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Opinión · Pato confinado

Beber vino, comer carne… ¿Es de derechas o izquierdas?

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Vino.

Hitler era vegetariano. Churchill, carnívoro y borrachín. ¿Izquierda o derecha? Siguiente pregunta...

Nos estamos acostumbrando, aunque no deja de ser extraño, a mezclar churras con merinas. Se puede mentir y sale gratis, cuando no se gana algo en la lotería del escándalo. En política parece que todo vale y, como en una guerra, la verdad es la primera víctima de este bombardeo del absurdo.

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Está todo tan liado que nos vienen preguntas extrañas a la cabeza, como moscas que desean alimentarse del cadáver en descomposición de la Ilustración: ¿Comer carne, beber vino, es de derechas o izquierdas?

Se lo preguntan los franceses, también los españoles. Quién sabe ya, porque estamos en guerra (y no me refiero a Ucrania).

El último bulo o obús de esta contienda, disparado por la derecha mediática, ha sido acusar al Gobierno de querer prohibir el vino en los restaurantes. ¡El vino! Nada más, nada menos. La sangre de Cristo. Lo que une a la cristiandad. ¿Es de derechas? ¿Es de bohemios?

Un bulo opera como una bomba de racimo (inmoral, prohibida, pero usada igualmente en la batalla por su terrible efectividad). Impacta en su audiencia, y después actúa en pequeñas detonaciones que van barriendo a través de cada retuit un espacio mayor de la conciencia.

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Una vez lanzado el bulo, el mal está hecho. ¡Los comunistas quieren quitarnos el vino! Desmentir, reparar, es como recoger los trocitos de las víctimas en un campo de batalla lleno de barro.

El último bulo ha sido, como decimos, que el Gobierno iba a prohibir el vino de los menús del día de los restaurantes y bares, porque en su nueva Estrategia Salud Cardiovascular (ESCAV) los expertos habían recomendado que no se incluyera el alcohol dentro de la dieta mediterránea. Fue una recomendación que ni siquiera superó el borrador inicial.

Hay que aclarar que lo que buscan los expertos en salud es que abracemos la dieta mediterránea no porque esta sea tradicional -o de derechas, cual corrida de toros, o de izquierdas, cual cocina de aprovechamiento-, sino porque se ha visto que es la más efectiva para evitar los accidentes cardiovasculares, infartos o ictus, que son la principal causa de muerte en España (tenga el ciudadano la ideología que tenga). Y el vino no entra bien en este esquema saludable pues contiene alcohol.

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Todo este follón se parece mucho al bulo anterior de las macrogranjas, cuando se dijo que el ministro de Consumo, Alberto Garzón, quería prohibir la carne (porque los supuestos comunistas odian la carne). Se parece sospechosamente también al caso del queso o de la remolacha. ¿Una tendencia?

Hay un denominador común y por tanto una reflexión implícita. El fantasma ideológico ha convertido la alimentación, las comidas, bebidas y la dieta, en el escenario de un combate tan inverosímil como aquellas peleas de lucha libre que echaban en la tele cuando éramos niños.

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Mezclamos las arterias y el colesterol con la libertad y la identidad nacional, y en vez de obtener un monstruo discursivo (que debería ser el caso) sacamos un chorro grasiento de debates en las redes sociales, desencajados y alucinados, que no van a parar a ningún lugar. Cortina de grasa.

La comida se ha unido hoy a los viejos ejes políticos de laicidad y religión, de campo y ciudad, de progresismo y conservadurismo. Un nuevo choque que, como ocurre con el cambio climático, se instala en el centro del debate, entre lo que dice la ciencia y lo que queremos creer.

La comida se ha neurotizado, y está en ese campo cada vez más viscoso, manoseado, y tan líquido, que llamamos la libertad. Y esto debería llevarnos a la misma pregunta que los consejeros de tantos políticos, de un bando y otro, se habrán hecho antes que nosotros…

¿Comer carne, beber vino, es de derechas o izquierdas?

Idi Amin (sangriento dictador de Uganda) decía que la carne humana era demasiado salada. Obama se pirraba por las patatas fritas. Gandhi tomaba plátanos, cacahuetes y dátiles…

Hace solo unos siglos la cuestión era de otra magnitud: comer carne era de ricos o de pobres, y punto. El vino (malo), en cambio, fue más transversal. Pero hoy, en pleno siglo XXI, no parece una pregunta tan estúpida, visto lo visto.

La dieta, como identidad, tuvo un peso importante en las pasadas presidenciales francesas. Y la utilizaron unos y otros, políticos de izquierdas y de derechas.

