

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La gente está asfixiada por la subida desalmada de los precios del alquiler, la temporalidad tremenda e incierta de sus trabajos, de ver cómo los menús y las cervezas se disparan en los bares que dejan de tener olor propio para parecerse a cualquier otro con carta en diversos idiomas, del aire insano provocado por los macrocruceros y del ruido grotesco de las despedidas de soltero. 

La gente tiene miedo de ver cómo su edificio se vacía de vecinos, con nombres propios, que no pueden pagar o que huyen buscando algo de paz mientras se llena de turistas anónimos a quienes no pueden pedir sal o risas un mal día, ni con quien tampoco pueden chismorrear tomando café, ni mucho menos recordar aquella vieja anécdota que comparten varias generaciones. 

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La negación o el retardismo para tomar decisiones regulatorias urgentes es fomentar hoy la turismofobia. Tenemos como país el reto de dotarnos de una política turística que vaya más allá de regalar dinero a fondo perdido a empresas privadas sin asumir las externalidades negativas de su actividad económica. No podemos dejarnos secuestrar por el miedo a la falta de alternativa, de planificación pública y dinamización económica. El miedo atrapa e inmoviliza. Y si algo no tenemos es tiempo, la desigualdad y el cambio climático aprietan. Y de seguir así nos pueden ahogar. 

Por ello, es vital, que encontremos en el Pacto de Estado por el Turismo Justo, Sostenible y Accesible un centro di gravità permanente que permita compaginar el decrecimiento turístico en las zonas masificadas con la desestacionalización del sector y la diversificación de nuestro modelo productivo.  

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Apremia, y lo aprendimos especialmente durante la pandemia de la Covid19, reindustrializar, relocalizar producción, e innovar. Y debe ser ahora que la propia patronal reconoce que hay beneficios históricos.  

Por ejemplo, en València, según la Alianza para la Excelencia Turística (Exceltur), en 2023 se han disparado los ingresos por habitación un 33%, muy por encima de los costes energéticos o la subida del SMI. Y su previsión para 2024 es incrementar la facturación otro 10%.  

No valen excusas. No podemos esperar a otra pandemia, a la que, por cierto, jaleamos cada vez que permitimos perder biodiversidad, ni a una gran catástrofe natural. Hagámoslo por sentido común y sobre todo para que todos podamos vivir mejor.

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