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La activista gay Boti García Rodrigo. / HENRIQUE MARIÑO

Orgullo gay Boti García Rodrigo: "Los políticos gais del PP son unos caraduras y unos hipócritas"

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La activista por los derechos de los LGBTI sigue, a sus 74 años, en constante lucha. Eternamente joven, sin bajar la guardia.

Sociedad


Boti García Rodrigo
(Madrid, 1945) es una histórica del activismo homosexual. Fue responsable de COGAM y expresidenta de la Federación de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales (FELGTB). También representó al colectivo en las listas electorales al Congreso de Izquierda Unida y Equo. Fruto de su lucha por los derechos, el año pasado recibió la Medalla de Oro del Ayuntamiento de su ciudad.

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El tiempo en Madrid está inestable. ¿Calor o frío?

Ya no sabemos lo que tenemos. Yo soy más de calor. Es más, últimamente tengo mucho frío. La gente, en verano, se queja de las altas temperaturas, pero a mí de esta ciudad me gusta todo, quizás sea porque soy muy madrileña. 


Aquí casi no hay estaciones y a veces se pasa del invierno al verano. En política, da la impresión de que en España está sucediendo algo parecido: ha ido de una evolución progresista a una involución en la que parece que todo vuelve atrás.

Nos estamos yendo a un extremo muy peligroso. Las fuerzas que creíamos que ya estaban conjuradas han asomado el hocico. En otros países hubo una consolidación de los fascismos, pero pensábamos que aquí no iban a entrar.


Están saliendo del armario.

Sí, pero ya estaban ahí. Los hemos parado un poco, mas lograron meter la pata tras las elecciones generales del 28 de abril.


Un poco de extrema derecha es mucho.

Porque sufren las minorías, que tenemos tanto que perder. Son un peligro para los derechos, como el aborto o el matrimonio igualitario. Cuando la sociedad ya los veía como lo más natural, estos nos mandan a paseo.

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¿Es una ola de calor o la canícula ultra ha venido para quedarse?

Esperemos que sea una ola de calor y que vuelva la primavera. Me da la impresión de que Vox ha sido un petardazo que terminará desdibujándose. O, quizás, lo creo así porque yo necesito que se desinfle, porque soy mujer y lesbiana.


¿Ha influido más que agitasen la bandera española contra Cataluya, que subestimasen la violencia de género o que pusiesen el foco en reivindicaciones de nicho, como la caza?

Los de la caza, los de los toros, los del aborto, los del “tú a la cocina” y los de “los maricones al paredón” permanecían callados porque no estaba bien visto pronunciarse. Sin embargo, la afirmación de las mujeres en el 8-M, la irrupción del Me Too, la visibilización del colectivo LGTBI y el empoderamiento de quienes ellos consideran inferiores han provocado que fueran a por nosotros. “Cojamos la escopeta de caza y mandémosles a donde no tenían que haber salido”. Los ultramontanos, hasta ahora silenciosos, se han envalentonado para anular nuestra fuerza.

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Transmitiendo mensajes políticamente incorrectos que han calado en algunos ciudadanos, que los asimilaron como un “estos son los únicos que llaman a las cosas por su nombre”.

La carcunda ha cobrado fuerza ante la gente que ellos tenían sojuzgada y estaba levantando la cabeza. No hay más que fijarse en la España profunda, de charanga y pandereta, que todavía vende en algún bar de carretera botellas de vino con la imagen de Franco. Cuando las mujeres reclamaron sus derechos y proclamaron su independencia, volvieron a aparecer, pero lo que ellos pretenden no se puede llevar a cabo. De ahí la importancia de las minorías y la exigencia de la sociedad para frenarlos.


¿Estaban escondidos en el PP o también ha habido un voto cabreado?

Ha habido algún voto de rebote, pero estaban en el Partido Popular, aunque los tenían medio domesticados, como en un corralito. Sin embargo, cuando el PP se vino abajo y se rompieron las costuras, se les han escapado.

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Han apelado no al voto útil, sino al voto —más que del corazón— de las tripas.

Efectivamente. Los medios han tenido muchísima responsabilidad, porque les han dado una cancha y un altavoz que no se les tenía que haber proporcionado. Desde sus primeros exabruptos, les han hecho la campaña, sobre todo los medios progresistas. Una campaña, por cierto, gratuita.


¿Burlarse de ellos reforzó sus posturas, hizo que algunos se presentasen como víctimas y motivó que otros se subiesen al carro?