Fabien Roussel, secretario nacional del Partido Comunista Francés (PCF), creyó - como suponemos que ha hecho con el vino la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso- que sería un buen eje en el que pescar los votos de la confusión. Roussel defendió la comida francesa con el mismo ímpetu que la ultraderechista Le Pen.

“Un buen vino, una buena carne, un buen queso: para mí esto es la gastronomía francesa. Pero, para acceder a esta buena gastronomía francesa hay que disponer de los medios necesarios, así que el mejor medio para defenderla es permitir a los franceses que accedan a ella”, dijo Roussel. Comer carne y queso era de golpe una seña de auténticos comunistas.

Básicamente, parece una reconversión de la lucha de clases hacia la lucha por el mantel. Ya no se trata de repartir los medios de producción sino los quesos. El queso funciona aquí como un símbolo perfecto de los cambios que atemorizan a los franceses (y españoles): la pérdida de poder adquisitivo, la subida exponencial del precio de la cesta de la compra, y la cada vez menos clara identidad nacional.

Y consiguió lo que suponemos que esperaba el político (aunque luego los resultados no le dieran la razón electoral): una explosión en las redes sociales, debates entre el aguacate y el bœuf bourguignon... Allí estaba la servilleta manchada que divide las dos Francias de un modo tan palpable o más bien palatable.

La Francia diversa, multicultural, europeísta, que tiene al cuscús venido de Argelia como uno de sus alimentos predilectos. La otra Francia, la sagrada, la inmutable e histórica, que cree que el foie-gras, como símbolo soberano, los salvará de la desintegración.

La comida forma parte de eso que llamamos hoy la identidad (si te la puedes permitir), y entra dentro de lo que consideramos lo más sagrado en un siglo descreído (aunque las recetas tradicionales, por mucha energía patriótica que se gasten en las redes sociales, se siguen extinguiendo). La lucha de clases es hoy la lucha de los estilos de vida. Y en España estamos metidos en esta guerra.

Los datos, sin embargo, son tercos. Hoy sabemos que el alcohol es nocivo para el organismo (incluso en dosis bajas). Es lo que dice la ciencia, la medicina, y numerosos estudios que secundan esta afirmación. Lo mismo ocurre con los ultraprocesados y, en parte, con la carne roja (aunque las evidencias son menores en este caso si no está procesada). Este es el marco científico y nada tiene que ver con la libertad.

La libertad está -si no queremos caer en un sistema perfeccionista, que nos dicte un ideal de salud por encima de cualquier otra consideración (un healthy-autoritarismo)- en poder elegir una vez que se ha comprendido este marco.

La libertad está en beber esa copa de vino o en comer la hamburguesa si uno ha comprendido que tiene determinados efectos en la salud o en el medio ambiente. Pero esto nada tiene que ver con el bulo, porque el bulo precisamente lo que hace es quitarnos la libertad de elección. Para poder elegir, uno tiene que estar bien informado. Hablar de libertad y lanzar bulos al mismo tiempo es una paradoja.

“Yo no soy un ayatolá que lo quiere prohibir todo: del árbol de Navidad al Tour de Francia y pasando por la carne. La vida a base de quinoa y de tofu es sosa. No es mi Francia”, dijo el dirigente comunista francés. “Yo no bebo. Soy vegetariano. Espero no ser anti-Francia”, le respondió el ecologista Sergio Coronado, según recoge el diario El País. Cosas parecidas dicen nuestros políticos frente a la foto del chuletón, como si el rojo de la bandera fuera por la carne, como si el gualda, por la cerveza.

Ayatolás, quinoa y anti-Francia o España. Menuda ensaladilla… ya no rusa, claro está. Son lo que llaman hoy las guerras culturales.

Comer carne, beber vino, alimentarse de kale, o ser vegetariano, no es de derechas o izquierdas. Sigue siendo (de momento) una elección personal, si no queremos volver a los tiempos de la Inquisición, cuando el que no comía cerdo era un hereje.

Alimentarse, aunque parezca sencillo, es una de las cuestiones más complejas a las que se enfrenta un ser humano. Una acción que debería estar bien meditada. Pero, naturalmente, entonces, no hablaríamos de bulos de racimo (por el vino) en estas cansinas e interesadas guerras culturales. Hablaríamos de una sociedad adulta, crítica y bien informada. Bien amueblada, como decían los abuelos.

Ojalá que un día este sea el verdadero eje.

Franco era un devoto carnívoro. Stalin bebía cual cosaco. Kim Jong-Il se consideraba a sí mismo un gourmet.

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