Cargando...

Secciones

Publicidad

Christian Bougard, antiguo vecino de las barracas de los cañones de la Rovira. / ANDER Zurimendi

Turismo De colina chabolista a atracción turística: la dignificación de los búnkers del Carmel desemboca en gentrificación

Publicidad

Hablamos con Christian Bougard, vecino histórico de este antiguo barrio de chabolas, sobre el pasado y futuro de la zona, que se ha transformado radicalmente: "La gente se pensaba que los chabolistas eran 'chusma', pero fueron la familia que no tenía!".

Sociedad

El Turó de la Rovira ha sufrido tantos cambios de usos que va camino de parecer un gato: por ahora ya tiene cuatro, de vidas. Lo que un día fue un pequeño espacio natural más bien virgen (1a), pasó a acoger una batería antiaérea durante la Guerra Civil (2a), que luego sería reconvertido en barrio de barracas durante 40 años (3a) y ahora se ha convertido en una atracción turística (4a).

Publicidad

Y es que su posición estratégica, con vistas a buena parte de la ciudad de Barcelona, siempre ha hecho de esta colina un terreno goloso. Tan goloso que hoy en día es una parada obligatoria para cientos de turistas, a pesar de su ubicación tan alejada del circuito habitual. El perfil del visitante es eminentemente joven (de hasta 40 años), más bien europeo (pero también asiático) y con un aire urbanita: aprovechará para hacerse unas selfies panorámicas que luego colgará en Instagram. Y apurará una lata de cerveza mientras cae el sol sobre el skyline de la ciudad.

El Turó de la Rovira se ha popularizado tanto que ya cuenta con vendedores ambulantes de birra fría y refrescos variados. Son, sin embargo, vendedores de Km 0: antiguos vecinos de este barrio chabolista, reubicados en los años 80 en edificios de protección oficial de las próximos calles irregulares del Carmel. Y es que ni en invierno deja de recibir turistas este balcón natural de vistas panorámicas. No en vano, es una de las recomendaciones habituales dirigidas al público joven: tanto hoteles como webs de viaje en inglés lo aconsejan.

Pero esta ola turística también viene acompañada de un cierto peligro de gentrificación. Las asociaciones vecinales han protestado por lo que califican de "invasión". Algunos vecinos de la calle Marià Labèrnia, la más cercana a la colina, constatan que la promoción turística del lugar ha supuesto un aumento desmesurado de visitas y de actitudes incívicas.

Publicidad

De hecho, el Ayuntamiento de Barcelona está promoviendo este espacio con el objetivo de des-saturar los puntos turísticos tradicionales (como el Parc Güell). Por ello, entre los años 2014 y 2015 realizó unas obras (presupuestadas en 1,5 millones de euros) para mejorar los accesos a la colina, instalar alumbrado, nuevo mobiliario urbano y zonas ajardinadas. Posteriormente el MUHBA (Museo de Historia de Barcelona) rehabilitó algunas de los cuarteles militares que aún quedaban en pie y emprendió su proceso de museización, con audiovisuales, muestras fotográficas y recreación de interiores. Una tarea de memoria histórica sin duda emocionante.

La paradoja, sin embargo, reside en el hecho de que la contextualización histórica y la dignificación de la zona terminen para servir a los intereses del turismo, y no de los habitantes del barrio. Esta es la línea argumental de la CUP de Horta-Guinardó que denuncia: "La colina de la Rovira es un caso paradigmático: las reformas esconden la verdadera intención, que es facilitar la vida al turista. Y lo que deberían ser mejoras en una barriada injustamente olvidada, se pueden acabar convirtiéndo en una pesadilla para sus propios habitantes".

Publicidad

Los antiguos cañones del Turó de la Rovira se han convertido en un espacio de atracción turística. / ANDER Zurimendi

Hablamos de todo ello con Christian Bougard, un vecino histórico de este barrio desde que en 1976 se instaló en una barraca, en busca de un alquiler muy barato que no encontraba en los barrios centrales de la ciudad. "A mí los turistas me dejan bastante indiferente", arranca, y añade con una sonrisa: "Algo tendrán que hacer, jajaja!".

Aunque sí que reconoce que los vecinos de las calles más cercanos a la entrada este sufren ahora más ruido. Allí donde se encuentra el famoso bar restaurante Delicias, uno de los escenarios citados en la novela Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé. Pero el Pijoaparte (el protagonista del libro) no puede ir ahora a hacer el vermut, ya que los dueños del Delicias lo están reformando y estará cerrado unas semanas. Y es que, evidentemente, los cientos de turistas que suben cada día a los búnkers son un nuevo nicho de mercado.