Si pones el foco en alguien, se crece y termina considerándose importante: “Si tanto miedo te provoco, debo de ser fuerte”. Y luego llegan otros: “Yo me sumo”.


El PP, por activa o por pasiva, tiene ramalazos homófobos, pero también políticos gais que dan la cara.

Son unos caraduras y unos hipócritas.


¿Incluso los que han salido del armario?

Por supuesto que sí, porque se han aprovechado. La boda de Maroto: el vicesecretario de Organización del PP nos ningunea y rechaza la ley de igualdad LGTBI. Tampoco votó a favor del matrimonio homosexual, pero, amiguito, luego se casó por todo lo alto. Acuérdate de la mesa Céline Dion, donde se sentó Mariano Rajoy. Ahí tenías al presidente del Gobierno bailando después de que el PP interpusiese un recurso contra la norma que regula la unión entre personas del mismo sexo. Maroto será muy gay, pero es un hipócrita que se ha beneficiado de las luchas del colectivo.


¿Es prejuicioso —o, si lo prefiere, hasta homófobo— pensar que un gay tiene que ser progresista o de izquierdas?

No tiene que ser progresista, sino revolucionario, porque tradicionalmente hemos sido machacados y sojuzgados. Un colectivo que ha sufrido tanto debe querer cambiar la sociedad. No entiendo que una persona LGTBI, un migrante o una mujer que viven bajo la opresión se plieguen, tan contentos, a la filas del opresor. Si eres gay de derechas o cristiano, cambia ese PP y esa Iglesia.


Aunque en España no habían cuajado los partidos liberales, la irrupción de Ciudadanos planteó la dicotomía “progresista en lo social, neoliberal en lo económico”. ¿Cree que supone un peligro para los derechos de los trabajadores?

Es una trampa, porque no podemos establecer una clasificación de los partidos que nos van a conceder más o menos derechos. Alguien puede pensar que es mejor votar a Ciudadanos que al PP, porque siempre establecemos gradaciones. Sin embargo, yo no puedo evitar el recuerdo de la foto de Colón. Las caras de aquellos tíos, con los puños duros y el mentón levantado: era un Cara al sol. Y allí estaban Santiago Abascal, Albert Rivera y Pablo Casado, como un solo hombre. Luego, el líder de Ciudadanos tenía que blanquear esa imagen vergonzosa y no se le ocurrió otra cosa que envolverse en la bandera arcoíris. Es muy fuerte...


¿Se equivocó Casado al escorarse en la campaña electoral hacia la extrema derecha?

Casado se ha equivocado desde que dio el primer paso. Su PP es verdaderamente desastroso. Puede que forzase la máquina para evitar la fuga de votos a Vox, pero el resultado ha sido una carcunda terrible.


Su infancia son recuerdos de…

Mi infancia son recuerdos de la glorieta de Atocha, donde nací. De pequeña me asomaba a aquellos balcones, por los que entraba un sol de justicia, y pensaba adónde irían aquellos trenes y qué habría más allá de la estación. De alguna manera, quería salir de allí, porque yo era la hija única de unos padres mayores. Una especie de joya que había que proteger, lo que resultaba angustioso. Por eso, mirando desde la ventana, soñaba con otras libertades.


¿A qué se dedicaban sus padres?

Toda mi familia paterna era del Cuerpo de Correos. Mi abuelo, mi padre, mi tío Juan Manuel, mi tía Victoria, mi tía Concha… Estaban orgullosos de la empresa, como si fuera una confesión religiosa. Quiso mi padre que opositase a Correos, pero me negué en redondo. Como era aparejador, terminó encargándose de las obras de la compañía. Y mi madre era ama de casa, porque en aquel entonces no había otro destino. ¡Anda, sí, se me había olvidado! De soltera, mi madre trabajó en la Telefónica, pero cuando se casó mi padre le dijo que él llevaría el dinero a casa. A ella siempre le quedó un dolor porque le cortara las alas.


Colegio de monjas.

Las Reverendas Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, cuyo externado estaba situado en la calle San Agustín, junto al Congreso de los Diputados.


¿Iba caminando?

Iba andandito por la calle Atocha y llegaba en diez minutos. Allí me veía diferente, pero mis monjas no me hicieron sufrir. Yo pasaba de casi todo. He ido un poco por la veredita, aunque ahora diríamos por la acera de enfrente. Era la típica niña gamberra, poco estudiosa, que alborotaba y a quien había que regañar de vez en cuando. La bromista de la clase.

