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Opinión · Otras miradas

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Chica leyendo en una biblioteca.- Freepik

Cuando, con siete años, don Rafael, mi maestro, que también era mi padre, nos leía en clase la revista Aguilucho de los misioneros combonianos, yo quería ser misionero en África. Asumiendo el riesgo, como buen mártir, de ser devorado por los caníbales previa cocción en una marmita borboteante. Sabía que me quemaría, ciertamente, que me abrasaría vivo, al son de los cánticos tribales, el tantán y los alaridos, pero no me importaba. Es más, deseaba ese sufrimiento, tal y como había leído y visto en unos dibujos, porque no podría convertirme en un mártir verdadero sin mi buena dosis o ración de castigo y tormento.

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Casualmente, el día de mi cumpleaños, mi padre, que también, como digo, era mi maestro, al que todos llamaban don Rafael, incluyéndome a mí, pues me tenía dicho que en clase, delante de los chicos, le llamara don Rafael y nunca “padre” y mucho menos “papá”, decidió sortear la revista Aguilucho. ¿Sería algo intencionado, premeditado, por ser mi cumpleaños? ¡Nunca lo he sabido y cuánto lo lamento! Pues, torpe de mí, jamás se lo pregunté antes de darme el adiós definitivo. ¡Y cuánto habría deseado que me lo dijera! Porque, como bien se sabe, el deseo de todo ser humano es que te quieran. Así de simple. Que te lo demuestren, pero también que te lo digan. 

Primero nos leía la revista y, al finalizar, anotaba un número en una hoja, del 1 al 40, sin que ninguno de los alumnos - esos 40 - lo viera, y comenzaba el sorteo. Los muchachos levantaban la mano y, cuando el maestro le autorizaba, decía su número. Si lo acertaba, el Aguilucho era suyo. 

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 Por ser mi cumpleaños, como un premio excepcional y por una sola vez en la vida, mi padre me adelantó secretamente al oído el número del sorteo: ¡El número 23! ¡Bendita complicidad, casi equivalente a ese “te quiero”! Pero para que no se notara y, quizás también, por educarme en la virtud de la paciencia dando “cierta” oportunidad, cierta chance, al resto de la clase, me exigió que no levantara mi mano hasta que hubieran dicho su número por delante de mí 10 compañeros. Un riesgo demasiado alto, un precio demasiado elevado, pues cualquiera de ellos podría haber cantado el 23, cuando le correspondía exclusivamente al hijo del maestro. Por primera vez en mi infancia, comprobé cómo un premio puede ser también un castigo. Al comprender la poca distancia que existe, cuando se camina por el filo de la navaja, entre la aparente antítesis: el placer y el dolor, el amor y el odio, la muerte y la vida.  

No fue así. La suerte se alió conmigo, como nunca anteriormente lo había hecho, y conseguí gritar a tiempo ese puñetero número. Hasta llegar a él, desgañitándome en el grito, sentí que el corazón se salía de mi pecho sin remedio, y cuando el compañero anterior dijo el 25, rozando mi número, creí, con absoluta seguridad, que moría de un soponcio. 

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Así de grande era nuestro interés por poseer aquella revista que nos transportaba a esa selva, tan emocionante, peligrosa y alejada de nuestras vidas, y poder leerla una y mil veces hasta aprenderla de memoria. 

Después, pasado un tiempo, al leer a Emilio Salgari, quise ser un explorador en la jungla y también un pirata. Una semana el Corsario Negro y otra Sandokán, el Tigre de Malasia.  Pero cuando me topé asombrado con Julio Verne y su Viaje a la luna, mi sueño fue convertirme en astronauta. 

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 Llámalo deslealtad si quieres, cabeza loca, cambiando permanentemente de oficio, pero la realidad es que la fascinación por esos libros y sus personajes protagonistas hacía que me sintiera verdaderamente uno de ellos. La inocencia de los niños. La imaginación de los niños. Los sueños de los niños. Aunque, cuando ya de joven, leí una biografía de Mozart, me arrepentí de todos mis deseos anteriores igual que si hubiera cometido un error en mi petición al frotar la lámpara de Aladino, y lo que deseaba con todas mis fuerzas era ser compositor e intérprete con un Stradivarius del Réquiem de ese desdichado Wolfgang Amadeus Mozart. 

Finalmente, hechizado por el amor a la lectura y a la escritura, y por dar una solución definitiva a mi volatilidad y a mi locura, decidí hacerme escritor para poder vivir en persona esas mil y una vidas. 

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