Publicidad

Un barrio de chabolas y combativo

Hubo un día (no tan lejano) que los búnkers no eran lugar de peregrinación hipster, sino más bien un barrio indeseable. Barracas de autoconstrucción llenaban las faldas del cerro, techos de uralita, callejones estrechos y sin asfaltar, puerta con puerta, todo de planta baja, poca agua y hasta finales de los 60 sin luz eléctrica. Cristian Bougard (Basilea, 1952) llegó a Barcelona a falta de dos meses para que muriera el dictador: septiembre de 75.

Por la cabeza le pasaba la idea de crear una empresa de Import-Export ( "piensa que España no estaba ni siquiera en la Unión Europea!"), pero finalmente optó por hacer clases de inglés. Aterrizado en un piso compartido en Alegre de Dalt (barrio de Gràcia), Bougard deseaba su independencia y comenzó a buscar pisos. "Pero yo sólo estaba a media jornada y cobraba muy poco, así que no me podía permitir nada de lo que salía en los clasificados de La Vanguardia", explica el suizo. Es así como acabó el barrio de los cañones, donde alquiló una barraca para él solo. "Una alumna, cuando se enteró que me mudaba a las barracas, me dijo:

- Lo siento, Cristian, porque te lo robarán todo.

El imaginario colectivo del momento, vamos". "La gente se pensaba que eran chusma: andaluces, extremeños...", rememora. Y precisamente fueron los andaluces los que lo recibieron con los brazos abiertos. "Fueron mi familia, la familia que yo no tenía en Catalunya". De hecho, Bougard hace un balance muy bueno, de los casi cuatro años vividos en la barraca (1976-1979). "Las relaciones vecinales eran muy buenas, de hecho mejores que las de ahora". Y explica que la propia configuración del barrio (de planta baja y calles peatonales y estrechas) daban pie a interactuar más. "Pasabas por la calle y escuchabas como un vecino tosía, o como Antonio hablaba en voz alta, o como...".

Pero además, todos tenían un meta en común: dignificar el barrio y conseguir un apartamento de verdad. "Y con eso hacíamos mucha piña", añade. Nacía el movimiento vecinal del barrio de los cañones (al tiempo que estallaba en toda Barcelona), con un fuerte liderazgo de la vecina Custodia Moreno, hija de quien regentaba una de las escasísimas tiendas de comestibles en la zona.

Manifestaciones, cortes de tráfico, parada de buses urbanos ... En el barrio y en el movimiento había mucha gente votante del PSC. "Bueno, más bien de Felipe, porque la mayoría eran andaluces", matiza. Y todavía hoy en día es fuerte, el movimiento vecinal. Y junto con el advenimiento de los ayuntamientos democráticos, se ponía en marcha el proceso de dignificación del barrio. Así lo explica el suizo del barrio: "Bajamos a ver al alcalde Narcís Serra, quien nos atendió y escuchó, pero entonces contestó: Perfecto, pero no tenemos dinero. Cuando lo tengamos, lo haremos".

La Barcelona preolímpica y el fin de las barracas

Y a pesar de que pasaron unos pocos años, así fue. Unos arquitectos conocidos del barrio prepararon un diseño de remodelación urbanística, mientras que el propietario de la mayoría de terrenos también accedió al traspaso. En 1983 comenzaba el desmantelamiento de las barracas de la colina de la Rovira y toda la zona del barrio de los cañones, que contaba con 110 barracas y 600 habitantes.

En 1984 se inauguraban los conocidos como "pisos verdes" (por el color de la pintura), donde fueron realojados una gran parte de los chabolistas. Unos Viviendas de Protección Oficial (VPO) que alquilaban a precio inferior al mercado y que no fue hasta el año 2000 que pudieron acceder a comprar en propiedad.

Cuando estrenaron los pisos nuevos, aquel lejano y pre-olímpico año 84, una joven de nombre Cati se acercó a su amigo Cristian y le dijo: "¿Sabes lo que más me gusta? Que por fin tengo una cama propia". Ahora, allí donde las barracas eran tan pequeñitas que compartían el colchón, se comparten birras y puestas de sol.

Publicidad

Publicidad