La activista gay Boti García Rodrigo. / HENRIQUE MARIÑO


Después se licenció en Filosofía y Letras por la Complutense. ¿Entonces fue mejor estudiante?

Aprobar, aprobaba, pero a última hora y por los pelos. Me especialicé en Pedagogía, no sé muy bien por qué.


Ejerció una década como profesora. ¿Asignaturas?

Nada más terminar la carrera, encontré trabajo en un centro que hoy sería concertado. Daba clases a niñas de cuarto, quinto y sexto del antiguo Bachillerato: Literatura, Historia e incluso Latín. Disfruté con la docencia. Era una época bonita, porque enseñábamos a los poetas a través de la música de Serrat. Ojo, imagínatelo en los años setenta, cuando no estaba muy bien visto. En aquel colegio había cuatro monjas seglares muy raras que no sabían muy bien de qué manera las profesoras intentábamos insuflar vida en aquellas alumnas y abrirles el horizonte de la realidad de la vida.


¿Cómo se llamaba el colegio?

Mater Amabilis, aunque lo llamábamos Mater Amabilis, ¿digamé?, porque así cogían el teléfono. Sigue abierto en Villa de Vallecas.


¿Había entonces acoso en las aulas?

¡Qué va! Las chicas, entre catorce y dieciséis años, no se acosaban aunque llevasen gafas, estuviesen gordas o… Bueno, que fuesen lesbianas era impensable.


¿Percibía su existencia?

Para nada. No se me pasaba por la cabeza que alguna de mis alumnas pudiese tener una orientación sexual diferente a la mayoritaria.


¿Y usted, cuando era niña, sufrió acoso?

Tampoco. En el colegio de monjas me veían rara, tanto mis profesoras como mis familiares. Yo también lo sentía, pero no sabía que esa rareza consistía en ser homosexual. Yo descubrí que era lesbiana en la Universidad y, cuando lo supe, me quedé muerta.


¿Cómo lo descubrió?

Porque aprendes cosas, te enteras y sabes. Nos costó mucho asimilar que éramos lesbianas. Era muy duro.


¿Había tenido relaciones con chicos?

Nunca jamás.


¿Cuándo empezó a sentirse atraída por una chica? ¿Cuándo supo…?

Desde que nací: yo me enamoré de mi comadrona. En el colegio, no sabía qué era ser homosexual, pero me sentía diferente a mis compañeras. No me atraían los niños y sólo quería estar con las niñas. Luego, en la adolescencia, me fijaba en las chicas. Y en la Universidad, las deseaba a ellas, no a ellos. Ahora bien, lo que descubrí en la Facultad, dada la convulsa situación del país, fue la política.


¿Tiempos grises o tiempos de grises?

Tiempos de grises. De hecho, yo conocí la política a fuerza de correr delante de la policía. Iba a todas las manifestaciones, incluida la que motivó la expulsión de Aranguren, Tierno Galván y García Calvo, acusados de apoyar las protestas estudiantiles. Luego, descubrí mi orientación sexual en el activismo. No obstante, todo es difuso, como un magma, no está claro... Sobrevives, en medio de la niebla, pero no te planteas: “Ah, yo soy lesbiana: lo asumo”.


¿Hoy el gay es doblemente acosado en las aulas?

Lo pasan muy mal. Los jóvenes gais, lesbianas, bisexuales y transexuales son quienes más padecen el acoso escolar. Desde la pubertad, sufren terriblemente a causa de su identidad y orientación sexual.


¿Cree que las chicas lo pasan peor?

Posiblemente, aunque depende...


Muchas están dando la cara en los colegios, a una edad más temprana.

Sí, las hay muy fuertes y empoderadas. Por una parte, los jóvenes ahora son más conscientes de que existe una enorme diversidad sexual, asumida como propia por muchos. Por otra, los más débiles —y blanco de las burlas— sufren muchísimo, hasta el punto de que nuestro colectivo es víctima del mayor índice de suicidios.


También se ven por el centro de la ciudad parejas de la mano o besándose, algo que hace años era menos habitual.

Incluso impensable.


¿Es un oasis? ¿Una zona acotada y permisiva? ¿Habría que ir a los barrios o a los pueblos?

