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Pimientos envueltos en plástico en un supermercado de Gran Bretaña. AFP/Justin Tallis

La absurda moda de la segunda piel de plástico para envolver la fruta y la verdura

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En España, según los datos de Greenpeace, solo se llega a reciclar el 25% de los envases de plástico, lo que provoca que éstos terminen incinerados o vertidos en los mares. En parte, el uso de este material se corresponde con prácticas innecesarias que, en ocasiones, cambian las cáscaras de los alimentos por embalajes de plástico.

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Seguramente al comprar naranjas en el supermercado se hayan topado con la común tendencia de sustituir las cáscara por sutiles capas de plástico. Bajo la excusa de facilitar la vida al consumidor, los gajos se presentan descubiertos al consumidor, que ya no gastará su tiempo en pelar alimentos. Hablamos aquí de naranjas, pero podríamos mencionar otras frutas y verduras que, en contra de las recomendaciones de los grupos ecologistas, se sirven en algunos comercios en ingeniosos envases de plástico, un material en entredicho por la huella ecológica que esconde.

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Lo cierto es que el problema del plástico tiene que ver con las limitaciones del reciclaje. Tanto es así, que, según el informe Maldito Plástico, sólo se llegan a reciclar el 25% de los envases. En cifras del Ministerio de la Transición Ecológica, en España se producen anualmente 1.526.347 toneladas, de las cuales sólo 693.935 se reciclan de manera correcta. Un déficit que se traduce en contaminación, ya sea en forma de vertidos al mar o de emisiones de CO2 por causa de la incineración.

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Y es que, según los datos de Greenpeace, al menos 787.059 toneladas de envases plásticos están acabando en vertedero, mientras que se incineran otras 172.000 toneladas. El uso de estos recipientes poco degradables está en aumento, pese a que Bruselas ya empieza a legislar en su contra. Esta tendencia podría suponer que en 2020 se alcance la cifra de las 500.000 millones de toneladas de plástico, lo que supone un 900% más que los niveles de los años ochenta.

Si bien es cierto que los grupos ecologistas reclaman una mayor restricción de este plástico, desde Greenpeace señalan a las cadenas de supermercados de manera directa por su responsabilidad en el uso desmesurado de plásticos. De esta forma, la organización ha elaborado un ranking de las empresas más y menos comprometidas en la reducción de estos materiales que destacan por su coste barato, pero también por sus propiedades nocivas.

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En ese sentido, de las ocho cadenas analizadas por el grupo, tan sólo tres de ellas aprobarían y con notas que, si cabe, rozan el suspenso. Eroski, Aldi y Mercadona son las únicas que avanzan en sus compromisos para reducir los envases plastificados. Por el contra, El Corte Inglés es la empresa del sector menos ambiciosa con el fin de los envases de plástico, seguida de Alcampo, Carrefour, Día y Lidl.

"Aunque las personas de a pie intenten eliminar el plástico de un solo uso, la realidad es que al final vas a hacer la compra y están ahí. Ningún supermercado tiene un plan para eliminar los plásticos de un solo uso", expone a Público Alba García, responsable de Plásticos de Greenpeace. "Las empresas tienen en su mano ofertar modos de consumo sostenibles o no. Los consumidores tienen un poder de elección pequeño", añade Carlos Arribas, coordinador del área de Residuos de Ecologistas en Acción.

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Desde Europa se ha intentado paliar los efectos ambientales de los plásticos de un solo uso a través de una Directiva que prohíbe, a partir de 2021, el uso de pajitas, tapones, bastoncillos para los oídos y otro tipo de objetos fabricados a partir de este tipo de materiales. Pese a ello, los porcentajes de reducción no serán homogéneos, sino que "deberán ser establecidos por cada Gobierno" nacional, puntualiza Arribas. "Celebramos que la Unión Europea ponga el problema de los plásticos encima de la mesa, pero vemos que se han prohibido productos simbólicos y no todo el envasado que encontramos a raudales en los supermercados", manifiestan desde Amigos de la Tierra.

Más allá de normativas, desde los grupos ecologistas no encuentran explicaciones lógicas a este tipo de prácticas que, en algunos casos, pueden rozar el absurdo. No obstante, no son solo los activistas medioambientales quienes se echan las manos a la cabeza. Un buen ejemplo es el caso de los ajos pelados envasados en plástico, que hace unos días provocó una ola de indignación en las redes sociales contra este tipo de embalajes innecesarios, que en ocasiones pretenden sustituir los pelajes naturales de los productos. 

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Pero, ¿qué alternativas de consumo tenemos? Martínez ve en las legislaciones autonómicas y regionales una buena forma de limitar el uso descontrolado del plástico. Para la experta, la ley de Navarra que establecía el pago obligatorio por la utilización de bolsas de un solo uso en comercios es un ejemplo a seguir. 

A ello, debemos sumar un retorno pleno al sistema de consumo a granel, donde los consumidores puedan servirse la fruta o las verduras por unidades, sin tener que recurrir los polémicos recipientes. Según Arribas, todo ello se puede conseguir a través de propuestas ecofiscales que premien los hábitos más sostenibles y penalicen el uso de plásticos innecesarios. 

Desde Amigos de la Tierra, reclaman una legislación que limite a los distribuidores la venta de plásticos y abogan por un sistema basado en los envases reutilizables donde cada ciudadano pueda acudir a hacer la compra con sus propios recipientes.

El uso de plásticos como sustitución de las pieles naturales que protegen los alimentos no es una práctica excepcional de España. En Colombia, la ONG Protección Internacional acaba de lanzar una campaña en las redes para denunciar este hábito de consumo. "La cáscara de ninguna fruta tarda 400 años en descomponerse", explica la organización.

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