El centro de una ciudad como Madrid claro que es un oasis. Decía Eugeni Rodríguez, presidente del Observatori Contra l'Homofòbia: "Se casaban dos en Teruel, pero no ponían en el nombre en el buzón". Hay un avance, porque los jóvenes lo asumen, pero vete al mundo rural. Ahí se sufre de una manera bestial y sigue habiendo agresiones, sobre todo contra las personas transexuales.


Ésa es la asignatura pendiente, debido a que la aceptación es más difícil, ¿no?

Las asignaturas pendientes, no sólo en el movimiento sino también en la sociedad, son el colectivo trans, las familias, las lesbianas y las mayores.


¿Fue positivo para la causa la presencia en televisión de personajes públicos gais?

Cuando Boris Izaguirre empezó a hablar de su marido en Crónicas marcianas, hizo un favor fantástico, porque el programa de Telecinco era líder de audiencia y ésa fue una manera de visibilizarnos. Aquello cambió muchas mentalidades.


Antes hablaba de las mayores. ¿No cree que algunas abuelas heterosexuales van por delante de los políticos y las administraciones?

Absolutamente. Las señoras lo asumen mejor porque están de vuelta de todo. Los mayores son sabios.


¿Aceptan la homosexualidad de los suyos mejor que los propios padres?

Pues sí, porque a lo mejor un padre o una madre tienen que “defender” a sus hijos, pero los abuelos pasan más. Sin embargo, previamente me refería a nuestros ancianos, cuya memoria está siendo homenajeada por la FELGTB, que ha declarado 2019 como el año de Mayores Sin Armarios: ¡Historia, Lucha y Memoria!, coincidiendo con el 50º aniversario de la revuelta de Stonewall. Ahora bien, más que a los pioneros de aquella glamurosa lucha en Nueva York, en nuestro caso hay que honrar a quienes sufrieron la represión franquista y fueron apaleados y machacados por unas leyes que nos arruinaron la vida. Ésa es nuestra memoria: la de los vejados por el nacional-catolicismo, que no sólo estaba presente en la legislación, sino también en la sociedad.


Considera que ellas, de algún modo, lo pasaron peor que ellos.

Si los gais fueron humillados y encarcelados, a las lesbianas les impusieron la condena a la soltería, a la reclusión en conventos, a los matrimonios forzosos… En definitiva, a la invisibilidad más absoluta. ¡Lo que debieron de sufrir aquellas mujeres que se vieron obligadas a casarse o a ingresar en psiquiátricos, donde les aplicaron electroshocks! Me atrevería a decir que las pasaron canutas hasta los años ochenta. Y tú me dirás: “¿Por qué no te consideras gente mayor?”. A ver, dímelo...


Porque es un espíritu joven…

Sí, porque soy un espíritu joven [risas]. A ver, que tengo setenta y cuatro años, pero me incorporé tarde al activismo, concretamente en 1995. Por eso no sufrí esa represión, aunque viviese con una pareja encerrada en un armario que no era tal. Porque no se decía, pero tampoco se ocultaba…


Siempre ha habido mujeres que vivían juntas.

Y la gente lo entendía: “Fíjate, se quieren tanto que duermen en la misma cama”. ¡Qué barbaridad! ¡Qué injusticia!


También señala otros peligros que se ciernen sobre la tercera edad: entrar en una residencia —vinculada, por ejemplo, a la Iglesia— puede implicar que el anciano vuelva a meterse en el armario.

Por eso exigimos la ley de igualdad real. Las residencias tienen que ser públicas, porque los curas y las monjas no tienen que estar ahí.


A favor de la eutanasia, ¿no?

Claro, porque el cuerpo es mío. Nadie es quien para administrar mi vida, porque yo soy la dueña.


Por cierto, ¿por qué dejó la docencia?

Porque me enamoré de una alumna, abandoné el colegio y luego nos escapamos de Madrid. Yo tenía veintisiete y ella, diecisiete. Cuando cumplió dieciocho, nos fuimos a vivir juntas a Barcelona. Lo dejé todo para comenzar una vida en libertad.


¿Cómo fueron los inicios en Barcelona?

Ella era funcionaria y yo no tenía trabajo, pero vivía de una pensión de mi padre, pues había fallecido. Tardé un pelín de tiempo en ponerme a currar, porque era un poco vagoneta. Y así pasaron ocho años en Catalunya.

La activista gay Boti García Rodrigo. / HENRIQUE MARIÑO


Posteriormente, terminaría sacando una oposición, pero no a profesora.

Cuando regresé a Madrid, no quería dedicarme a la enseñanza y me convertí en funcionaria de Justicia. Con tanta suerte, que pedí el Registro Civil, donde fui muy feliz y contribuí a que las personas trans fueran mejor tratadas cuando iban a modificar sus documentos. Me siento orgullosa de haber ilustrado a mis compañeros sobre lo que significaba para mi colectivo la Ley 3/2007 [reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas], una norma que debemos cambiar porque se ha quedado desfasada. Allí también disfruté viendo los frutos de la ley de matrimonio igualitario, que permitió casarse a muchas parejas que llevaban años esperándolo para coronar su amor o hacer bandera.


No le satisfacía la docencia.

La tuve que dejar por amor. Yo era muy feliz dando clase. Siempre decía que es una hermosura, como ver crecer la hierba.


Aunque haya que pelear con decenas de chavales.

Al contrario, fue maravilloso, porque hablar en los setenta de Miguel Hernández o de Antonio Machado resultaba muy bonito. Les relatabas el exilio con música de Serrat y escuchaban con atención.


Cree que salió tarde del armario, pero en realidad tarde es nunca.

Lo hice tarde, pero lo aproveché bien. Yo salí como un cohete: contenta y con muchas ganas.


¿Hay una edad o una época para hacerlo?

Depende. Cada cual tiene una circunstancia.


Me refiero a usted.

Yo nunca me metí en el armario. No ocultaba que me gustaban las mujeres, ni que vivía con una. Lo que ocurre era que yo no era activista, aunque me moría por serlo. Un día fui a la librería Berkana y le dije a Mili Hernández: “Necesito encontrar un sitio donde haya personas como yo”. Y me mandó a COGAM, donde descubrí el activismo. Fue como llegar a El Dorado.


En 2005 se casó con Beatriz Gimeno. Fue mucho más que una boda.

“Tienen ustedes que casarse, niñas”, nos decía Pedro Zerolo, porque habían contraído matrimonio muchos gais, pero apenas existían parejas de lesbianas. Faltaba valor y sobraba mucho armario, pero nosotras éramos muy públicas: Beatriz era la presidenta de la FELGTB y yo, de COGAM. Entonces, dimos el paso y nos casamos por activismo y por amor. O, al revés, por amor y por activismo.


Tenían un hijo de su anterior pareja.

Sí, un hijo biológico de Beatriz. Fue un momento de gran felicidad. La boda había sido muy bonita. Invitamos amigos y amigas, junto a políticos de partidos que nos apoyaban. La difundieron todos los medios y recuerdo que al día siguiente… Bueno, en fin.


Hable, hable...

Que nos fuimos a Venecia y en el avión la gente leía los periódicos… con nuestra boda en la portada. “Mira, mira”, nos decíamos una a otra, mientras nos dábamos codazos.


¿Nunca pensó en ser madre?

Jamás me llamó la maternidad. No sé si es bueno o malo. Tampoco lo quiero juzgar, qué más da, aunque quizás la sociedad nos haya condicionado.


En contra de la gestación subrogada.

Absolutamente contraria a los vientres de alquiler, porque suponen una manipulación y una utilización de la mujer. El deseo de ser padre o madre es legítimo, pero no se puede construir como un derecho —porque no lo es— ni pasar por encima de los de la mujer.


Figuró dos veces en la lista por Madrid de Izquierda Unida, con Gaspar Llamazares al frente, y en 2011 dio el salto a Equo. ¿Efecto Juantxo?

No. Una de las estrategias que defendíamos en la FELGTB, para sacar adelante el matrimonio igualitario, era que miembros del colectivo ocupasen los espacios de la política. Fue una idea de Beatriz Gimeno: entrar en los partidos para que conociesen nuestras necesidades. Hablamos con Zapatero y le convencimos de que Zerolo debía entrar en el PSOE, mientras que yo me metí en IU, porque era necesario que supiesen de primera mano cuál era nuestra realidad.


¿En los partidos había cierto postureo al incluir a gais en sus filas?

No lo creo. Al menos, yo no fui consciente.


Era algo natural, aunque en realidad ya había políticos gais, pese a que no lo manifestasen.

Dentro del armario, claro.


¿Qué opina de las salidas forzadas del armario?

Yo no soy partidaria del outing. Cada persona tiene derecho a decir si pertenece o no al colectivo, porque no sabemos el daño que le puede causar. Yo no tengo ningún derecho a decir: “Fulanito es maricón”. Ahora bien, hay casos que sí justificarían el outing. Por ejemplo, gais que hacen daño desde dentro. Hablo de los enemigos de lo que ellos mismos son. Gente muy importante que está fastidiando, obstruyendo y dinamitando nuestros avances, algo que me da mucha rabia.


En su entrada en Wikipedia, consta que su cónyuge es Beatriz Gimeno, cuando en realidad están separadas.

Está fatal esa Wikipedia, antigua y obsoleta. Estamos divorciadas, aunque tenemos una relación inmejorable.


En las relaciones interpersonales, incluidas las de pareja, ¿desgasta el roce?

Las relaciones de pareja son muy complicadas. Hay momentos en que pesan y otros en los que hay que aligerar, para pasar a otra etapa. Mantener la amistad o la relación familiar dice mucho de las personas.


Una máxima: tener el derecho a casarse, aunque sea para luego divorciarse.

Yo estoy felizmente divorciada, porque pude casarme felizmente gracias a la ley.


¿Para cuándo una mujer sacerdote católica?

Pues mira, católica no, porque las Iglesias monoteístas se han construido machacando a las minorías para dar satisfacción a las mayorías gobernantes, homófobas, racistas, xenófobas… Todas se han cimentado sobre el odio y el desprecio al diferente, sea pobre, inmigrante, mujer u homosexual. Y, en concreto, la Iglesia católica ha hecho mucho daño, aunque en cualquiera de ellas yo iría directa al infierno.


Entonces no le pregunto si veremos a un cura gay casado.

En la Iglesia católica no veremos a un cura casado, ni hétero ni homosexual, como tampoco a una monja que no sea la esbirra y la sirvienta de los curas. ¡Organización machista donde las haya!


Año 2019: "La homosexualidad como enfermedad". Las terapias para reconducir la orientación sexual, obviamente hacia la heterosexualidad, vuelven a ser objeto de noticia.

Ahí estamos. Y eso que las terapias de aversión están prohibidas por las leyes autonómicas de igualdad real, incluida la de Madrid, que no se ha puesto en marcha por culpa del PP. Y ahora vienen estos señores de Vox a querer curarnos y a pretender hacernos lobotomías y electroshocks, cuando son ellos los que están necesitados de terapias para curarse ese odio que tienen.


¿Ha vuelto el Madrid de las peras y las manzanas, que diría Ana Botella?

Están ahí, sacando los cestos de la fruta. Vamos a ver si se los neutralizamos y se la hacemos tomar como laxante. Tenemos que echarlos. Es el momento de rearmarnos, de salir a a la calle y de dejarles claro vamos a para pararlos, porque así no puede ser.


Más que de gais enfermos, deberíamos hablar de una sociedad —o, en este caso, de una clase política— enferma.

Una clase política enferma e intransigente que se permite el lujo de mandarme a mí a terapia, cuando es ella la que tiene que ir.


¿Corren peligro las leyes de protección contra la LGTBIfobia?

Por supuesto. Hay que poner esas leyes a funcionar, pero espérate… ¡A ver de qué son capaces!


¿Estamos viviendo una regresión?

Yo creo que sí. Prueba de ello es que los ultras se sientan en los escaños del Congreso.


¿Observa un repunte del machismo en las generaciones más jóvenes?

Por supuesto, y mucho. Porque no han recibido una educación en valores ni tampoco feminista. Han sido educados desde la prepotencia de machitos y se creen que pueden ser los dueños y señores de sus novias, con derecho a machacarlas. Hay que hacer la revolución y cambiar esta sociedad, porque de lo contrario se va a comer a las minorías.


Los derechos no sólo hay que conquistarlos, sino también que defenderlos.

Debemos empujar hacia adelante cada vez más. Piensa que en muchos países todavía te meten en la cárcel o te condenan a muerte por ser gay. Y con el machismo sucede lo mismo, por lo que hay que buscar una receta contra ese mal, vacunarse contra la intransigencia e ingerir muchas dosis de feminismo.


¿La causa gay y la feminista deben ir de la mano?

Por supuesto, porque el enemigo es el mismo: el patriarcado de corbata y sotana, que nos está machacando.


¿El amor tiene fecha de caducidad?

No. Hay una frase de Óscar Wilde… ¿o era de Jacinto Benavente? Tanto da, porque ambos eran gais. Decía algo así: “Seré joven mientras me siga enamorando”. Yo también lo creo. Estoy convencida de que mientras siga mirando con ilusión y deseo a las mujeres seré joven. Y claro que me sigo enamorando.

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